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Full text of "Tierra adentro [microform]"

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TIERRA 

ADENTRO 




VICTORIA GUCOVSKY 

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VICTORIA GUCOVSKY 



TIERRA 
ADENTRO 




buenos aires 

Agencia Generai. de Librería y Pubeicaciones 

Rivadavia 1573 — Buenos Aires 

1 921 



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CUENTO CORDOBÉS 

f 

Üx cuento, don Marco, le pedimos. 
Y don Marco, viejo alto y flaco, que vive 
en el monte, donde es leñador, y sabe más cuentos 
que vainas <3a un algarrobo, entornó los ojos como 
para recordar, miró de lado al suelo, chistó entre 
dientes despacito, cruzó las piernas, se quitó el cham- 
bergo, lo asentó en la rodilla, sacó el pañuelo — de- 
rramando al sacarlo abundante tabaco picado, — se 
secó la frente y, pasándoselo también por la cabeza, 
desarregló aún más sus largas, grises y algo ensor- 
tijadas mechas, tosió un poquito. . . y luego: 

— ¿Qué les voy a contar yo? Si todas son cosas 
de hace mucho ... y yo no se si son verdad ... y 
puede ser que sí no más. . . y puede ser que no. . . 
Pero ya que se empeñan ... lo contaré como^ me 
lo contaron, porque a mí me lo contaron . . . que 
yo no lo vi. 

Y al decir esto último, tironeábase la barba rala ; 
y los ojos le chisi>eabap de malicia. 

—Bueno, pues; hace de esto muchos, pero mu- 



TIERRA ADENTRO 



chos años ... en un campo como éste no más, lin- 
dero a un monte; en una noche de luna, salió del 
monte un tigre, y sin más ni más arremetió a zar- 
pazo limpio contra el campo, y mientras tiraba jna- 
notones de aquí y de allá, arrancando con sus tre- 
mendas garras matas de pasito y montones de tie- 
rra, bramaba: 

"¡ L/lueve y llueve ! y cada bicho en su cueva, y 
yo nada como... y deja de llover, y sale la luna, 
y con tanta luz me ven ... y me disparan . . . ¡ qué 
hambnma tengo!" Y, terrible, miraba la luna... 
Pero la luna allá arriba tan tranquila se estaba, 
brillando cual patacón de plata, y en el cielo para 
empañarla ni un asomo de nubecita . . . Furioso, vol- 
vió a pegar zarpazos capaces de matar un buey, 
pero allí no lo había. . . y del pasto no saltó más 
que un grillo que le dio en el bigote, y de puro 
chico que era, el tigre no lo aplastó . . . 

Concluía la noche, muy lejos cantó un gallo, más 
lejos todavía empezó a clarear, el tigre sintió pasar 
la madrugada y se metió en el monte. 

A la mañanita, cortando campo, iba al monte un 
chivo grandote, que' parecía malo porque era negro, 
y como chivo que era, tenía cuernos y barba, y co- 
mo era viejo, tenía cuernos muy grandes y barba 
muy larga. 

Llegó al monte, y viendo el campo revuelto por 
el tigre, se paró, meneó la cabeza de arriba abajo, 
señal de que pensaba, y dijo: "Lindo campito y bien 
arado, lindo para \\n sembradito. ¿Quién lo hg,br4 



CUENTO CORDOBÉS 



arado ?" Pero esto no le imjportó mucho . . . "Vuel- 
vo a la chacra, se dijo : me traigo dos choclos, aquí 
los desgrano y hago la siembra. Me vendrá bien 
una chacrita, así tendré mi maizal" ... Y como él 
no había arado... pensó que el otro bien pudo 
haber arado más ... 

Volvió a la chacra, nada contó de lo que había 
visto y de lo que pensaba hacer, pues que buen 
negocio entre muchos daría poco provecho, y río 
era cuestión de que toda la majada fuera a comer- 
se luego el maizal. 

Desgranó el maíz y sembró, sin surcos ... al vo- 
leo no más ... ^ 

Hecho el trabajo, se juntó con la majada, y como 
uno de la familia le dijera: 

— ¡Buen pasto habrás encontrado, hermano, por 
el lado del monte, que tan perdido anduviste hoy! 
Convida, no te lo comas solo. . . 
El chivo contestó rápidamente: 
— No se te ocurra ir para aquel lado, pues hay 
chamico y nada más. 

Puede que el otro no le creyera. . . pero no fué 
para aquel lado porque temía las topadas del ne- 
gro. 

A la noche el tigre volvió a salir y vio la siembra. 

— ¡Aja! — dijo — buen negocio estar cerca de 

un maizal ; no es que el maíz me guste . . . pero buen 

bocado serán los que vengan a comerlo. ¿Y quién 

habrá sembrado? 

Pero no pensó mucho en esto, sino que se dijo: 



-s 



TIERRA ADENTRO 



"Ya que el otro siembra, yo araré más; cuanto más 
grande la chacra, tanto mejor". / 

Aró y se fué. . . 

Vino el chivo y sembró más . . . 

Y así estuvieron: de noche, el tigre arando... 
de dia, el chivo sembrando. . . ¿Que nunca se bus- 
caron ? Pues ¿ y para qué ? Si así cada uno decía : 
"¡El dueño del campo soy yo!" 

En el campito la tierra comenzó a resquebrajar- 
se, y a Jos cuantos días a verdear; vino una llu- 
viecita, y el maíz fué creciendo lindo, tan lindo, 
que al chivo se le hacía agua la boca nada más que 
al verlo . . . Con la disculpa de que lo aporcaba, de 
vez en cuando le pegaba un tarascón, y verdad es 
que mucho le costó no comérselo todo . . . pero no 
lo hizo pensando que espigado estaría mejor. 

"Ahora que está tan lindo, pensó, bueno será que 
lo cerque, no sea que por aquí venga la hacienda 
o algún otro, y con la cuestión de que el campo está 
sin alambrar no me reconozca la posesión". 

Rompió unas ramas, las clavó como estacas, y con 
los cuernos entretejió un cercado. 

El tigre, a la noche, viendo el trabajo, se puso 
lo más contento: "¡Muy bien trabajada mi chacra!" 
Y para que el cerco estuviera más firme le arrimó 
tierra . . . "Todo es cuestión de paciencia, pensaba ; 
ahora, cuando el maíz espigue, ¡ cuánta hacienda va 
a caer! Entrarán por la tranquerita (también el 
chivo había hecho una tranquerita), y yo me los. . ." 

Pero el chivo, que hasta en sueños veía el maizal, 



CUENTO CORDOBÉS 9 

• * 

aprovechó la noche de luna para ver si por fin ya 
espigaba ; y cuando el tigre se decía : "Yo me los . . , " 
el chivo pasaba la tranquera y en dos saltos se me- 
tía en el maizal ; y al saltar vio al tigre, y el tigre 
lo vio ! . . . 

Al chivo le pareció sentir una zarpa que lo des- 
lomaba. Y al tigre le pareció que dos cuernos lo 
ensartaban . 

Ninguno gritó ¡ ay ! Pero, muertos de miedo, cada «^ 

uno por su lado pensó: "Cualquier día le muestro 
a éste que le tiemblo", y a una dijeron : 

— ¡ Jem ! Buenos días, don ! ¿ Cómo dice que le 
va? 

— i Qué dientes tiene ! — pensó el chivo . 

— ¡ Qué par de cuernos ! — pensó el tigre. 

El chivo, que estaba dentro, se dijo: "Me espe- 
ra afuera... ¡Adiós, chacrita!... ¿Si lo hago en- 
trar, y después disparo? Diga, don, ¿por qué no en- 
tra? Vea qué lindo está mi maizal". 

— No me teme, pensó el tigre, y si no entro dirá 
que le disparo; mal negocio entonces. 

Entró, pero se quedó al ladito de la puerta. 

— Sí, ya veo; si el campito lo aré yo. 

"Este será mi socio" — pensaron los dos a un 
tiempo . 

El chivo, que no podía salir, hizo de tripas cora- 
zón y le espichó un discursito, pensando que el que 
habla no tiembla . . . 

— Diga, don, conque era usted? Y yo lo he sem- 
brado, y me decía — viendo tan lindo el maizal — , 



V 



10 TIERRA ADENTRO 

bueno será avisar al socio y decirle: "Sírvase, com- 
pañero, que esta también es su casa!". 

Y, de rabia, el chivo se puso a comer, pensando a 
cada bocado si no sería el último . . . 

— Este. . . vea; yo de esto no como, no me sienta 
bien — contestó el tigre — ; pero ya que tan tempra- 
no alnDuerza, algo iré a buscar y le haré compa- 
ñía ... i Hasta lueguito ! 

Y como buen gatuno salió rápidamente, sin ha- 
cer ruido. 

— Me espera afuera. . . — pensó el chivo — ¡cual- 
quier día salgo yo! — y siguió comiendo. 

Al rato volvió el tigre trayendo una presa san- 
grienta. El chivo por poco se descompone: le pa- 
reció tomar olor a hermano. . . 

El tigre, por disculparse, dijo que aquello era una 
vizcacha... Pero el chivo dejó de comer... ¡no 
aguantó más ! . . . de oin brinco saltó el cerco, al 
par que gritaba: "¡Un buey me voy a traer yo, con 
el hambre que tengo!" y salió disparando... Saltó 
matas, saltó churquis; tanto y tanto corrió, que dio 
con la sierra, y como loco, andando de aquí para 
allá, oyó tiros, ladridos de perros, ruido de ramazón 
que caía, hasta que al lado de él, en lo más espeso' 
del monte, cayó una tigra herida, medio muerta ya, 
y él, como si el miedo le empujara, le clavó los cuer- 
nos y la despenó. 

"¡ Esta es la mía ! Sacaré al tigre de mi campo", 
pensó mientras de vuelta corría, y en llegando a 'a 
chacra se puso a gritar : "j Oiga ! ¡ Diga, compañero ! 



CUENTO CORDOBÉS 11 

¡ Venga, déme una manito ! ¡ Maté una presa tan 
grande, que solo no me la puedo traer! Ayude y 
a medias se la doy, como este campito !" 

El tigre salió de mala gana, refunfuñando : 

— ^Como lo vi disparar, lo di por perdido . . . ¿ qué 
dice que ha matado? 

— ¿Disparar yo? — exclamó el chivo — ¿y a quién? 
¡ Venga a ver si la he peleado y si he sabido vencer ! 

El chivo hizo ademán de topar. . . y el tigre, vien- 
do los cuernos ensangrentados, volvió a sentir algo 
así como un pincliazo en los lomos ... y sin hablar 
más lo siguió . . . 

Iban uno al ladito del otro, lo misimito que dos 
gauchos desconfiados, mirándose de reojo. . . 

Ninguno quiso ir delante, por no sentir al otro 
detrás ... '* 

Se habían encontrado de noche; entre la corrida 
del c'hivo ida y vuelta a la sierra, había pasado el 
día, ahora anochecía ... y el chivo apuraba el paso, 
inquieto con la noche que se le venía encima y en 
semejante compañía . . . 

Iban recorriendo juntos el camino por donde el 
chivo antes había pasado ; cuanto bicho los veía que- 
daba pasmado ante tan rara pareja; las liebres se 
restregaban los ojos: ¿si sería aquello verdad?; las 
iguanas coleaban, silbaban las serpientes, los viejos 
vizcachones atusando sus largos bigotes declaraban 
que en toda su larga vida no habían visto cosa pa- 
recida ... las lechuzas a su lado, girando la cabeza, 
chillaban lo mismo . . . un zorro se paró y miran- 



12 TIERRA ADENTRO 

dolos por sobre el hombro se preguntó: ¿ouál de 
los dos será más picaro ? ; el benteveo gritó su burla., 
callaron su arrullo las palomas, y los teros y las 
urracas en la próxima enramada armaron tal albo- 
roto, que hasta los gavilanes girando allá muy arri- 
ba fijaron su. vuelo para mirar lo que había... 

Viendo a los gavilanes, el tigre sospechó que esta- 
ba cerca de la presa, y a medida que iban llegando 
a la sierra y cuando por ella se internaban, husmeó 
inquieto el aire y el pelo se le erizó. ¡ No era para 
menos ! A los pocos metros separó el chivo la ra- 
mazón, y a su vez el tigre sintió miedo : "\ Mi se- 
ñora, que tan brava era, y me la ha matado ! ¡ Cómo 
será de malo este tío!" Pensó esto, nada dijo y se 
echó . . . 

Claro que en la noche el tigre veía bien, y no 
fué él, sino el chivo, quien pensó en encender lum- 
bre . . . 

Estaban cansados los dos de tanto andar aquel 
día, pero ninguno quería rendirse . . . Ya no pen- 
saban en la chacra, sino en cómo iba a concluir 
aquello. . . 

El tigre se dormía, cerraba un ojo y abría el otro. 

El chivo cabeceaba; pero a cada rato, ya portel 

crujido de una rama, ya por una chispa, el tigre 

, enderezaba la cabeza y el chivo se echaba para atrás. 

— ¿Qué decía, hermano? Me había "distraído", 
sabe ? — preguntaba el chivo : 

— Yo, nada — contestaba el tigre. Y volvía a 
dormirse, mientras el chivo, por más que quería 



CÜMNTO CORDOBÉS 13 

darle conversación, al ratito no más de nuevo ca- 
beceaba, hasta que en una de las cabeceadas dio con 
la barba en el fuego ... ¡y aquello fué el diablo ! 
¡ Ni el mismo mandinga tal salto hubiera dado ! . . . 
Con el olor a quemado, con el ruido del brinco, 
también saltó el tigre, y viéndose por entre las lla- 
mas cada uno pensó: me ha madrugado. Y al par 
que gritaban : "¡ No me mate, hermano \", dieron me- 
dia vuelta y salieron disparando, uno para el norte, 
el otro para el sur . Disparar y disparar ¡ quién sabe 
hasta dónde, pues el uno sentía dos cuernos que !o 
ensartaban y el otro una garra que lo deslomaba ! . . . 

— ¿Y la chacra, don Marco? 

•»— ¿La chacra? Ji, ji — rió por lo bajo el viejito, 
— j cualquier día iban a volver por allá ! Algún otro 
se la habrá apropiado no más ... En pelea de dos 
pillos, sale ganando un tercero . . . 

Don Marco se levantó, y mientras a golpecitos 
secos daba forma a su chambergo, con voz suave, 
como si tal cosa, dijo esta profunda sentencia: "An- 
dar trampeando, parece más fácil . . . parece no 
más ... y no es . . . De puro vivos, los vivos se que- 
dan zonzos . . . tanta y tanta maña rebolean que en 
un descuido : ¡ zas ! se enriedan y caen pialados . . . 

— ^Ansina mismito dicen en la escuela, tata — 
exclamó el boyero, que pasando se había parado a 
escuchar. 

— Y ansina no más es, hijo. . . 



CORRIDA DE SORTIJA 



UNA tarde de invierno. El viento, desde hacía ho- 
ras, barría los campos resecos, arrastrando una 
interminable cortina de polvo, y de golpe, como si 
una fusta invisible lo castigara, irritado, revolvíase 
en remolino, levantando muy alto la tierra, y pa- 
saba, girando con agudo silbido. 

¡ Cruz ! ; ¡ ahí va el diablo bailando !, decían los 
criollos. Y verdad es que aquella tarde, que era 
de fiesta, también el diablo parecía empeñado en 
bailar, armando con el viento y la tierra una fre- 
nética ronda. 

Tristes los campos por la falta de lluvia, tristes 
los colonos viendo los campos así . . . de mala gana 
se 'decidían a ir a la fiesta. Más de uno quedóse 
en su casa, y, reclinado sobre el quicio de la ¡puerta, 
hubo de contemplar las tierras de labranza, de un 
color gris negruzco, que se extendían, sin una sola 
mancha de verdor, hasta perderse de vista. Pero 
en las casas donde la juventud primaba, el carro o 



16 TIERRA ADMNTRO 

el sulky iban al pueblo, y una vez más dejaban su 
carga a las puertas de la fonda. 

Casi todos los colonos, a la fonda. Casi todos los 
criollos, a la plaza, al descampado . . . Luego, ini- 
ciada la fiesta, se reunirían para admirar las proe- 
zas de los jugadores. Mientras tanto, en tres fondas 
se bailaba, y por décima vez en una de ellas el acor- 
deón "suspiraba". "¡ Oh, mia Rosina, tu sei bella 
come una stella!" Y como por el frío entornaran 
las puertas, desde el descampado la fiase musical se 
oía a jirones: "Rosina. . . stella. . ." 



Al trotecito, en un zaino, venía por el lido nor- 
te un jinete de chambergo y poncho. 

— Por el trotecito del zaino y por el poncho, es 
el viejito don Marco — dijo un criollo — . Y, efec- 
tivamente, era don Marco. Llegó sin prisa, saludó 
a todos con un "buenas tardes, ¿cómo les va yen- 
do?", y, fijándonos con un poco de malicia, dijo: 

— ¿ Mirando ? 

— Mirando, don Marco . . . 

Don Marco paseó su vista en derredor : dos , vi- 
gas altas, bien clavadas en el suelo, unidas en la 
parte alta por un travesano; de éste, colgado en el 
medio, un anillo, y a cada lado un gallardete con 
los colores patrios. Este era el arco para el juego 
de sortija. Más allá, una lonja de tierra un poco 
excavada y bien apisonada luego. Era la candía 



CORRIDA DB SORTIJA 17 

para el juego de bochas. Un alambre, tendido, cor- 
tando una calle, y o::ro más lejos, señalaban la pista 
para la carrera de embolsados. 

Atadas a los postes del alambrado, de trecho en 
trecho, e izadas en astas de cañas que el viento 
doblaba, flotaban banderas... Tal era, en un rin- 
cón de tierra adentro, la decoración para las fiestas 
patrias. 

Ante este cuadro, don Marco sentenció: 

— Pues tuitos los años esto está más fiero. 

En el pueblo grande, por la mañana hubo distri- 
bución de pan y carne al "pobrerio". "Muchas ra- 
ciones", subrayó un bien informado... muchas! 
"el año venía malo" . . . Habían dicho que tam- 
bién darían ropa, pero estaba muy cara, y no la 
dieron. . . 

— No por eso deja di'hacer frío — dijo don Mar- 
co y se apeó ; ató su caballo a un hilo del alambra- 
do, le aflojó la cincha, y sabiéndose escuchado, 
mientras recorríamos la plaza, tuvo su comentario 
para cada cosa: 

— Esto del juego de bochas no es de mis tiem- 
pos. . . yo no sé jugar. . . y lindo el premio que le 
han puesto: un reló. ¡Será pa quien le haga falta 
saber la hora. . . Pa mi uso, con el sol me basta!. . . 

— ¿Y si tuviera que tomar el tren? 

— ¿El tren yo? ¿Y para qué? Con mi flete lle- 
go... Que el tren es más ligero, ¡claro!; pero pa 
qué tanto apuro... en llegando. 



TIERRA ADENTRO 



— "Veia" — señaló — , pa carrera de embolsados, 
premio: un talero. 

— ¡ Será pa castigar la suerte ! — terció Zenón 
Almada, criollo joven, flaco, de ojos muy negros 
y pestañas duras, de expresión vivísima y astuta. 
Por todo abrigo, un ponchito sobre los hombros; 
por todo calzado, alpargatas... 

— ¿Pa castigar la suerte, Zenón? ¿Estás en la 
mala? 

— Estoy . Lo ganado en la cosecha, ido ... y así 
como están los campos, sólo me queda el monte, 
a uno ochenta o dos por día, sin comida y provee- 
duría del patrón , . . ¡ Quién fuera zorro o comadre- 
ja! Mal han di'esfar los tiempos, que pal premio e 
la sortija han puesto un par de botas! ¡Buena falta 
me hacen ! Pa sacarlas me he venido . . . 

Y ahí estaba el par de botas, colgado en un cla- 
vo y balanceándose al viento. Se me ocurrió, al 
mirarlas,* que si había botas alegres, éstas tenían 
la cara triste. Don Marco las miraba, tironeándose 
la barba . . . también él calzaba alpargatas, y las 
calzaban sus hijos y su hermano y Zenón y otros 
muchos como Zenón. 

— A mi chico le han dicho en la escuela que "te- 
ñimos", que teñimos no, porque yo no tengo nada . . . 
bueno, que teñimos no si qué barbaridad de mi- 
llones de "cabezas de ganado" ; así dicen : cabezas. 
Y veía, ¡pa calzar un par de botas... anda, tentá 
la suerte a la sartija! En mis tiempos daban pal 
premio un apero lindo, un freno con virolas de 



CORRIDA DE SORTIJA 19 

plata ! . . . Yo no sé de qué será ... si será por la 
mucha gente, o si será el ferrocarril ... 

— Sí, el ferrocarril — interrumpió Zenón, con la 
picardía más seria — , que nos lleva la carne y ios 
cueros, y nos deja esta barbaridad de millones de 
"cabezas de ganado", así como le enseñan a su chi- 
co en la escuela ! ¿ Cabezas ?, cierto, no faltan . . . 
en el rancho e la vieja, pa sentarse a tomar mate, 
hay tres ! . . . 



¡Bumm!: las infaltables bombas de los festejos 
patrios anunciaban c[ue los juegos iban a comenzar. 
Las fondas se vac4áron, la gente se arremolinó bus- 
cando alinearse a lo largo de la cancha de bochas 
y del juego de sortija (la carrera de embolsado; 
se correría después) . En esto, como en lo demás, 
la demarcación de gustos fué evidente: los criollos, 
a la sortija; los colonos, a las bochas... Pero las 
muchachas, que ¡con sus trajes claros daban la úni- 
ca nota de color en aquel ambiente gris, tímidamen- 
te, por grupos, fueron arrimándose al arco de la 
sortija, y a él también llegaron dos nuevos perso- 
najes: don Santos — hermano del juez de paz y 
mayordomo de una gran estancia del sur — y el 
comisario, que iba a actuar de juez en el juego de 
la sortija. 

Tanto Santos como el comisario llevaban el cham- 



20 TIERRA ADSNfnO 

bergo echado sobre los ojos, cosa que hacía aún me- 
nos fija su mirada, que siempre huía. 

Santos llevaba saco negro, pañuelo de seda 
blanca anudado al cuello, bombachas blancas, inmen- 
samente anchas, metidas en no menos inmensas 
botas, y éstas apoyadas en unos enormes estribos 
redondos, de cuero claveteado con tachuelas dora- 
das, y cuya principal característica — comentada 
por todos — consistía en ser una cuarta más gran- 
des que los estribos del mayordomo de la estancia 
vecina. 

Santos, gordo y grande, montaba un magnífico 
caballo alazán, y desde allí, apoyada sobre el muslo 
la mano con que empuñaba las riendas, y tironeándo- 
se con la otra el cerdoso bigote, miraba de reojo a 
las muchachas, y parecía querer dominar el mundo. 

El comisario, flaquito y feo, y con una de esas 
caras que por lo desdibujado de los rasgos no ad- 
miten ningún análisis, vestía saquito gris, entallado 
y con hombreras, corbatita gris, "breeches" grises 
y polainas claras. ¡Con este trajecito un comisario 
de campaña! Además era semianalfabeto, sobrino 
de un diputado, hermano de un teniente, primo de 
un cura, y así, perfectamente apuntalado por estos 
tres poderes, y queriendo también él dominar el 
mundo, desde su minúscula altura, era fatuo y gro- 
sero con los humildes, torpe con todos, y renegaba 
siempre: "Maldita sea mi suerte! tener que estar 
en el campo!" Pero ya "ascendería",., y esperaba 
impaciente la hora en que no se sabía bien qué cam- 



CORRIDA DE SORTIJA 21 

bio debía producirse, en la legislatura o en el ejér- 
cito o en la curia; y entonces, ¡ya verían!. . . llega- 
ría a ser... ¿Qué? Yo no sé; pero en cuestión de 
pedir no se iba a quedar corto el hombre. Mientras 
tanto, estaba ahí, "distinguiendo" con su compañía 
a don Santos, hermano del juez de paz y mayordomo 
de una gran estancia. . . 

— ¡A la sortija, muchachos! 

— ¡ Cincha ! 

— ¡ Cuidado con la rodada, Zenón ! 

— ¿Y de no? Con la helada di'anoche y el vientito 
este, ando engarrotao, y golpe sobre frío, ¡caray, si 
duele! 

Diez jinetes se habían puesto en fila, y ya iba a 
salir Zenón, cuando Santos, cambiando una signifi- 
cativa mirada con el comisario, hizo caracolear su 
caballo ante el grupo de muchachas, y, sin apuro, 
fué a ocupar también él su puesto en la fila. 

Y a pesar de haber llegado el último, se colocó 
primero. No veíamos bien la cara de Zenón; pero 
don Marco, a nuestro lado, murmuró : "El último 
mate pa quien lo ceba... ya sabe éste a lo que 
va"... 

La señal, un rebencazo, y el caballo de Santos 
arrancó de un salto, y, levantando una nube de pol- 
vo, avanzó a la carrera. Santos alzó el brazo, pasó 
el arco, errando el aro; y entonces, ahí no más, 
ftyioso, sofrenó al animal de golpe, haciéndolo ra- 
yar con tanta fuerza, que un hilito de sangre le 
brotó de la quijada. 



22 TIERRA ADENTRO 

— ¡Bruto!; ¡un animal tan lindo! — dijo don 

Marco. 

Se adelantó Zenón ; hablase quitado el chambergo, 
y el viento le echaba las crenchas hacia atrás ; incli- 
nóse sobre su caballo obscuro, y éste partió como 
una flecha. Zenón se solivió sobre los estribos, le- 
vantó el brazo, enfrentó el arco y con la corta va- 
rilla que llevaba en la mano rozó el aro. Por el 
golpe, éste saltó, cayendo al suelo ... No valía . . . 
Zenón sofrenó con cuidado y palmeó a su lindo 
caballo . 

Por poco la ensarta — fué el alegre comenta- 
rio — . Las muchachas sonrieron. 

Los demás jinetes corrieron como manda la ley: 
a rienda suelta; fpero ninguno acertó. 

Todos sintieron que la cosa estaba entre Santos 
y Zenón. 

Volvió a formarse la fila. De nuevo partió San- 
tos, levantó el brazo, rozó el aro, pero no lo en- 
sartó. El aro cayó al suelo. Con palabrotas y re- 
bencazos quiso Santos desahogar su rabia. 

— ¡Arde! — dijo don Marco — . Los paisanos 
rieron y las muchachas también. 

A su vez se adelantó Zenón. Estaba un poco pá- 
lido . Lanzó su caballo a la carrera ; llegando al arco 
se volcó más sobre los estribos, levantó el brazo. . . 
¡juái!; en la varilla brilló el aro. ¡Esta vez lo 
había ensartado! Partió una aclamación; pero, de 
golpe, todos callaron; nos acercamos al comisario. 
¿Y?, ¡lo ensartó, pues! 



CORRIDA DE SORTIJA 23 

— ^No vale ; venía a media rienda . 

Llegó Zenón y miró al comisario . . . 

— No vale, te digo; soy juez y yo mando — !e 
gritó. 

— ¡ No vale ! — apoyó Santos, y escupió . 

Zenón se puso blanco y apretó los dientes. Rá- 
pidamente don Marco se puso al lado, y en tono 
festivo lo interpeló: 

— Diga, amigo, ¿no sabe que cuando a la calan- 
dria la corre el gavilán, de nada le vale saber can- 
tar? 

Y, por lo bajo, agregó: 

— Agacha, hijo, que hoy tenis en contra también 
al carancho . . . 

Zenón, tal vez en ese segundo recapacitó : ¿ echar- 
se encima todo esto : al comisario, al mayordomo 
que da trabajo y es hermano del juez de paz? ¡Ni 
mandinga, con ser tan ladino, lo iba a sacar de se- 
mejante enredo! Volvió a la fila. . . los otros corrie- 
ron de mala gana ... De nuevo salió Santos ; lle- 
gando al arco, sofrenó un poco, alzó el brazo y 
ensartó el aro. 

¡ Para el mayordomo el par de botas ! 

Y entonces, Zenón, viendo definitivamente perdi- 
da su esperanza de tener botas aquel invierno, salió 
a todo lo que daba su obscuro . . . una y más vueltas 
dio a la plaza, hasta que el animal quedó blanco de 
espuma. Bruscamente, enderezó al grupo de mucha- 
chas, se tiró de un brinco, y con las manos en lo? 
bolsillos, encogidos los hombros y las puntas de; 



/ 



24 TTERRA ADENTRO 

ponchito flotando al viento, "cepilló" ahí no más un 
"gato", al par que gritaba, con esta ironía alegre, 
que es aún más amarga que la otra: 

— ¡ Chuy, chuy ! No hay como l'alpargata pal frío ! 



^ 



CUADROS CAMPESTRES 



**»\ /amo, Badola, vamo!: é tarde, la patrona as- 

I V peta!" 

Si Badola hubiese podido contestar, con seguri- 
dad habría dicho : "Pero Carabinié, todas las veces 
que vamos al pueblo se hace tarde ; bien habrías po- 
dido volver antes. Y ahora, apura, apura, porque 
la patrona "aspeta"... ¡Uff! siempre lo mismo". 
Pero como Badola no sabía hablar, se contentó con 
acelerar el paso por un momento, para volver luego 
al lento trotecito, única "velocidad" que le permitían 
sus viejas patas. 

El sol se había puesto hacía rato; largas estrías 
de nubes rojizas rayaban el horizonte ; el crepúsculo 
avanzaba. Las lechuzas, dejando sus pedestales, los 
postes del alambrado, en silencioso vuelo, ya segu- 
ras de su vista en la media luz, iniciaban la caza de 
"cuises" y ratones. 

Carabinié volvía del pueblo, como siempre, algo 
"achispado", con su inseparable damajuana de tres 
litros sujeta entre las piernas. 



26 TIERRA ADENTRO 

Traía, además, la canasta con la carne, y para ésta 
iban — gracias a su dureza y, sobre todo, a su pre- 
cio, que subía cada día — los rezongos en variados 
epítetos, entre los cuales sobresalía el de "¡carne di 
cañe !" 

Había comprado también una bolsa de harina; y 
la respetable suma de 20 pesos que le costara, gra- 
vada con un 20 por ciento de aumento, por haber 
sido "sacada" al fiado, lo intimidaba . . . Había colo- 
cado la bolsa de harina a su lado, apoyándola en el 
asiento del sulky, y de vez en cuando le echaba una 
ojeada, pensando en lo poco que iba a durar su ple- 
nitud de forma, en lo pronto que se achica cuando 
la masa sale bien y las grandes tajadas de pan fresco 
y sabroso, mordidas con avidez o desmenuzadas en 
los tazones de café negro o sopa, desaparecen una 
tras otra. ¡ Cuánto pan comen los muchachos ! Y 
bueno, que coman pan hasta hartarse . ¡ Qué el al- 
macenero apunte y apunte! Se debía tanto. . . se de- 
berá un poco más . . . 

En veinticinco años de América, Carabinié tenía 
mudhos hijos y no pocos nietos; pero no había "he- 
cho" la América . . . 

Compraba siempre al fiado, y después de la cose- 
cha — si la había — el almacenero le "arreglaba" 
la libreta : "tanto" el total de lo comprado, más "tan- 
to" por el interés del capital adeudado, más "tanto" 
este interés, agregado al capital, si toda la deuda no 
era cancelada... ¡Y la deuda jamás era cancelada 
íntegramente ! Esta era una de las pocas habilidades 



CUADROS CAMPESTRES 27 

de Carabinié y de las muchas del almacenero: "no, 
no me pague todo; con una parte me basta. Usted 
es un hombre honrado . . . por usted lo hago . . . Me 
pagará el año que viene" ... Y a Carabinié siempre 
le quedaba una deuda, y al almacenero un cliente 
sumiso ... y el interés se sumaba al capital, etcé- 
tera ... 

¿Se daba cuenta de todo. esto Carabinié? Tal vez; ^ 

pero había optado por no hacerse "mala sangre". 
Sin embargo, de vez en cuando, al mirar la libreta, 
se sulfuraba, encontrando que algo "staba mal", y 
resueltamente se iba al pueblo. El viaje era largo; 
por el camino casi siempre encontraba algún cono- 
cido, con quien charlaba de sulky a sulky, hasta lle- 
gar al pueblo, donde se apeaba ante una de esas 
fondas en las que siempre hay gente, olor a vino, 
animación, y donde se olvida el monótono trajín de 
la chacra. 

— "Alé sí, Carabinié!" (i) — anunciaba un ami- 
go. ¿Come le va, come le va? — resipondía Carabi- 
nié con voz sonora; y olvidando su libreta, exube- 
rante, afectuoso, exclamaba: "Custa volta a me" (2) 
¡e, Carabinié, Carabinié!" 

Llamarse a sí mismo Carabinié era su "tic"; y 
de ahí le quedó el sobrenombre. 

El vino circulaba; las "voltas" se multiplicaban; 
se charlaba de siembras, de sequía, de cosecha; se 



(i) Aquí está Carabinié. 
(2) Esta vuelta a mí! 



28 TIERRA ADENTRO 

comentaba algún chisme; se hablaba, de paso, de la 
guerra (¡hacia tanto tiempo que la guerra duraba!) 
Las horas, sin sentirlo, corrían..., las compras se 
hacían al último momento; el almacenero apunta- 
ba... y la libreta volvía tan mal como "staba". 

Carabinié y sus amigos se despedían, para em- 
prender el regreso, rezongando por que era tarde. 
Pero si Carabinié rezongaba, su mujer ya no lo ha- 
^ cía . . . Cuando el marido iba al pueblo, ya sabía que 

volvería tarde y achispado; ella habíase resignado a 
esto, como se resignan en general las mujeres que 
tienen mucho que hacer. Esperar al marido durante 
horas con la comida pronta, pasa a ser para ellas 
un trabajo más, dentro de sus trabajos, una preocu- 
pación más, unida a sus penas. 

Además, la mujer de Carabinié quería a su mari- 
do, y como toda mujer que quiere a su marido, lo 
admiraba, y aunque el alegre Carabinié solía darle 
algún disgusto, ella se había acostumbrado a que- 
rerlo así. 

— "Ma guarda, torna prest" (3) — le recomenda- 
ba siempre, cariñosa, viéndolo partir. Y él, bené- 
volo, invariablemente contestaba : 

— "Vado, vado e torno súbit, prima que vada suta 

el sol" (4) . 

Esta vez, como todas las demás, el sol se había 
cansado de esperar a Carabinié. . . 

i 

(3) Pero, mira vuelve pronto. 

(4) Voy, voy y vuelvo en seguida, antes de que baje 
el sol. 



CUADROS CAMPESTRES 29 

"¡ Vamo, Badola, vamo !" 

Badola sintió la proximidad de la casa; iba a lle- 
gar, por fin, después de horas de hambre y de sed, 
al bocado de "alfa", al agua fresca de la bebida, y 
al descanso; y aceleró el paso. 

La noche habla caído. En la negrura del campo 
brilló una lucecita, pequeña como una de las tantas 
estrellas que tachonaban el cielo. 

De la casa de Carabinié — como aplastada con- 
tra la tierra, hecha en barro y techada de paja — 
era todo lo que se veía. Allí estaban los suyos, vi- 
das obscuras, valientes en la lucha por el pan ; fuer- 
tes en la adversidad, siempre tan vecina, y exigién- 
dole poco a la vida. . . 

"Torearon" los perros. Llegaban. Carabinié se 
palpó el bolsillo; en la fonda le habían dado un im- 
preso: el "Boletín", rara letra de molde que visita 
las chacras... El boletín anunciaba los próximos 
festejos de Santa Rosa, prometedores de dos días 
de jolgorio completo, y — cosa que alegraba sobre- 
manera a Carabinié — jolgorio a conciencia tran- 
quila, porque de fiesta iban a estar todos. 

— "E, paroto" (papá) — gritáronle. "Alé sí Cara- 
binié, alé sí" — contestó esgrimiendo el boletín, que 
lo eximía de largas y confusas explicaciones... 

Ya todos en la cocina, a la luz humeante de la 
lámpara sin tubo (era casi su estado permanente el 
estar sin él), el hijo mayor, un gigantón rubio, a 
quien, por contraste, llamaban el "Chit" (chico), 
comenzó a deletrear el programa, mientras sus her- 



30 TIERRA ADENTRO 

manas y hermanos, de los cuales ninguno sabía leer 

ni escribir, eícuchaban ávidamente. 'ifl 

En suma: Disparo de bombas, juego de bochas, 
carrera de embolsados, juego de sortija, disparo de 
bombas, carrera de caballos, disparo de bombas, 
"función" religiosa, disparo de bombas, procesión, 
disparo de bombas . . . Por la noche, baile ; entrada, 
un peso. . . 

Lichú, el segundo hermano, protestó : — j Qué 
peso ni qué peso!; en las fondas se baila tan bien 
como en el "salón", y no se paga nada ! — Sí, pero 
el comisario hace cerrar las fondas, para que todos 
vayan al "salón", observó Angelín. 

— Y que las cierre no más — replicó Lichú — ; bai- 
lamos con las puertas cerradas. — Y así mejor — 
terminó la madre, poniendo en la mesa la olla con 
la olorosa "minestra". — Bailaremos entre "noi al- 
tri"; nada de "teste de guisa" (criollos). 

Para Neta, que tenía aún dos hijas casaderas, los 
hijos del país eran algo así como una pesadilla. No, 
no; nada de hijos del país para sus hijas; tocan 
bien la guitarra, saben decir "cosas lindas", bailan 
mucho, trabajan poco. . . Reconocía, sí, que los ha- 
bía buenos mozos ; pero los tenía por pésimos mari- 
dos: "hoy aquí... mañana allá... pasado en nin- 
guna parte; plantan a la mujer y a los hijos, como 
si tal cosa". Su Carabinié, vamos, no era una per- 
fección, pero era "s-u" marido y el padre de sus 
hijos. Y si ahora trabajaba poco, porque ya sus 



CUADROS CAMPESTRES 31 

hijos eran grandes, antes, ¡vaya si había trabajado 
el pobre! 

Las muchachas no decían nada; con tal de bailar, 
estaban conformes. 

Carabinié tampoco decía nada; tenía sueño, ¿y 
qué iba a decir? Había sido muchas veces miem- 
bro de la comisión de fiestas, se sabía los programas 
de memoria, y éste no era ni mejor ni peor que los 
otros; era sencillamente igual a los otros. 



Las chacras volcaban sus habitantes en el pueblo. 
En las casas no quedaban sino los muy ancianos. 

Las fiestas son escasas ; nadie quiere perderlas, 
y menos aun las de Santa Rosa, que une a sus "pres- 
tigios" de santa los de santa llovedora. . . 

Hacía ocho meses que se prolongaba la sequía, 
y la gente, al mismo tiempo que quería reveren- 
ciarla, deseaba, sobre todo, recordarle su virtud: 
"a ver si Santa Rosa hace llover" — decían, en una 
mezcla de creencia, superstición y burla de sí mis- 
mos. P 

Jinetes, sulkys, jardineras, breacks, iban en di- 
rección al pueblo por todos los caminos. El suelo 
durísimo sonaba bajo los cascos de los caballos; el 
polvo arrojado como a bocanadas por el viento nor- 
tCj envolvía a vehículos y jinetes en una densa nube 
blanca, que se iba desgarrando a la entrada del pue- 
blo, donde todos retardaban la marcha al cruzar las 



82 TIERRA ADENTR O 

calles mal ti^a^zadas y bordeadas de zanjas, para ir a 
detenerse ante la fonda de su predilección. Los sa- 
ludos cambiados en alegre exclamación por el ca- 
mino terminaban allí con vigorosos y prolongados 
apretones de manos. Las mujeres, al par que re- 
unían a sus chiquillos con el ademán y el llamado, 
atentas al cumplido, se preguntaban mutuamente por 
los ausentes, en un interminable enunciar de nom- 
bres ; y así, con frecuencia, el rudo dialecto piamon- 
tés alternaba con la grandiosa tonada cordobesa en 
un pintoresco consorcio fonético. 

Las manifestaciones de bienvenida se hicieron más 
ruidosas cuando llegó Carabinié, "endomingado", 
con todos los suyos. 

— "l Salute" contestó radiante, y en seguida, alu- 
diendo seguramente a las rogativas por la lluvia, en 
una asociación de ideas muy propia de sus gustos, 
tuvo un gesto que pareció simbolizar la fiesta: se 
puso de pie en la jardinera, empinó la damajuana 
con toda maestría, y exclamó : "\ L'acqua per il gran, 
il bun vin per mé!" (5). 



* 



— "¡Otro más que juegue! ¡A la chica y a la 
grande! ¡Otro más! ¡La suerte, señores, la suerte! 
¡ Otro más que juegue !" ' 

La voz estridente del "tallador" lanzaba así su 



(S) "¡El agua para el trigo, el buen vino para mil 



CUADROS CAMPESTRES 88 



llamado, que sonaba con chasquidos de fusta sobre, 
toda la gente que iba llegando. 

En la esquina de la fonda más concurrida, la 
"suerte" habia sentado sus reales: una mesa, sobre 
la mesa un tablero dividido en doce cuadros nume- 
rados, sobre el tablero un cubilete y dentro del cubi- 
lete dos dados. . . 

— ¡ Diez centavos por la "mesa" ! ¡ Diez centavos, 
nada más! ¡.Otro más que juegue! ¡Barata la suerte, 
señores I 

Algunos hombres se fueron aproximando, y por 
más que la mágica palabrita se anunciaba en "ba- 
rata" adquisición, los que iban a jugar cambiaban 
un peso por "chirolas", y ponían así en níqueles 
su apuesta en una de las casillas del tablero. . . Si 
ganaban sacarían una modesta "redoblada", menos 
los diez centavos de la mesa, y si perdían. . . 

Del uno al seis era la "chica"; del ocho al doce, 
la "grande", y el siete no se vendía: pertenecía al 
tallador. ¡ Y, cosa rara . . . cuando había muchas 
apuestas a la chica y a la grande, siempre salía el 
siete del "tallador", y el hombre "arreaba" con todo ! 

¡Otro más que juegue! 

Ciríaco, un peoncito "de lo de Santos", segura- 
mente con todo "SU sueldo recién cobrado encima, se 
acercó y apostó un peso a la casilla del ocho. 

— "¡ Asina me gusta, la suerte pa los guapos 1" — 
felicitó el "tallador", un español "acriollao" y hecho 
a todas las mañas del oficio. 

— "i Canta no más, Caburé ; ahorita no más ti co- 



34 TIERRA J DENTRO 

mes el pajarito !" — replicó Zenón Almada, desmon- 
tando de su "pingo" y atándolo a ima argolla em- 
potrada en la vereda. 

La concurrencia festejó la gracia ; pero el "talla- 
dor" no se dignó contestar. Otras veces, Zenón ha- 
bia caído en la tentación del juego; quién sabe si de 
nuevo no iba a caer. . . y el tallador, buen conocedor 
de su oficio, jamás replicaba, ni aun cuando, a raíz 
de las "fatales" pérdidas, los jugadores esquilmados 
proferían contra él injurias y amenazas. ¡Tantas 
veces lo habían llamado ladrón los que de nuevo 
volvían a jugar, que el hombre se había hecho una 
imperturbable composición de lugar frente a la fra- 
gilidad humana. Sus únicas preocupaciones consis- 
tían en saber disparar a tiem¡po, en no dar con de- 
masiada frecuencia con hombres como el Chit, que, 
a pocos pasos de allí, entre receloso y vengativo, 
enérgicamente había declarado : "¡ Man chapa una 
volta, nanta volta mi chapa pi nen!" (6), y en estar 
bien con la "polecía". Esta vez, dos agentes le da- 
ban "distraídamente" la espalda. 

— "¿Naides juega? Queda el cinco y el dos!" 

-^"Y el chanchito gordo para "bos", gritó Zenón 
en fácil "contrapunto", en medio de general alga- 
zara. 

El "tallador" tiró los dados. Salieron el cuatro y 
el tres. "¡ Siete !", gritó el hombre ; su mano se abatió 



(6) Me han agarrado una vez pero no me agarran 

más ! 



CUADROS CAMPESTRES 35 

sobre el tablero, y'-^^n un hábil gesto de escamoteo 
hizo desaparecer la ''chirola" junto con el pesito^ al 
par que decía, dirigiéndose a Ciríaco : 

— "Li ha errao ipor una, amigo ; anda rondando la 
suerte !" 

Ciríaco rumió: "Siete, ocho. ¡ Sierto, li he errao 
por una!", y para recuperar el peso ido, puso otro en 
el tablero . . . 

— "Uno o diez, pal caso el di junto da lo mesmo", 
terció Zenón, , 

— "Anima bendita, a éste naides lo resucita" — 
entre zumbón y entristecido canturreó don Marco, 
que desde su cabalgadura miraba imlpasible y resig- 
nado aquel infaltaWe número de los "festejos", que 
no figuraba nunca en el programa "oficial". 

Don Marco y otros muchos como él tenían la sen- 
sación de que aquello era malo ; pero así era ... así 
había sido . . . 

* * * 

El estampido de las bombas de estruendo, que 
anunciaban el comienzo de los juegos populares, 
rasgó el aire. El éxito de este número del progra- 
ma fincaba en lo imprevisto de la fuerte impresión 
auditiva ejercida sobre hombres y caballos. Por 
esta vez el resultado fué satisfactorio, pues los 
caballos se abalanzaron, y los hombres hubieron de 
sujetarlos en medio de gritos y carcajadas, sobre 
todo de los que estaban de a pie . . . Pero el "nú- 



36 TIBRRA ADENTRO 

mero" fué criticado, pues cinco bombas parecieron 
pocas, y se comentó que el año anterior habían sido 
/ diez . 

— "¡Todo va pa menos! Pa la fiesta el Cente- 
nario, ¡cha digo que jué Hndo! Ventiuna bombas 
pa la salía el sol, y ventiuna pa la dientrada ! ¡ Ca- 
-\ ray, hizo dóoler los óoidos !" . . . 

El entusiasta admiraaor del estruendo era el ne- 
gro Visitación María Telmo, "pa servir a usté" ; 
profesión: "rejuntador de máiz", y ruando no ha- 
bía máiz, cosa que sucede en los años buenos nue- 
ve meses sobre doce, se lo pasaba en la estación 
esperando la llegada del tren, sentado en el suelo, 
enlazadas las rodillas con los brazos y "pintando". 
El detalle característico de su indumentaria lo cons- 
tituía el sombrero, es decir, una parte del sombrero, 
pues al suyo le faltaba la copa. 

— "Laa coomeción si haabía gaastao un plaatal 
pa bombas. ¡Cha digo que jué lindo!" 



El viento norte seguía acarreando la tierra suel- 
ta de los campos arados, rastrillados y sembrados, 
que esperaban la lluvia. El polvo suspenso en el 
aire era tal, que enturbiaba el cielo, y el sol brillaba 
opaco e incoloro... Los juegos iniciados simultá- 
neamente en la plaza y en la calle, pronto estuvie- 
ron en todo su apogeo . ^ 

Los partidos de bochas se sucedían, acompañados 



CUADROS CAMPESTRES 87 



por las características exclamaciones que señalan 
los tantos en la aproximación al "mingo" ; y el final 
de cada "campeonato" era invariablemente festeja- 
do ante el mostrador o en las puertas de las fon- 
das con abundantes libaciones de vino tinto, cuyo 
olor acre se expandía por el ambiente, junto con 
las notas gangosas de los fonógrafos y las destem- 
pladas del acordeón. 

La "carrera de embolsados", con sus inevitables 
"tumbos", provocaba las carcajadas de los especta- 
doras, mientras los embolsados, con tenaz y cómica 
gravedad, proseguían en su nada fácil empresa de 
llegar a la meta y "descolgar" el anunciado premio : 
"un pañuelo de seda con letras y todo" . . . Poco 
importaba que las "letras" no correspondieran a 
las iniciales del ganador, pues para éste aquel deta- 
lle tenía, con toda seguridad, el interesante valor 
de un jeroglífico indescifrable. 

Pero el número del programa que despertó ma- 
yor interés fué la carrera de caballos, y la expec- 
tativa llegó al grado sumo cuando se anunció que 
la carrera sería de "topada" (es decir, que en ella 
podrían tomar parte todos los que quisieran), y que 
el premio sería de dos monedas de oro, dos libras 
esterlinas ! 

— ¡ Lindo ! — gritó Visitación María Telmo . 

— ¡Lindo! — exclamaron cien voces, y también 
Zenón Almada, quien» como otros más, comenzó a 
desensillar y arrojó el apero a la zanja, a un lado 



3b ■ TIERRA ADE.\-rRO 



del camino, donde, como por encanto, surgió un mu- 
chacho comedido que se ofreció a cuidarlo. De golpe, 
a la barullera actividad de un momento, sucedieron 
el silencio y el malestar. Cada jinete contemplaba su 
caballo, y la gente reunida en torno hacía lo mismo. 
Nadie hablaba. Los caballos desensillados mostra- 
ban en toda su "desnudez" su lamentable flacura : 
las ancas hundidas, los arcos de las costillas rayan- 
do los lomos, el pescuezo como de cuerdas tirante?, 
la cabeza enormemente grande, el pecho hendido, 
las patas con las rodillas y los garrones grotesca- 
mente abultados, el pelo sin brillo, la cola rala, la 
crin pobre. 

Todo hacía añorar el color v las armoniosas for- 
anas de los bien cuidados parejeros luciendo el pre- 
tal de plata. 

Y los ojos ! los buenos e inteligentes ojos de es- 
tos pobres caballos eran tristes, tristes como los de 
J sus dueños, quienes con pena los contemplaban, 

pasándoles la mano por el lomo, en amigable ca- 
ricia. 

— "¿Qué quieren?'' — parecía decir este hosco 
mutismo, — "ya no hay pasto a la vera de los ran- 
chos ni a lo largo de los caminos. El maíz, que di- 
cen sobra, y por leña y carbón lo queman, ¡ gracias 
si podemos comprarlo para una triste mazamorra 
y comerlo desabrido, sin azúcar!" 

La casi miserable vestimenta de estos hombres 
subrayaba la lamentable elocuencia del cuadro. 

Don Marco, irritado por la pena de todo lo que 



' . 



CUADROS CAMPESTRES 39 



sentía tan suyo, en un ímpetu de heroico buen hu- 
mor, lleno de optimismo, exclamó : 

— "¡Canejo, si están de mi flor! Cabayo con la 
panza yena en día e carrera, yega a la cola ... y 
eso, si yega ! . . . " 

— "Don Marco había e ser!" — murmuró Zenón, 
agradecido, y montó en pelo. Los otros hicieron 
como él. 

— ¡ Abran cancha ! — mandó una voz. 

Jineteando soberbios caballos, apareció un triun- 
virato imponente : el comisario, Santos, y su her- 
mano el juez de paz. 

El comisario y el juez de paz tomaron colocación 
a la llegada de la raya, y Santos, encargado de diri- 
gir la "largada", se unió a los jinetes y con ellos 
al paso fué hasta el extremo del camino — allí 
donde el pueblo comenzaba — mientras los espec- 
tadores formaban en dos hileras a lo largo de la 
calle . 

"¡ Dos libras, dos monedas de oro, de oro, de 
oro!"... y la palabra sonora evocando "brillo", se 
cernió sobre los golpeados por la suerte. 

La largada fué difícil : la nerviosidad era gran- 
de. La expectativa crecía . . . 

Un silencio ... y de golpe un grito : "¡ Se vienen !" 

En pelotón, tirados de lado, apretando con los 

talones descalzos el cuerpo del caballo, agarrados 

de la crin con una maao, la cabeza ceñida con un 

pañuelo a guisa de vincha, excitados, profiriendo 



# 



• I ^ - ' ■ \f 



■I 



* 



J 



40 " TIERRA ADENTRO 

alaridos, los jinetes avanzaban, en medio del vo- 
cerio de la gente, haciendo retemblar el suelo. 

Encandilados los ojos por la mágica visión del 
áureo disco tan codiciado, pasaron : veloces, deslum- 
brados, azuzados por un terrible señuelo, como en 
fantástica persecución de lo inaccesible ! . . . 



¡Din don, don! ¡Din don! 

La campana de la iglesia llamaba. Era su hora. 
El programa de los festejos "civiles" había ter- 
minado. 

¡Din don! ¡Din don, don don! 

La iglesia reclamaba sus fieles . . . 

¡La suferte! la suerte, señores! seguía voceando 
el "tallador"... 



♦ 






I^í 



3 _^ ■. ^ 






m. *4 



) 

LA sequía 



T I LoviíRÁ^ don Marco? 
O-* — ' — ¡Buena falta que hace, don Pedro! No 
hay cristiano que no lo ruegue, ni bicho en el monte 
que no lo pida. ¡ Pero, vaya uno a saber . . . ! Tuitas 
las señas dicen : va a cáir agua ... y no yueve . . . 
Será qu'es cierto aqueyo de: 

Cuando la perdiz canta 
Ñublao viene. 

Pero no hay mejor señal de agua 
Que cuando yueve . . . 

Dicho esto, don Marco, con la resignada bonho- 
mía de quien no tiene mucho que perder y sabe, 
por lo demás, que con atormentarse no se hace "cáir 
agua", miró entristecido a don Pedro, que tanto ha- 
bía trabajado; pensó en otros que, como él, espera- 
ban la lluvia, y se despidió con un: "Hay que tener 
pacencia . . . Ansina es la vida ..." Y, al trotecito 
de su zaino, se alejó. 



# 



TIERRA .¡DENTRO 



( 



La sequía se acentuaba, haciendo peligrar la co- 
secha. Y en el pueblo, y por los caminos, y en los 
campos y en las casas de los colonos, la pregunta 
de todas las horas era la misma: "¿Lloverá?" Y la 
observación mimiciosa y los comentarios y los di- 
chos acerca de los "signos" que se cree anuncian 
lluvia, no tenian fin. 

Soplaba el viento norte, trayendo un hálito tibio : 
viento norte "saca" lluvia... El ganado se ponía 
nervioso, brincaban los terneros, altas las colas, dán- 
dose de topadas e iniciando carreras : señal de 
lluvia... Se revolcaba el toro "como cabayo" : se- 
ñal de lluvia ... El potro relinchaba inquieto y las 
yeguas escarbaban el suelo con los cascos, husmean- 
do la tierra: señal de tormenta. . . Los patos, abrien- 
do las alas, se zambullían ruidosamente en la laguna : 
señal de lluvia. . . Cantaban los gallos a medio día: 
el tiempo va a cambiar. . . 

Unas cuantas nubéculas manchaban, a girones, 
el cielo: "cielo empedrado, suelo mojado"... Si 
el halón cercaba la luna, los buenos piamonteses, 
en su rudo dialecto, no dejaban de mentar el dicho: 
"Quant la luna a la el reu, u vent u breu!" (i). 

Si sobre la sierra asomaba un nubarrón y luego 



(i) Cuando la luna tiene la rueda, o viento o "cal- 
do" (agua) . 



P 



LA sequía 43 

otro, y otro más, abriéndose en abanico, ¡cuántos 
ojos ansiosos miraban aquel punto del horizonte! 
¡ Cuántos esperaban el viento sur que traería, tal 
vez, la tormenta con el chaparrón siempre tan dis- 
tante! "Nubarrón sobre la sierra, la tormenta es- 
pera", decían los labios en su inacabable enunciar 
de refranes. Tormenta, sí, tal vez de tierra, ¡pero 
todos esperaban tanto la lluvia ! . . . El viento norte 
ya no sopla. Sobre el campo se extiende la quietud 
anhelosa de la espera ; de golpe, una racha fría se 
insinúa ; la roseta de los molinos gira bruscamente 
al sur, de donde el viento se eleva veloz, soplando 
con más fuerza a cada segundo, para llegar furioso, 
arrastrando tierra y más tierra, doblando árboles, 
quebrando ramas, y pasar aullando por las esquinas 
de las casas, haciendo temblar las paredes, sacu- 
diendo los techos, y arrancándolos, a veces. Se des- 
encadena terrible, como deseando tomar revancha 
sobre el norte, que sopló unos días. En su furia, 
levanta nubes y más nubes de la tierra, y las em- 
puja por sobre los campos sedientos, por sobre las 
viviendas tristes, por sobre los montes negros, que- 
mados por la sequía y las heladas. Alza nubes y 
más nubes. . . y se las lleva. . . se las lleva sin dejar 
caer una sola gota de agua ! . . . 

Una tarde el sur "cae" bruscamente, y ante los 
ojos que alguna lágrima amarga empaña se des- 
taca, sobre un horizonte purísimo, lleno de calma, 
el violeta intenso de la sierra. 

El desaliento y la angustia de una esperanza que 



44 TIERRA ADENTRO 

se esfuma, planean con su pesado vuelo sobre los 
campos. Pero una mañana el viento este se levanta, 
alguna nube asoma . . . "Vento de la costa, l'acqua 
é nostra!" Y con este dicho, que expresa, como mu- 
chos otros, la necesidad que tiene el hombre de re- 
novar siempre su esperanza, la espera de la lluvia 
se inicia de nuevo. 



Don Pedro no dejaba de recorrer su chacra un 
solo día: la contemplaba, inclinábase inquieto sobre 
ella, como sobre el rostro de un ser querido que 
sufre. Padecía con ella el tormento de la sed. Bus- 
caba ansioso en esta faz desesperadamente inmu- 
table el estremecimiento de algún signo de vida. 
¿Dormían intactos los granos o habían brotado? 
¡Ah, cuan lejos estaba la vida lozana del trigal cre- 
cido ! i Cuan lejos sus ondas glaucas, con reflejos 
de seda, que ruedan susurrando bajo el soplo del 
viento que pasa ! . . . 

Y sin embargo, ¡cómo había trabajado este 
año esa tierra! Había arado los viejos rastrojos 
y había roto también campo virgen. La tierra esta- 
ba dura, pero la esperanza era grande, porque la 
última cosecha, que había sido buena, compensó 
en algo la pérdida total de las dos anteriores. 
Y este año, don Pedro hubo de trabajar mu- 
cho, porque la conscripción le había privado de 
la ayuda del hijo mayor: su Yuanín. "La ley 



LA Sequía 45 

dice que hay que servir, y hay que servir, y ésta 
es su tierra", había dicho don Pedro a su mujer 
y a su hijo, que miraban inquietos la perspectiva 
del cuartel. "Es un año . . . Un año ¡ bah ! pasa pron- 
to; yo hice tres, allá en Italia". 

Pero a Yuanín le tocó la marina: dos años. 

Ginotta, la mujer de don Pedro, anduvo no po- 
cos días llorando por los rincones, y don Pedro, 
ceñudo, escondía la pena de su mirada bajo la ma- 
raña de sus pobladísimas cejas. 

¡Dos años sin el muchacho era demasiado! Hasta 
ahora habían trabajado sin peón, pero este año, por 
más que su hija Marietta, de i8 años, lo ayudara, 
y también su mujer, turnándose con Marietta en 
el arado y en la rastra, un peón había sido nece- 
sario, y lo tomó a la "réndita". ¡Y la sequía ame- 
nazaba ahora hacer perder el esfuerzo de todos! 



Don Pedro se inclinó, y con sumo cuidado, arran- 
có una pequeña plantita de trigo. ¡Ahí la tenía en 
su callosa mano, "su" esperanza, y la esperanza 
de tantos otros! A pesar de la sequía, muchos gra- 
nos habían brotado: tres hojitas verdes, largas, 
finas, suaves como seda; un tallito corto y casi 
blancuzco; raicillas que indicaban bien a las claras 
la lucha de esta vida empeñada en no morir. Entre 
el nacimiento del tallo y la raíz, la cascarita, la 
envoltura del grano, estaba adherida aún, semejan- 



46 T/r.RRA ADl'.STRO 

do una bolsita vacía ... ¡Y vacio estaba el granito 
de trigo! Había dado totla la vida y toda la reser- 
va de alimento que guardaba ; no era abora más 
que un hollejo. Ya nada podía dar el granito guar- 
dador del tesoro; la plantita sola debía luchar. ¿Ven- 
cería ? ¡ Ah. si lloviera, con qué avidez chuparían 
las finas raicillas el agua ! ¡ Cómo ascendería por el 
tallito hasta la punta de las hojas el agua bienhe- 
chora! ¡Cómo se erguirían fuertes las hoy mustias 
plantitas ! ¡ Ah, si lloviera ! . . . Y don Pedro seguía 
teniendo en su ruda mano aquella frágil vida, que 
hubiera querido proteger. 

Solo, en medio del campo, que confundía su mo- 
nótona tonalidad de tierra reseca con la línea negra 
del monte, allá, a lo lejos, don Pedro recordaba. . . 
Recordaba cómo con su Ginotta, jóvenes los dos, 
desembarcaron un día en el gran puerto. Cómo el 
tren los llevó tierra adentro. Cómo allí levantó su 
casa, con tierra de la misma tierra a la cual arro- 
jara con la simiente la esperanza de su primera 
cosecha ! Vino la cosecha, y nació Yuanín, su pri- 
mer hijo. Y la alegría del hijo, su futuro aliado 
en la vida y en el trabajo, le dio nuevos bríos; quiso 
tener un campo de donde no lo arrojaran, donde el 
dueño fuera él, y suyos los árboles plantados y suya 
la casa de material que levantaría, suya la tranqui-- 
lidad, para no sentir pendiente sobre sí la amenaza 
del desalojo, siempre posible, dado el bárbaro sis- 
tema de contrato anual a que, como tantos, se ha- 
llaba sometido. 



'.f 

/../ SEQUÍA .4 47 

Los años malos y los años buenos se sucedieron, 
en proporción no estable, como todas las cosas de 
la vida ... El valor del suelo subía, muchas veces 
debido a la especulación y no a la producción, y el 
arriendo subía también para el colono aunque "sus" 
entradas no aumentaban ni mejoraban sus condicio- 
nes de vida. Ninguna circunstancia favorecía la 
adquisición de un pedazo de tierra. La familia ha- 
bía aumentado en mucho, y en muy poco su bien- 
estar. ¡ Sin embargo, se trabajaba, se había traba- 
jado siempre ! Cuando .Yuanín cumplió cinco años, 
lo sentaron en un caballo, y fué boyero. Los hijos 
del campo, desde muy pequeños, muestran ya un 
semblante serio y tienen la expresión de hombres. 
Yuanín boyereó concienzudamente : cifró su orgu- 
llo en no dejar "empastar" los vacunos y en impe- 
dir el pisoteo de los sembrados. Si alguna vez se 
cayó del caballo y lloró, no lloró por el golpe, sino 
porque, sin ayuda, no podía montar a caballo. Pero 
cuando cumplió seis años no lloró más, porque, sir- 
viéndose de los brazos y de las piernas, aprendió, 
si no a subir, por lo menos a treparse sobre el lomo 
de su cabalgadura. 

Marietta, a los tres años, mecía a Beppo y "cum- 
plía", además, con la chacra, incitando durante lar- 
gas horas al viejo caballo Patara, atado al malacate, 
a proseguir sus monótonas vueltas. A los cuatro 
años, su tarea aumentó con el cuidado que reque- 
ría Beppo, inquieto duendecillo que, bien plan- 
tado sobre sus descalzos pies, correteaba por todos 



48 TIERRA ADENTRO 

lados, sin temor ni a las patas de los caballos, ni 
a los yuyales, ni a los charcos de agua, que más bien 
hacían su delicia . . . 

Para don Pedro, aquellos años fueron los más 
difíciles: había que pagar los implementos de la- 
branza y los caballos, había que ahorrar centavo tras 
centavo, para dejar de ser mediero e instalarse por 
su cuenta. Su valiente Ginotta, ¡cuánto lo ayu- 
dó! Aró a la par suya, y también rastreó. Apaga- 
ba el fuego en la casa y escondía los fósforos, por- 
que le daba mucho miedo pensar en el fuego estan- 
do ella lejos. Encerraba a Beppo con Marietta en 
la única pieza que tenían, colocando en la puerta 
un tablero que, sin quitarles aire ni luz, no los de- 
jaba salir. Y los encerraba sobre todo, por temor 
al pozo y a los cerdos, que andaban sueltos. Ponía 
sobre la mesa dos tajadas de pan y dos tazones de 
leche, cuando la había, porque, aunque esto parezca 
extraño, es muy frecuente que los colonos no ten- 
gan vaca. Hecho esto, hacía la invariable recomen- 
dación : "Marietta, piura nen ! ¡ Sté grava, varda 
Beppo!" (2). Y se iba al campo. Marietta y Beppo 

Al caer la tarde, Ginotta volvía apurada, y mien- 
tras el marido desataba y Yuanín traía la hacienda, 
ella encendía el fuego y preparaba la merienda, 
se las arreglaban como podían; comían o desmiga- 
jaban su pan; volcaban o no la leche, y aprendían 
allí, a solas, un idioma que sólo ellos entendían. 



(2) i Marietta, no llores! ¡Sé buena, cuida a Beppo! 



LA sequía \ 49 



¡Años duros! Y la pobre Ginotta bien pronto per- 
dió su juventud. 

En las largas noches de invierno, don Pedro en- 
señó a Yuanin y a Marietta las primeras letras. Y, 
a la verdad, que fueron las primeras y últimas, por- 
que de allí no pasaron. La escuela estaba lejos, 
lejOjS... Cuando Yuanin cumplió ocho años fué 
al arado, y Marietta fué boyera. Años tras año, 
el trabajo de Yuanin aumentó en la chacra; llegó 
a ser el brazo derecho del padre, y luego lo superó. 
El padre "curaba" el trigo y Yuanin sembraba. Es- 
te conocía bien el cantito alegre de las cadenas que, 
culebreando tras la sembradora, tapan el granos. Co- 
nocía demasiado la penosa espera de la lluvia, la im- 
potente rabia ante la invasión de la langosta, las 
rudas tareas de la cosecha, en que se trabajaba de 
sol a sol, y la corta febril ante el temor de la man- 
ga de granizo que acecha la espiga en sazón. Para 
los trabajos de la cosecha se tomaban algunos hom- 
bres de afuera: los horquilleros, el "pistín" y e! 
ayudante del parvero. 

Don íedro manejaba la espigadora, y Yuanin 
desempeñaba con maestría el cargo de parvero. ¡ Ah, 
qué lindo era marcar el sitio de la parva, verla for- 
marse y crecer bien derecha, gracias al rápido y cer- 
tero acomodo que daba con su horquilla a las ga- 
villas de oro que le arrojaban desde el carro en una 
avalancha sin fin! i Qué lindo era, viéndola con- 
cluida, clavar la horquilla en aquel tesoro, y en un 
minuto de descanso contemplarla, bien techada, a 



J- 



•#. 



6o TIERRA ADESTRÓ 



prueba de lluvias y de viento! Llegaba, ¡por fin!, 
después de tantos desvelos, la hombreada de bolsas 
al pie de la trilladora, hombreada que el primer 
día le levantaba ampollas en el hombro, que luego 
la "mamma" curaba con el "unto sin sal", ante la 
sonrisa de don Pedro, que reía a la cosecha y a las 
espaldas robustas de su hijo. 

Don Pedro recordaba todo esto... ¿Habría co- 
secha este año? ¿Le darían licencia a su Yuanín? 



Anochecía. Don Pedro, regresaba lentamente a 
su casa. Por el camino, y en dirección a la misma, 
vio venir, al paso tardo de los caballos, un carro 
de alfa, cuya mole obscura se destacaba sobre un 
cielo pálido. Señal de los tiempos : era alfa com- 
prada y traída desde muchas leguas, porque en los 
potreros ya no había nada. 

De golpe, en el silencio del crepúsculo, se elevó 
una voz varonil, amplia, sonora. Era Esteban, el 
peón, que conducía el carro y cantaba. ¡ Buen mo- 
zo, Esteban!; "sin miedo al trabajo", activo como 
pocos, y, sobre todo, alegre : ¡ cantaba siempre ! Can- 
taba, aun cuando la sequía estaba a ptmto de hacer 
peligrar las sementeras, y la hacienda hambrienta, 
vagando por los que habían sido jugosos alfalfares, 
buscaba en vano una mata verde. 

Entonaba una de esas canciones de Piedigrotta, 
de melodía amplia como una ola. 



/..4 sequía 5 i 

En la puerta de la cocina se perfiló la figura de ^^ 
Marietta. ¡ La voz llegaba cálida y tan hermosia ! : ' 

Cu sta bella serata 
Ch'e suspire 'e stu viento, 
pe stu mare d'argiento 
quant' e bello a vucá! 

Don Pedro se estremeció. Ya sabía él que los 
muchachos se querían. Y bien, ¡que se quisieran! 
Esteban era trabajador, y Marietta... ya se sabe: 
las mujeres, para casarse y tener hijos. ¡Y qué 
más quería él sino tener nietos ! Mirarse en los 
hijos de sus hijos, verlos crecer. . . 

Dint' a echesta varchetta 
(ca' no cónnola pare) 
sule sule p'o mare 
ncé volimm' addurmí ! 

Pero esta alegría en medio de su pena, este olvi- 
do de todo ante el influjo de la pasión, le crispó 
los nervios, y él, siempre tan paciente, siempre 
tan calmo, tuvo un gesto de mal humor: 

Dint' a echesta varchetta 
(ca' no cónnola pare) 

Repetía la canción. Don Pedro prorrumpió : "¡ Ma- 
donna! ¡Ma che tanta barchetta, sa ie nen de- 
va!" (3). 

(3) ¡M.adonal Pero, ¡qué tanto barquito, si no hay 
agua I 



52 



TIERRA ADENTRO 



Cesó el canto . . . Marietta entró y, apenada, se 
inclinó sobre el fogón; entonces, Ginotta, llevando 
de la mano a Pedrin, su último hijo, salió a recibir 
a don Pedro, y mientras éste tomaba en brazos al 
pequeño, Ginotta lo contempló en silencio, como di- 
ciendo : "¡ Mi hombre es bueno, pero qué quieren . . . 
¡no llueve!" 



:\ 






PIETRO 



PiETRo era el típico exponente del "lingera", ti 
eterno nómada de nuestra campaña. 

Cuando, hasta perderse de vista, los campos se 
extienden negruzcos, después de la primer arada, 
} sólo rompe la monotonía del color el verde de los 
alfalfares y el amarillo desteñido de las maizales 
ya maduros, van desfilando por los caminos y 
a lo largo de las vías los "lingeras" .... 

Como tantos otros otros, Pietro había hecho su 
anual peregrinación en solicitud de trabajo de la 
estación, y, como tantos otros, veía concluir el oto- 
ño e iniciarse los largos meses del invierno sin un 
centavo en el bolsillo y sin la perspectiva de encon- 
trar un techo donde cobijarse. 

Como muchos otros, había ido al sur y al norte, 
al este y al oeste, sin la menor seguridad de en- 
contrar trabajo, sin haber recogido ningún dato 
al respecto, sin haberlo pedido siquiera; ¿ya 
quién?... Lo único que sabía era que había maíz 
para "rejuntar", e insensiblemente él y centenares 



54 TIERRA ADRXTRO 

de sus semejantes se condensaban alrededor de los 
pueblos, hacían bajar los salarios por el exceso de 
brazos, dejaban en el mostrador del almacén toda 
la plata en cambio de "provedurias", y una vez 
cosechado el maíz de la región, siempre sin rumbo 
certero, al acaso, se iban... Tal vez, tal vez... 
más allá habría maíz. . . El "tal vez" se esfumaba 
un día: ya no había maíz en ninguna parte. Enton- 
ces, Pietro había hecho lo que tantos otros : ir por 
los caminos, detenerse ante las tranqueras y pedir 
algo, o mirar y no pedir. . . 

Pietro había simplificado o, mejor dicho, las cir- 
cunstancias habían simplificado hasta un extremo 
inverosímil su vestimenta, y si tenía camisa, ello 
se debía, seguramente, a que "no era un hombre 
feliz".... 

Los 'lingeras" llevan su "lingera" a cuestas...^ 
Pietro no llevaba más que una varita cruzada so- 
bre el hombro, de cuyo extremo pendía un tarrito 
de lata sujeto por un asa de alambre. Dentro del 
tarrito guardaba una rica cuchara, que halló jun- 
to a la vía del tren, arrojada, probablemente, desde 
algún coche comedor. 

Cuando Pietro llegó, a la caída de la tarde, a la 
tranquera, teniendo a sus espaldas una roja puesta 
de sol, su andar por el polvoriento camino había 
sido tan silencioso, su aspecto era tan inofensivo, 
que los perros no ladraron ... La única cosa que de- 
notó su presencia, fué el suave tin, tin, tin de la 
cuchara dentro del tarrito de lata. 



V ' - 




\ 


^■«ofr 




PIETRO 



55 




Pietro habló; su voz tenía la aspereza de algo 
herrumbroso . . . Seguramente hablaba poco. Pi- 
dió trabajo; en ese momento no lo había. Enton- 
ces se quedó mirando al monte, sin decir nada; su 
silueta se recortaba con la nitidez de un aguafuerte 
sobre el incendio del poniente. 

Don Marco, que desde lo alto de su cabalgadura 
lo había visto llegar hacía rato, dijo con su eterna 
sonrisa, en la cual tantas veces despuntaba la iro- 
nía, pero sin herir: 

— "¿Qué dice, amigo? Las golondrinas yá si 
ido d'estos pagos: será porque tienen alas... Usté 
si ha quedao : será porque no sabe volar" . . . 

Tin tin, tin. . . sonó el tarrito, 

— ¡Vaya con el hombre! Segurito nomá qu'en 
el tarrito yeva patacones de plata, — ^bromeó don 
Marco. 

Pietro descol^ el tarrito y mostró la cuchara. 
Evidentemente el tarrito estaba tan vacío como el 
estómago de su dueño. '^ 

Pietro pasó a la cocina. 

— Buenas noches. 

— Buenas. 

Los peones le hicieron sitio, y acostumbrados, 
como buenos paisanos, a no demostrar curiosidad 
por nada, esperaron que un plato de humeante so- 
pa le desatara la lengua mejor que cualquier pre- 
gunta. . Sonrieron un poco, cuando Pietro — tal 
vez para no perder la costumbre — volcó el plato 



, « ■ 

56 TIERRA ADENTRO 

en el tarrito y, sentándose en el extremo del banco, 
con "su" cuchara se puso a comer. . . 

— ¿Viene de lejos? — preguntó el capataz. 

— De lejos. 

Comió y se quedó mirando la lumbre, perdida 
la mirada quién sabe adonde ... tal vez en nin- 
guna parte . . . 

Parecía tener más de 50 años, y bien podía no 
tener ni 35. Rubio, con unos enormes bigotes la- 
cios que caían sobre su descuidada barba, su cara 
tenía un aspecto muy sufrido; los ojos, ocultos 
bajo unas pobladí simas cejas, eran tan azules que 
parecían lavados. 

Los peones se fueron a dormir. 

Pietro no traía nada con que cubrirse, nada sobre 
qué descansar. Así había dormido por los caminos. 
Era un 'lingera"... En nuestra "rica" campiña 
los hay muchos asi... 



A la mañana siguiente declaró : 

— Yo cuidaré a mis hermanos. 

— ¿Qué hermanos? 

Pietro señaló los chanchos . . . 

El capataz se encogió de hombros y el boyerito, 
alegre como la mañana, rió a más no poder. 

— ¡ Pucha, qué panzada de risa mi'e dáo ! — di- 
jo a los peones contándoles lo ocurrido. 



PIETRO 57 

Y cuidó de los chanchos, dándoles de comer más 
de la ración señalada. No parecía sino que sentía 
una extraordinaria satisfacción en hartarlos: ¡él 
que tantas veces se había dormido sin comer! 

— "Corpo di bacco! ¡ma come mangiano!" 

Flaco, se extasiaba ante la enorme gordura de 
las bestias, y un día en que las veía gruñir satis- 
fechas enterrándose en el lodo de la laguna, — 
quién sabe! tal vez por contraste con la sensación 
de bienestar que parecía emanar de los cerdos, — 
se despertaron los recuerdos en él, y sin que nadie 
lo interrogara comenzó a hablar. 

Su voz era monótona, apagada, y casi parecía 
hablar para sí mismo — ¡como que tantas veces 
se le había oído discurrir en voz baja! — Pero 
no, esta vez hablaba para otros, aunque no los mi- 
rara. Sus ojos lavados parecían escudriñar allá... 
sus recuerdos. 

Las frases eran breves; el relato deshilvanado. 

Había estado en una "fazenda" brasileña. De 
Argentina llevaba 12 años. Trabajó con un herma- 
no suyo en la Pampa como peón "a la réndita" ; 
les iba "arregular" trabajando... \pero sobrevi- 
nieron dos años malos, el dueño del campo ^'s'arra- 
bió" y pidió el desalojo; a la calle fueron 25 fami- 
lias... 

Su madre estaba en Italia, con dos hermanas 
y un hermano menor. . . Cultivaban un retacito de 
tierra... quisieron que aquella tierra fuera suya, 



58 TIERRA ADENTRO 



y a fin de ganar el dinero para comprarla se vi- 
nieron a "rAmérica" . . . "¡E sí, volontá... volon- 
tá non mancava. . . !". 

Apenas desembarcados, fueron a trabajar a un 
horno de ladrillos ; en Floresta . , . Después salie- 
ron a levantar una cosecha: ganaron "bien", pero 
se ahorraba poco . . . Luego, no encontrando traba- 
j o en el campo, volvieron a la ciudad. Se emplearon 
en las excavaciones de las obras de salubridad: se 
''guadagnava" . . . pero un día un desmoronamiento 
de tierra por poco los sepulta: "mamma mia, cre- 
deva moriré!'" El hermano no murió aquel día, pe- 
ro lo "ammazzarono" en Trípoli . . . 

"L'ammazzarono" ... él lo había visto con la cabe- 
za rota, los ojos vaciados.... un día que hacía 
mucho calor; cuando lo vio ya estaba "abomba- 
do". . . 

Su voz se quebró . . , 

Anochecía; los chanchos salieron de la laguna, 
sacudiéndose el lodo. 

*Con voces de mando milil;ares salpimentadas de 
ternos, Pietro los fué arreando, cruzó el corral y 
los encerró en el chiquero. 

— "En la guerra, te dan bien da comer. . . comes 
bien la mattina ... e a la notte, t'ammazzano !" . . . 

El cielo se había cubierto de negros nubarrones; 
aquí y allá una que otra estrellita parpadeaba dé- 
bilmente . . . 

Pietro se quitó el sombrero y extrajo de su inte- 



r TETRO 59 



rior un lío con papel y tabaco para armar un ciga- 
rrillo. 

"E si" ... él y su hermano habían ido a la 
guerra, porque, "claro", fueron "ricchiamati" . . . 
Si no iban, el usufructo de los ahorritos que habían 
estado mandando allá a su terruño se perdía para 
ambos. Pagar la tierra, y no verla ... ¡ imposible ! 

— "A la guerra se vá e non se piensa crepar !" . . . 

Los pusieron en un vapor. "¡Viva! ¡Chin! jRa- 
tachín!". . . 

Seguramente hacía rato que Pietro no hablaba 
tanto ... Su voz sonó tan destempladamente en 
medio del silencio, que los perros se abalanzaron 
ladrando. 

El boyero y los peones, "husmeando" algún 
relato, se acercaron, "hambrientos" por escuchar. 
El cuento verdadero ... o inventado . . . siempre 
es bien recibido en el campo, rompe un poco la mo- 
notonía de la vida... Escuchan, jamás interrum- 
pen, y la enormidad más grande es aceptada en 
silencio; allá para sus adentros, cada uno separa 
la verdad de la mentira o se permite dudar. . . 

Pietro empleaba un lenguaje muy común en 
nuestra campaña; él lo llamaba "il champurreao", 
y era éste una mezcla de mal español y mal italia- 
no. . . 

— "A la guerra te mándano, claro . . . non ti pre- 
guntano si tenes volontá d'andare ... si te pre- 
guntábano non iba nessuno !" 



fiO TIERRA ADENTRO 



— Bueno, ¿ pero si el enemigo te quiere poner 
los "bastos" encima? — terció un peón, 

— -"Lo turqui, non ti poniano lo bastos in nes- 
suna parte ! Mira : la guerra e come tutto : "ello" 
mandano e "mangiano" : ¡ vos trabacas ! En la gue- 
rra "ello "mangiano", mandono e fuchilano e lo 
soldati crepano ! . . . revientano ! Se non vas, te fu- 
chilano, se vas ... se vas ... 

¡ Guarda ! . . . Pietro, de dos tirones, se quitó la 
camisa; el haz de luz que salió de la cocina alum- 
bró su descarnado tronco: el hombro derecho pre- 
sentaba una larga cicatriz blancuzca, profunda- 
mente hundida en la masa de los músculos y ad- 
herida al hueso. — "Casco de metralla". . . "La mar- 
ca de la p^ria. . . paga cosí". . . 

A la "-triamma", el comando le escribió : "II suo 
hico é morto per la patria". El regresó enfermo: 
la herida supuraba, tenía fiebre, quedó "seco", nun- 
ca volvió a tener la "forza" de antes. 

Concluida la guerra, allí no había trabajo para 
él "ima patada : ¡ va via !" 

"Avanti" la guerra, les habían prometido un re- 
parto de tierras en Trípoli. "Pbreu !" Tierra hay 
en Italia, y muy buena, y aunque poca, con tal de 
ser propia. . . bien felices se hubieran sentido en 
ella. 

Volvió a "l'América" siempre "- empecinado en 
comprar con lo ahorrado aquel retacito de tierra, 
y con la secreta esperanza de la llegada de algunos 
años "muy" buenos que le permitieran establecerse 



PIETRO 61 

aquí y traer su familia. Pero los años "vinieron 
mal", y para concluir de echarlo todo a perder, 
j brum ! ¡ otra guerra !" . . . 

Lo volvieron a "ricchiamar". "¡ M . . . non voy 
nada ! perdí tutto . . . ahora sonó desertore ... ¡ E 
porca miseria!". . . 



Pietro llevaba colgada al cuello, por un piolín, 
una bolsita de color indefinido. Púsose de nuevo 
la camisa; sus brazos, al entrar en las mangas, pro- 
yectaban una larguísima sombra. Tan flaco y des- 
garbado, parecía uno de esos espantapájaros que, 
para burla, más que para terror de los gorriones, se 
suele colocar en las huertas. El pantalón, demasiado 
grande, caía; la camisa tenia aún más remiendos 
que el pantalón, y el sombrero — ^prenda indispen- 
sable para todo espantapájaros, y que no lo era 
menos para Pietro — tenía como curioso detalle su 
cinta descolorida y desflecada prendida con un al- 
filer d€ gancho . . . 

¡Tantas cosas había perdido Pietro que, eviden- 
temente, no se decidía a perder una más ! . . . 

Mirándolo, uno se preguntaba si había sido ni- 
sño alguna vez — lindo como todos los niños — 
si había reído, si había jugado, si luego había ama- 
do. . . 

¿Qué le había dado la vida? ¿Qué esperaba de 
cllaí 



(52 TIERRA ADENTRO 

Su cara tenía una expresión hosca, y se notaba 
que la serie de dificultades habían hecho de él uno 
de esos hombres atormentados, cuando se deciden 
a pensar, y resignados, tristemente resignados, cuan- 
do ya no ven el "para qué" ni el "por qué" de nada. 
Sus oyentes debieron formarse una rara idea de 
algunas cosas después de oír sus picarescas y amar- 
gas reflexiones : 

— Lo turco nos tiravano con cannoni "reformati" 
— cañones viejos — que Francia les había vendido, 
pero que "reformati" y todo "ammazzavano" lo 
mismo ... — Germania — seguía Pietro — nos ven- 
día proyectiles y también cañones. Los oficiales 
italianos nos "mandabano" según la "tática" alema- 
na. 

— Ahora — comentaba Pietro — matamos alema- 
nes con cañones que ellos nos vendieron . . . Los tur- 
cos, que nos mataban con cañones franceses, matan, 
si pueden, a los franceses . . . Los alemanes nos ma- 
tan con la "tática" que ellos nos enseñaron y... 

El boyerito bostezó aquello era muy complica- 
do. , . 

Los peones, evidentemente, estaban sometidos a 
un rudo ejercicio mental ; uno de ellos quiso sacar, 
tal vez instintivamente, algo bello y heroico de todo 
este lamentable "enredo". 

— Che, pero decí, hay guapos que la saben peliar! 
El otro día, en el almacén, ese ... de la esquina de 
la carnicería de don Jesú, había un ritrato, ¿sa- 



_/ 



PIETRO 63 

bes? di uno de esos que mandan, que le estaba por 
niendo una medalla — decía que di oro — a uno de 
línea; ¡por algo sería, che! 

— ¡La medaglia! e sí... ¡ te da un'altra volta la 
pata, dopo que te l'anno tagliata! — rechinó Pie- 
tro — y exasperado contra la guerra, contra su suer- 
te, contra todo, su cara se contrajo aún más. "Ellos" 
tenían la culpa ! "ellos", ese poder invisible que a él 
y a miles de sus semejantes los atenaceaba en su en- 
granaje, los estrujaba y manejaba a su antojo. 
"¡Ellos!" ¿dónde encontrarlos así de frente? ¿cómo 
asirlos? Los sentía en todo : en el jornal escaso, en la 
alimentación cara, en la ropa de precio inaccesible, 
en las alpargatas rotas a los pocos días de puestas, 
en la imposibilidad de vivir en su país y en el impe- 
dimento de poder formar aquí su hogar, amar ... vi- 
vir, ¡ por fin ! ; en dormir por los caminos ,y en el 
suelo pelado, en las chacras ; en no poaer exigir na- 
da ¡jamás! y en la necesidad de trabajar sin pers- 
pectiva de mejoramiento! En trabajar en todos lo3 
países con el mismo esfuerzo y el mismo cansancio 
y en ser remunerado en cada uno de ellos con mo- 
neda distinta y perder en los cambios! ¡En no sen- 
tirse dueño de nada, absolutamente de nada, y "me- 
nos" que de nada, ni siquiera de su vida, porc,t 
"ellos" lo mandaban morir en defensa de lo que é¡ 
no sentía ser suyo! 

Pietro descolgó del cuello la bolsita; él no era 
"nessun atorrante", tenía "sus" papeles. Los tenía 



64 TIERRA ADENTRO 



todos en orden... en perfecto orden... con todos 
los sellos, con todas las firmas, con todas las identi- 
ficaciones. .. . Sellos y firmas, el dia que nació.. . 
Después, sellos y firmas cuando el servicio militar; 
luego muchos sellos y firmas en el pasaporte. . . más 
tarde el "ricchiamamento" . . . después el licencia- 
miento y al poco tiempo otro pasaporte ... Y por fin, 
tras de tantos sellos y firmas... ¡ahora era deser- 
tor! 



Todo estaba en perfecto orden . . . Este hombre 
rendido a los 40 años, transformado en un misera- ' 

ble "lingera", y que moriría como tal, resignado con 
su mala suerte y exasperado, sólo por breves momen- 'jr 
tos, contra esos "ellos", estaba completamente docu- 
mentado ... 

Si la sociedad jamás le había dado nada, en cam- 
bio lo había "prontuariado" con toda meticulosidad... 

Pietro volvió a meter "sus documentos ' en la bol- 
sa y a colgársela al cuello. 
, — Otra marca — dijo. 



Los peones entraron en la cocina. 

Pietro quedó solo ; la noche había cerrado comple- 
tamente. El silencio, ese silencio del campo en que 



PIETRO 66 

parece que hasta los árboles duermen, se cernía so- 
bre todas las cosas. 

Allá en el horizonte titilaban las luces del pueblo 
grande . . . 

La mole del monte se confundía con el cielo. A 
ratos la luna emergía en las nubes ; bajo su luz bri- 
llaban los hilos del alambrado y se dibujaba la tran- 
quera que cerraba el camino. 

Pietro volvió a abrir la bolsita, extrajo de ella un 
pequeño retrato y lo miró largamente . . . 

Era una fotografía borrosa, en la cual él "veía" 
más de lo que ya quedaba en ella: dos ojos muy 
negros, cabello sedoso, un pañuelo negro con floro- 
nes, ciñendo el busto, un pequeño broche de coral 
prendiendo el pañuelo; una sonrisa, buena y leja- 
na... muy lejana. . . 



Una tarde, Pietro dijo que se iba. 

Tomó su tarrito, lo colgó de la vara, y como lle- 
vaba algún dinero se fabricó "la defensa del lingera" 
con un pedazo de alambre curvado en forma de aro, 
en un extremo, para pasar el dedo, y punzante como 
un estileto en el otro. 

— Cuando son "asina" — dijo un peón — ya no 
s'iaquerencian en ninguna parte. 

Pietro abrió la tranquera y se fué. . . Tin, . . tin... 
tin. . . hacía la cuchara dentro del tarrito de lata. 



66 TIERRA ADENTRO 

Los altos pastos ondulaban a lo largo del cami- 
no; ^1 monte murmuraba algo en voz baja. 

Pietro se perdió a lo lejos, como uno de esos bar- 
quitos que, rotas las amarras, se van así, a la deri- 
va. . . 



vísperas electorales 



,_^ v^ I quiere carne di oveja, bueno, y si no. . . 

vJ otra no hay, 

— Pero don Jesú, ¿ y eso? ¿Y aquellos tres se 
los va a comer solo? 

"Eso" era una vaquillona, que, mugiendo angus- 
tiada, forcejeaba por desasir sus astas del lazo, con 
el cual dos criollos la amarraban fuertemente a un 
palenque, enclavado a un lado del corral y no lejos 
de un chañar corpulento. 

— Eso es pal dotor Equino, y aqueyos tres, di a 
uno.: pa los rojos, para Toribio Veleta y pa los "de- 
mátratas". 

— ¿ Demócratas ? 

— Eso mesmo. ¿ Y sabe ? Si han puesto di acuerdo. 

— ¿ Cómo de acuerdo, si no hacen más que tirarse 
al alma? 

— Y sí, pues. . . pero digo que si han puesto di 
acuerdo pa eso de convidar a "su" gente : un asadi- 
tc al asador — no están los tiempos pa disperdiciar 
el cuero — ; vino, no; empanadas, tampoco; y taba, 
eso sí, a discreción ... 



68 TIERRA ADENTRO 

— Dicen que con eso del "nuevo régime", em- 
panadas y vino es corrución . . . Pero qué corrución 
va a ser! Pa mí ¿sabe? es por mezquinar la plata 
nomá ... ¡ Viera diantes ! Cada caudillo a quién 
más! Asao con cuero, tamales, ginebra, empanadas, 
vino hasta cair redondo, juego e taba, baile, guita- 
rra ... y la farra duraba días ! 

¿ Ahora ? tuito es corrución . . . 

¿Quién salió perdiendo? ¡El criollo, pues! Dian- 
tes daba el voto y lo hartaban; hoy da el voto lo 
mesmo y ni se quita el hambre! 

Todo esto fué dicho por don Jesú Miranda — el 
hombre más gordo del pueblo — mientras hacía los 
preparativos del "sacrificio": afilar un largo y an- 
gosto cuchillo y colocarse a guisa de delantal una 
bolsa toda pringosa por la sangre de anteriores car- 
neadas, metiéndola en la cintura del pantalón, el 
que no pudiendo ajustarse sobre su enorme vientre, 
caía atrás como la floja piel del trasero de un ele- 
fante. Miranda encaminóse hacia la vaquillona, y 
con un gesto que contrastaba sobremanera con el 
"dulce nombre de Jesús", de una feroz cuchillada 
la degolló. La sangre saltó a borbotones, formando 
un charco, que, al embeber la bosta del corral, des- 
pidió un olor agrio y penetrante. 

Los novillos, a dos pasos de allí, los ojos muy 
abiertos y llenos de espanto, husmeaban tendiendo e! 
morro y mugían sordamente. . . Los peones, provis- 
tos de largos cuchillos que manejaban con gran 
destreza, procedieron a desollar el animal; a cada 



vísperas elrctoralss 69 

golpe la piel se desprendía, mostrando un informe 
tinte rosa. 

En seguida izaron la res por las patas para col- 
garla del chañar, y de un solo tajo la hendieron de 
arriba abajo; las visceras, como desbordando, se 
vinieron al suelo. 

Don Jesú alargó su cuchillo a uno de los peo- 
nes; se restregó las manos en el "delantal", aplicó 
un puntapié a un perro, que disparó aullando, es- 
pantó una nube de zumbonas y enormes moscas 
verdes, y con un enérgico ademán ahuyentó a la 
haraposa chiquilinada que, como todas las veces que 
se carneaba, había surgido allí como por encanto 
en solicitud y cuando más en miserable compra de 
alguna "achura": "Dice mi mama si le vende cinco 
de"... No especificaban de qué. ¡Adonde se ha 
visto comprar cinco centavos de nada, y menos de 
carne! "¡Hoy ni los bofes!", les gritó, y dirigién- 
dose a algunos vecinos que habían venido a pro- 
veerse, como de costumbre, les explicó: "Las reses 
andan escasas; los de los comités me las han pagao 
bien; asina es que pa los vecinos he camiao ove- 
ja. Si gustan. . . Mateo lis va a despachar". . , 

Esto fué dicho con toda altanería: como que don 
Jesú era el único carnicero del pueblo y podía dar- 
se el lujo de sentirse omnipotente. . . 

Además, por aquellos días, dos "dotores", un ha- 
cendado y un fuerte comerciante "lo habían an- 
dado tanteando, y luego de tantear, ofertando" . . . 

Don Jesú avm no se había "comprometido" con 



70 TIERRA ADENTRO 

nadie. Para el negocio, por el momento, era lo qu^ 
más convenía: si se "apalabraba" con los demócra- 
tas, "en seguidita no más" los azules le iban a ce- 
rrar el negocio por falta de cumplimiento a las or- 
denanzas municipales . "¡ Las ordenanzas munici- 
pales! política, pura política!", bramaba don Jesú. 

Y a la verdad que los carniceros de campaña, y auri 
los tan gordos como don Jesú, debían ser admira- 
bles equilibristas, porque acertaban a tapar las orde- 
nanzas municipales con un "embanderamiento" opor- 
tuno ! 

Si se inclinaba por los azules, corría el mismo 
riesgo para el futuro en caso de que los demócra- 
tas ganaran . . . 

Y si por los rojos. . . ¡Qué complicado era todo 
esto! En cuanto a cumplir las ordenanzas munici- 
pales ... ¡ni que hablar ! 

Una espesa alfombra de estiércol tapizaba con- 
fortablemente el corral. Durante la sequía, las ven- 
tolinas lo remolineaban, aplicándolo cuidadosamen- 
te sobre las reses. recién carneadas... Cuando llo- 
vía, en la liga "se encajaban" las alpargatas y me- 
jor era andar descalzo... 

En todo momento miríadas de moscas ponían allí 
sus huevos, que estallaban al calorcito suave de la 
fermentación, haciendo de aquello un hervidero de 
larvas inquietas. Don Jesú las miraba asombrado: 
"¡ Señor ! ¡ por qué habrá criado tanta mosca Dios !" 

Y en su profunda admiración, ante tamaño prodi- 
gio, no se atrevía a hacer nada para destruirlas. 



VÍ SPERAS ELECTORALES 71 

"¿Bretes para carnear? ¿Chapas de cinc en el 
mostrador? ¡Cosa e gringos!" 

¿ Piso de portland ? ¡ No estaba él para resfríos ! 
"La tierra fresquita pal verano, calentita pal in- 
vierno" . 

"¿Delantal? ¡Qué se lo pusiera la mucama del 
míster del ferrocarril!" 

¡ Maldita política ! Y, sin embargo, tenía sus con- 
veniencias, sus "acomodos", sus arreglos, sus dul- 
zuras ... la política . . , Todo era. cuestión de tener 
"buen palpito". Y luego, ¡ qué bien se iba a estar, 
"amigazo", con todos los de la "situación"! ¡Adiós 
ordenanzas! ¡Adiós inquietudes! ¡Bien venida al- 
guna hacienda robada! Rico el mate en amigable 
plática con el "revisador", encantado de la limpieza 
y poniendo el invariable "visto bueno" a las reses . . . 

¡Tranquilidad!... sopor... y dejarse estar... 
oyendo el ruidito familiar de las moscas, conten- 
tas también ellas, ¡ pobrecitas ! . . . 



¿A quién iba a dar "sus" votos don Jesú? Sus 
votos, porque eran el suyo y el de "su" gente. Su 
gente, que él consideraba en política como algo in- 
condicionalmente suyo. Y todo el que en el campo 
da trabajo, considera las cosas así. Dar trabajo fijo, 
es ser para las elecciones pequeño "empresario" de 
votos, y el problema está en entregarlos a un buen 



<- ^ ,r"Vi^ 



72 TIERRA ADENTRO 

"acaparador". ¡Cuántos sentían idénticas tribula- 
ciones a las de don Jesú ! No se hablaba de partidos, 
y menos de programas. Se hablaba de "caudillos", 
no de candidatos ; a éstos no se los mentaba siquie- 
ra ., . Los caudillos y sus promesas o sus amenazas : 
esto era lo visible, lo palpable. 

Los estudiaban, los comparaban y terminaban 
por "verlos" iguales en sus propósitos, idénticos en 
sus procedimientos, y hasta dotados de un sello co- 
mún en su exterior. ¡ Cómo se parecían ! 

El doctor Lince, abogado, terrible enredador de 
pleitos y empeñado siempre en dar con testamenta- 
rías en las que hubiera menores, €rar~i;adical rojo 
porque se habia peleado con los azules. 

El doctor Equino, médico, hacía de su consul- 
torio y hasta de la casa de sus enfermos una agen- 
cia electoral. Era radical azul porque los azules 
estaban en el gobierno. Y él estaba siempre con 
los del gobierno, teniendo por lo tanto "muy bue- 
nas relaciones", mediadores excelentes para conse- 
guir la libertad de los presos, y en esto — más que 
en el arte de curar — tenía fama de "Mano Santa". 

Pancho Balanza, rico comerciante, con muchos 
"elementos" en. su mayoría hijos de sus deudo- 
res' que casi siempre, muy agradecidos a sus "bon- 
dades" y a su paciencia en la espera del dinero, lo 
acompañaban en política con toda docilidad — era 
demócrata porque antes había sido radical y estaba 
decepcionado . . . 

Don Toribio Veleta, hacendado, padrino de cuan- 



■4 



vísperas electorales 73 

to chico nacía; amigable componedor de "enriedos", 
condolíase fácilmente de los que adeudaban varios 
años de contribución directa, cuyo servicio, sin "in- 
terés" . . . tomaba generosamente a su cargo, pero a 
la larga, a retazos, el campito pasaba a su poder. 

Empecinado defensor del arriendo a un año, de- 
clarábase "buenazo". Daba trabajo a muchos peo- 
nes, y prometíalo siempre a muchos más. 

Don Toribio Veleta era don Toribio Veleta a se- 
cas, porque "pal tiempo e las elecciones yevaba su 
gente y daba güelta el poncho pal lao diande iba a 
callentar el sol". 

Gozaba de general admiración por su "viveza", y 
casi ... de general estimación. 

Los cuatro vestían bien, llevaban chambergo blan- 
do sobre los ojos. De vez en cuando repartían muy 
ostensiblemente unos pesos "al pobrerío", general- 
mente en el andén de la estacióa. 

Se "rozaban con la gente baja" cuando la preci- 
saban, la despreciaban luego, la tuteaban siempre. 

Iban a misa en semana santa "por cumplir". Alar- 
deaban con frecuencia de liberalotes, y en ambos 
casos eran igualmente falsos . . . 

"¡Che, m'ijo!", era el trato que prodigaban en 
tiempo de elecciones a todos los Visitación María 
Telmo, y cuando comprobaban con cierta fruición 
que no sabían leer, sentíanse aun más sus protec- 
tores ... 

Siempre intrigando, sonreían siebipre. Abrazaban 
y palmoteaban, diciéndose amigos de todo el mun- 



-p 



74 TIERRA ADENTRO 

do . . . pero no tenían ni uno solo . Eran de amabi- 
lidad "exquisita", y procaces en el hablar todas las 
veces que podían. No se molestaban por nada que 
no redundara en beneficio propio. 

Afectos a las confidencias, declaraban que la po- 
lítica era "una porquería", que el mundo estaba lle- 
no de "desagradecidos", confesábanse profundamen- 
te "desilusionados" y tenían odios terribleá", pues 
tomaban como agravio personal, como insulto a sus 
méritos, cualquier acto u opinión capaz de obsta- 
culizar sus tramoyas o ambiciones. Llegar a ser 
diputados, era su sueño, y desde allí trepar. . tre- 
par siempre . . . 

En su propaganda electoral prometían defender 
"sus" derechos a terratenientes, comerciantes e in- 
dustriales, y a los criollos, con sonrisa condescen- 
diente, les decían : "Ya sabes, che, de un apuro siem- 
pre te he de sacar". Habiendo agregado en esta 
campaña, como una innovación de la eterna farsa, 
"formales" promesas de "dar" trabajo, "hacer" su- 
bir los jornales, bajar el precio de los artículos de 
primera necesidad, etcétera. ¿Cómo harían esto? 
¡ Bah ! Los electores no se lo preguntaban . . . 

"Tuitos son lo mesmo, sólo que diferientes de 
nombre". Y esta tristísima definición de Zenón Al- 
mada — unidad electoral — era compartida por 
todas las otras unidades cuya 'suma daría el triun- 
fo a un partido, y algún señor muy seriamente se 
sentiría elegido. 



vísperas electorales 75 



Terminada la faena, don Jesú fuese en busca 
de "su silla" y de "sus diarios": "El Orden" y "La 
-Regeneración". Y mientras Mateo ordenaba las 
"achuras" y Visitación María Telmo — peón de 
ocasión — , sentado en cuclillas cerca de una tina 
llena de agua, vaciaba las tripas raspándolas con 
un cuchillo, don Jesú Miranda arrimó su silla a la 
sombra del alero, y leyendo sucesivamente los dos 
"papeles", sucesivamente también su enorme vien- 
tre fué sacudido por formidables carcajadas: 

— "¡ Che, Mateo, cómo lo ponen al dotor Equino ! 
Mira, che, mira": (y leía silabeando) : "Sepa usted, 
doctor Equino, que si se cae al rio ni con pinzas 
habrá quien lo saque!" 

— "Saldrá solo nomás, pa ése no hay chiquero 
sucio", refunfuñó Mateo sin participar de la ale- 
gría de su patrón. 

— "Mira, che, lo que le "retruca" el dotor Equino 
(y leía, pero con mucha dificultad) ; "Yo he nacido 
con la frente muy alta". 

— "Este habrá nacido como cualquier cristiano no 
más", volvió a refunfuñar Mateo. 

Miranda, imbuido en la lectura, no le hizo caso, 
y siguió leyendo: "A mi cuna, mecida por las más 
preclaras altiveces, no llega el fango artero arro- 
jado por siniestras con-cul, con-cul-ca . . . 

— "¡Conculcaciones!" — gritó, entrando, el es- 

/ 



76 • TIERRA ADENTRO 

cribiente de la comisaría, y recitó el párrafo de me- 
moria . 

Don Jesú Miranda y Mateo se quedaron con la 
boca abierta. Visitación María Telmo seguía lim- 
piando tripas . . . 

Y así, en un corral, al caer de la tarde, en la hora 
en que todo parece buscar reposo en el campo, para 
despertar con más pujanza de vida a la mañana 
siguiente, un elector que sabía le'^.r y dos que escu- 
chaban eso, fué todo lo que en materia de expo- 
sición de opiniones, programa, plataforma y propó- 
sitos "aprendieron" en vísperas electorales... 



— Dice el doctor Equino que lueguito vaya po 
aya. 

Visitación levantó la cabeza y divisó en lo alto 
de la tapia a Cleto, uno de los numerosos hijos de 
doña Mamerta, la pastelera. 

— ¿Y pa qué? 

Cleto quiso contestar algo, pero un fuerte ac- 
ceso de tos lo sacudió todo, amoratándole la hin- 
chada carita e inyectando en sangre sus grandes 
ojazos negros. Para "resollar" se sentó. Las pier- 
nitas desnudas se confundían con el color de la ta- 
pia. Un pedazo de pantalón ceñido a la cintura 
por varias vueltas de piolín, y restos de algo que 
había sido camiseta constituían toda su vestimenta, 



^ 



VISPBRAS BLSCTORALSS Tí 

que hacía aún más lamentable la flacura de su cuer- 
pecito moreno. 

— No sé — dijo por fin, aludiendo a la anterior 
pregunta, y luego, sin transición, con voz monótona, 
en la que había un leve canturreo, comenzó un triste 
relato, interrumpido por breves silencios que ha- 
cían aún más amarga la melopea: 

• — La Rosarito murió anoche, la estaban velando,.. 
Don Toribio dio dos pesos "pa lutos" . . . don Pan- 
cho mandó un paquete e velas. La Lucerito seguía 
mal no más ... la médica le había dado "cocimien- 
to de tres hojas de Peje pa la fiebre" y "yerba e 
sapo con aceite e comer aplicao a los sentios, pa 
confortativo de aire" ... El dotor Equino había di- 
cho que estaba bien . . . pero don Marco vido la 
mixtura y le dijo a Zoilo que "esto ayudaba a sa- 
nar o a morir más ligero". . . A Epifanio, el boye- 
rito de lo de Luque, lo habían mandao a las casas, 
porque estaba con chuchos. . . y la vieja Pancha no 
tenía ni pa remedios . . . Sandalio ha vuelto de Pozo 
del Molle porque naides pensaba entuavía cortar 
trigo ... y don Toribio Veleta lo iba a conchabar 
pa la corta de alfa si se apalabraiba con él pa las 
elecciones" ... \ 

Cleto sentóse a horcajadas sobre i la tapia, y al 
rato, como no pudiendo guardar mi^s un secreto, 
dijo por lo bajo: 

— Timoteo llega hoy. 

Visitación dejó de raspar la tripa para escuchar 
mejor. . . 



78 Tierra adentro 

— El dotor Equino jué quien lo )iizo largar; asi- 
na lo acompaña pa la votación, y el doctor Lince 
le dijo a mama que si Zoilo se compromete con él, 
le hace vender tuitas las empanadas el domingo 
en su comité. Mama dijo que bueno, pero Zoilo 
dice qu'el dotor Equino se nos va a enojar. . . 

La preocupación más honda que podía expresar 
una carita de nueve años estaba pintada en el sem- 
blante de Cleto: ¿cómo se las arreglaríaiíA para con- 
formar al doctor Equino, quedar bien con el doctor 
Lince y hacerse de unos pesos con la venta de em- 
panadas, que buena falta les hacían ! . . . \ 

— Don Visitación, déme un peazo e "ocote" pa 
asarlo — imploró el chico. 

Visitación miró a su alrededor, y viendo el pa- 
tio vacío dio un tajo a la interminable tripa, seccio- 
nando un trozo de intestino grueso (ocote) y se lo 
tiró a Cleto, quien de pie sobre la tapia lo cogió 
al vuelo. Y en el ágil movimiento de esta silueta 
recortándose nítida sobre el cielo, hubo un gesto de 
gato hambriento . . . 



— ¿Qué me querrá el dotor? 

— En tiempo e elecciones, el más desgraciao con 
libreta vale algo — le contestó don Marco, con quien 
había topado en una esquina. 

¡Y lo más lamentable era que los criollos, tenien- 
da la convicción de que se los buscaba y apremia- 



vísperas electorales - 79 

ba por este "algo" tan valioso, lo entregaran con 
tanta facilidad e inconsciencia! 

Carteles de propaganda, pegados de trecho en tre- 
cho, daban al pueblo una nota novedosa. Ante uno 
más grande y mejor impreso que los otros, un grupo 
escuchaba la lectura que con voz bien timbrada y 
fuerte tonada cordobesa hacía un joven colono, muy 
alto y teniendo en los ojos algo de vidente. . . Ze- 
nón Almada, desde su cabalgadura, en sostenida 
atención, no perdía palabra . . . Don Marco, de vez 
en cuando, aprobaba con un "¡y tienen razón, ca- 
nejo !" 

Visitación, preocupado por comer el "asao" en 
todos los comités, "comediéndose" para hacerlo, ave- 
riguó: "¿Y "ésos" ande dan?" 

Zenón, impresionado, contestóle : "No dan nada ; 
dicen que cada uno tiene que tener concencia" . . . 

— "¿Concencia? ¿Y esto con qué pan se c6me?" 
— exclamó Visitación, y f uéese . . . 

Don Marco suspiró ... 



— ¡ Che, Visitación ! — La voz del "dotor" Equino 

sonó con la desagradable aspereza de una bisagra 

herrumbrosa. 

' — Mande, señor. 

Y en un rincón del comité, el "dotor" y Visita- 
ción tuvieron un misterioso aparte. Equino, con el 



80 TIERRA ADENTRO 

sombrero bien echado sobre los ojos, y Visitación 
con el fragmento del suyo en la mano: 



— Lo que usted mande, señor. 

• • • 

— Asina será, señor. 

— Quedará conforme, señor. 



— No dejaré ni uno, señor. 

El "dotor" entregó unos pesos a Visitación: "Lo 
demás, mañana, si cumplís". 
— Muchas gracias, señor. 

* ♦ * 

Plenilunio, ni una nube, una noche tibia y tran- 
quila . 

Los murciélagos, dejando sus refugios diurnos, 
sin el más leve ruido, iniciaban su zigzagueada per- 
secución de los mosquitos. 

A lo lejos, un lechuzón lanzó su horrible chi- 
llido : ¡ Chuitt ! . . . 

La hembra, inmóvil sobre el alero de un rancho, 
contestó : "cuuitt !, cu-u-uitt ! . . . 

Entablado el amoroso diálogo, el macho se fué 
acercando en vuelo bajo y chilló de nuevo; la hem- 
bra contestó . . . hasta que en el alero o en la mu- 
llida alfombra de un alfalfar cercano los dos gritos 






O- 



VISPRRAS ELECTORALES 81 

se fundieron en un trágico arrullo, para "ellos" se- 
guramente "todo suavidad" . . . 

Los perros, despertando, aullaron. 

"¡Cruz diablo!", murmuró Visitación María Tel- 
njo, saliendo de su rancho con un tarrito en la mano 
y encaminándose hacia el pueblo. 

Las calles, con las últimas lluvias, estaban hechas 
un lodazal. En los charcos, manchones de algas so- 
brenadaban contorneadas por burbujas de aire, y mi- 
les de larvas de mosquitos y renacuajos pululaban 
en el agua corrompida. Los sapos, que en las horas 
de sol tomaban en la sombra la inmóvil actitud de 
un apretapapel, prorrumpían a esa hora en un coro 
interminable. 

Al paso de Telmo se zambulleron rápidamente, 
y del limo removido desprendióse fetidez. 

Con la estación lluviosa, el tiempo caluroso, la 
suciedad de las calles, que el viento — único barren- 
dero — no podía limpiar, habíase abatido sobre el 
pueblo una plaga de enfermedades, que encontrando 
campo propicio en los ranchos, hacía allí estragos. 

Los techos de paja y barro, resecos por la sequía, 
habían dejado libre paso a la lluvia. Más de una 
pared de adobe se había venido al suelo ; el barro 
fresco de la "reconstrucción" aumentaba la hume- 
dad, y allí yacían, afiebrados, consumiéndose, sin 
defensa, sin socorro, sin ayuda, abandonados a su 
suerte, resignados... resignados como siempre, mu- 
chos "ciudadanos" argentinos ... 

Desde la plaza, la iglesia, bien construida de la- 



•f- 



82 TIERRA ADENTRO 

drillos y cal, proyectaba su sombra enorme sobre el 
mísero pueblo dormido. . . 



Los manifiestos electorales destacaban su blan- 
cura sobre las paredes sin revocar. Visitación los 
miró un rato. Una profunda perplejidad se pintó 
en su rostro ; luego, en un súbito arranque de dé-' 
cisión, metió la mano en el tarro, la sacó chorrean- 
do alquitrán, y embadurnó con ella desde el primero 
hasta el último papel impreso ! No perdonó ni uno 
solo! Ni siquiera a las hojitas que contenían ins- 
trucciones preventivas contra el mal reinante. . . 



Al día siguiente, cuando el tren de la mañana de- 
jaba en el andén de una perdida estación de la re- 
pública la jubilosa noticia de la paz gloriosa, co- 
ronando el más desesperado esfuerzo, el más heroico 
sacrificio, Visitación María Telmo, ajeno al cla- 
moreo de la gente que voceaba la grata nueva, ante 
la risa de muchos, la indignación de algunos y la 
pena de unos pocos . . . tendía su mano manchada 
de alquitrán, y explicaba: 

— El dotor Equino me había dicho que le empor- 
cara los papeles de los otros. . . y bueno. . . yo fui... 
y yo no sé leer ... y me dientró miedo ... y por no 
"emblecarle" alguno d'él, los "emblequé" tuito§, 
pues ! . . . 







PEDRO URDIMALES 



LA pavita de Pedro Urdimales, la qu'el decía que 
hervía sin juego, nos haría falta hoy! — dijo 
don Marco, arrimando por centésima vez al fogón 
unas ramitas, que por estar mojadas, daban más 
humo que llama. 

— ¡ Cuente, tata ! — exclamó Pancho, el menor 
de sus hijos, boyerito todo el año y "rej untador" 
de maíz cuando llegaba la estación. 

— ¡ Cuente ! — repitió, levantándose de sobre unas 
"pilchas" y sentándose en cuclillas cerca del fuego, 

— ¿Y no era que dormías, muchacho? 

— ¡Pa dir a juntar leña, dejuro que dormía! — 
replicó el negro Visitación María Telmo, surgien- 
do de entre la sombra con una brazada de ramas y 
dejándolas caer junto al fogón. 

— No sea que se lo juera a llevar el Lobisón. . . 
— terminó, riendo. 



84 TIERRA ADENTRO^ 

— O se lo metiera en la bolsa Pedro Urdimales — 
chichoneó el padre. 

— ¡ Cuente, tata ! — suplicó el chico, sin hacer 
caso de las burlas ; y como a su ruego se uniera el 
pedido de otros j untadores de maíz, que acudían 
al fogón de don Marco, no porque el mate fuera 
allí más dulce, sino porque dulce les era su amistad, 
siempre pronta a consolar con algún dicho y traer 
el olvido con algún cuento, don Marco comenzaba 
sin hacerse rogar mucho, seguro del interés de su 
relato, que variaba siempre, y halagado por la sos- 
tenida atención de sus oyentes. 

Este año, como desde hacía muchos años, don 
Marco había levantado su rancho no lejos del mai- 
zal, a la orilla del monte. Un gran algarrobo le 
daba reparo contra el viento sur, y unos "talitas" 
bajos no le quitaban el solcito de la tarde. 

— Hago mi rancho mirando pal norte, como la 
caserita (i), ¡animalito de Dios, sabe mejor qu'el 
cristiano lo qui hace ! . . . 

Lloviznaba, hacía frío; las nubes, muy bajas, pa- 
recían rozar la copa de los árboles allá en la loma. 
Oscurecía. El monte estaba silencioso, y apenas si 
al impulso de alguna aislada ráfaga de viento ge- 
mían las ramas, y suavemente, antes de llegar a 
tierra, revoloteaban las diminutas hojitas de los al- 
garrobos, cayendo también ellas como fina llovizna. 

Los pájaros cantores habían huido al norte; el 



(i) Hornero. 



«í- 



^ 



PEDRO URDIMALBS 85 

k 

corazón del monte dormía ... y tan sólo en sus ori- 
llas, cerca de los maizales, bandadas de alborota- 
doras urracas desgarraban la calma con sus gritos. 

Algún zorro, aguijoneado por el hambre, dejando 
su guarida, deslizábase como una sombra por entre 
los árboles, y al llegar a un claro, después de espiar 
con fingida indiferencia los alrededores, con su tro- 
tecito siempre igual tomaba a campo traviesa. 

La verde pelusa del trigo que nacía daba una 
suave nota de color en aquel conjunto gris extra- 
ñamente manchado a trechos por el amarillo des- 
teñido de lt?s maizales secos, a cuya vera surgía el 
rojo ladrillo y el oro de las trojes. 

La llovizna, que desde hacía días había interrum- 
pido la recolección del maíz, atormentaba a los j un- 
tadores — hombres, mujeres y niños — con su per- 
sistencia y frío. 

Mal abrigados, diseminados aquí y allá: contra 
una parva, debajo de algún carro, en un galpón — 
cuando lo había y el dueño lo permitía, — juntado- 
res de toda nuestra "rica" zona maicera buscan 
en los malos días un "reparo". 

Antes de la guerra, la chapa de cinc zanjaba fá- 
cilmente las dificultades surgidas a raíz de algún 
humilde pedido de alojamiento; humilde... porque 
en las costumbres del campo se habla de salario, 
pero de alojamiento, ¡jamás! 

Hoy la chapa de cinc es un artículo de lujo; no 
abunda ... y los j untadores de maíz, tiritando más 



86 TIERRA ADENTRO 

que nunca bajo la lluvia y el frío, dan un amargo 
desmentido a la tan decantada salud del campo. 

En los días "fieros", la pavita canturrea sin ce- 
sar; la chupada hirviente engaña el frío, como el 
mate amargo trata de engañar el hambre ... el azú- 
car queda para tiempos mejores... Y grandes y 
pequeños, muy a pesar suyo, terminan por adquirir 
la firme convicción de que el azúcar "trai lombri- 
ces", de que la "mucha" galleta "empacha", de que 
la carne es irremediablemente cara, de que a la 
grasa le pasa otro tanto, y de que la mazamorra 
con agua es "tuito lo qui'hay de mejorcito pa ^a 
salú"... 

En los largos días lluviosos, y en los crepúsculos 
tristes, toda la vida se reconcentra alrededor de un 
pobre fueguito de ramitas y yuyos secos, a menos 
>que algún monte esté cerca ; entonces, buenos tro- 
zos de leña con su calor y su alegre llama recon- 
fortan y animan los grupos casi siempre tacitur- 
nos . . . 

A veces, el apagado rasgueo de una guitarra, sub- 
rayando la tristeza, se extingue en la sombra, sin 
que ninguna voz eleve su canto. 

Pero la llama se hace más luminosa, el calor más 
suave, los rostros inmóviles sonríen, y resuenan las 
carcajadas, cuando el relato picarezco de algún cuen- 
to hace surgir de la noche la fantástica visión de 
hombres, hechos y cosas. Y los cuentos pasan de 
año en año, de fogón a fogón ; y de todos los cuen- 
tos, el cuento de Urdimales "es el mejor", porque 



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PEDRO URDIMALES 87 

— - ' ' ' -~ '- ....... — . • — — • ■ X. 

en él los oyentes se reconocen muchas veces ... y 
porque el cuento de Pedro Urdimales, agrandán- 
dose siempre, no concluye nunca . . . 



— Bueno, pues, eso jué pa antes de venir nuestro 
señor Jesú Cristo por estos pagos. . . — comenzó don 
Marco. — Vivía no sé si por estos laos, o si por allá 
por la sierra, un tal don Pedro, que por cortar 
grandezas cuando ^no podía, se vino a menos, y en 
viniéndose a menos y no queriendo trabajar muy 
mucho, pero sí pasarlo bien, más de una "maraña" 
tuvo qui hacer ... y porque mucha maraña urdió, 
pues por eso mesmo, por más señas, le pusieron Ur- 
dimales ... Y don Pedro Urdimales, con su rastra, 
las más de las veces vacía, y montao en su tostao 
"antes muerto que cansao", pasaba muchos días en 
las pulperías y muy poquitos por las chacras. 

Un día, jugando al "monte" con uno más tram- 
poso que él, perdió la plata, la rastra, el flete y . . . 
se quedó sin un cobre y de a pie. 

Viéndose tan pobre, se jué pa lo de un'^chacarero 
rico, buen pagador, ¡pero más porfiao que burro 
pateador por hacer andar derecho a la pionada! Y 
las más de las veces porfiaba al ñudo, porque de 
nada vale amarrar las ramitas del sauce, ni a un 
post'e quebracho ! ¡ si encuantito las desamarra^, se 
te dueblan lo mesmito qui antes ! . . . 



/ 



88 TIERRA ADENTRO 

Bueno, pues ; se jué pa la chacra y le dijo al cha- 
carero : 

— Conchábeme, don; pa lo que mande sirvo. 

— ¡ No tie cíe dar trabajo, que más que maraña 
no sabes hacer ! . . . * 

— Créa-me, don, qui ando en la mala, y más arri- 
pentido que pecador en viernes santo. ¡Conchá- 
beme, don, asi juera por medio sueldo! 

— Bueno, te conchabo, pero mira, Pedro, cuidao, 
Pedro, diandar derechito en el trabajo, que si no 
en seguidita no más te largas diaquí. 

— Pierda cuidao, patrón, y mande no más. 

— ¿Ves aqueya yunta e guayes? Bueno, pues, 
mañana bien de mañanita los uncís al arao y me 
aras aquel campito. Pero mira, Pedro, cuidao, Pe- 
dro, diandar derecho, que si no. . . 

— Derecho e dir patrón, pierda cuidao nomá... 

El gallo canta antes de salir el sol ; pues antes de 
que cantara el gallo, ya se levantó Pedro, unció 
los güeyes y salió arando por la esquina del cam- 
pito derecho no más ... 

Y siguió derecho . . . encontró un chañar, lo vol- 
teó y siguió derecho . . . dio con un alambrao, lo cor- 
tó y siguió derecho . . . dio con un rancho, se lo 
llevó por delante y siguió derecho... dio con un 
pozo, y ya iba a seguir derecho nomá, cuando vio 
venir al patrón a todo lo que daba el flete: 

— ¡ Animal ! ¡ caballo ! j bruto ! ¡ Malhaya el día 
que te conchabé! ¡Hijo el diablo! 



M 



\ 



PEDRO URDIMALES 89 

• 

— ¡No me ofienda don! ¿Y por qué s'enoja? Si 
estoy arando ... 

— ¡ Si este campo no es mío ! ¡ Si has cortao 
alambrao ajeno! ¡Si has boltiao el rancho de misia 
Encarnación, quies más mala q'el caburé y me va 
buscar más enriedos que la zorra en el convite e 
la Chuña! ¡Anda pa casa, desuncí los güeyes y 
lárgate! Ya te he dicho que conmigo había que 
andar derecho. ¡Bien ti han puesto, por más señas, 
Urdimales ! 

— ¡ Derecho i e andao, pues ! ¡ Qué tanto ! . . . 

— ^¡ Jué ! — exclamó Pancho, revolcándose de ri- 
sa, mientras Visitación, sonriendo, gozaba la bue- 
na jugada de Urdimales. Y Zenón Almada, entre 
socarrón y entristecido, le decía a don Marco : "Eso 
debe ser di hace mucho . . . porque lo qu'es ahora 
si corta el alambrao ahí nomás . . ¡ no sigue el cuen- 
to!" 

— ^Y Pedro — continuó don Marco se jué más 
pobre qui antes, porque dientró sin hambre, y por 
el trabajo salió hambriento... 

Se jué pa lo de un colono que criaba chanchos, 
y le pidió trabajo. 

— ¡No hay! 

— ¡ Pa lo que mande, don ! 

— ¡ No hay, te digo ! 

— ¡Por medio sueldo, don! -^ 

— ¡ Ni por la mita de medio ! 

— ¡Por la comida nomá, don! Mire que no he 
comido. ¡Conchábeme sin sueldo, don! 






90 TIERRA ADENTRO 



— Bueno, ¿sabís cuidar chanchos? 
— No patrón, no ie cuidao nunca. 
— Es lo más fácil. 
— ^Ansina será, patrón. 
— ^Apriendé como te digo. 
— Usté dirá, patrón. 

— Por la mañanita, en cuanto asome el sol, los 
sacas del chiquero, los dejas pastorear y cuidas que 
no se te pierdan en el monte. 

— Ta bien, patrón. 

— Después los dejas meterse en la laguna todo el 
rato que quieran. 

— Ansina nomá será, patrón. 

— -'Cuando una marrana tenga cría, me avisas. 

— Pierda cuidao, patrón. 

— Aqueya marrana tuvo cría ayer, sacó once, 
aplastó cuatro, se comió uno, le quedan sei. 

— Ansina es, patrón. 

-T— No me los andes molestando cuando se metan 
en la laguna ; déjalos nomás en el barro, qu'el chan- 
cho mejor se cuida solo. 

En cuanto el patrón se jué, Urdimales cazó un 
lechoncito, lo degolló, lo asó y se lo comió. 
— ¿Tuito el lechoncito, tata? 

— ¡Tuito, hijo, menos la colita; la colita la en- 
terró en el barro e la laguna, dejando asomar nomá 
que la puntita. 

Tuitos los días jué matando un lechoncito, asán- 
dolo, comiéndoselo, mateando, siesteando, y ente- 



PEDRO URDIMALES 91 

rrando la colita en la laguna y dejando asomar 
nomá que la puntita ... 

A la vuelta de la semana, cuando Pedro porfiaba 
por cinchar el cinturón, que le iba quedando chi- ^ 
co, . . , se le apareció el patrón . 

— ¿Qué tal los chanchos? 

— ¡ Bienazo nomá ! Metiditos en el barro hasta 
la colita. 

— ¡ Sácalos di'ay ! 

— ¡ No, patrón ! No los moleste, qu'eK chancho 
mejor se cuida solo. 

El patrón desm^ontó, jué a sacar los chanchitos 
de la laguna, tirando de la cola, ¡y el rabito se le 
quedó en la mano! 

— ¡ Malaya ! — gritó Pedro ; — eso es cosa e 
Mandinga; no ve, ¡si se los ha tragao la tierra! 
Dispare, patrón, no sea que tras el rabo salga el 
Malo. ¡ Dispare ! 

¿Pero pa dónde iba a disparar el patrón, si, cie- 
go de rabia, ni daba con su pingo, porque Urdi- 
males, de paso que gritaba, se había alzado con la 
proveduría de mate y azúcar de la semana — sin 
olvidar la pavita — y salía en el mismo tordillo del 
patrón, como alma que se lleva el diablo, meta re- 
bencazo, hasta perderse en el monte! 



— Un lechoncito asao no es de despreciar — dijo 
Visitación María Telmo, calculando tal vez el tieni- 



92 TIERRA ADENTRO 

po que aun faltaba para el hoy día hasta proble- 
mático asado electoral . . . 

— Lechoncito asao . . . mama lo adoba con un ga- 
jito'e romero y otro'e tomillo. . .. ¡Cha, digo, si tie- 
ne rico olor! — rememoró melancólicamente Pan- 
cho. . . 

— ¡ Gáyate, muchacho ! — interrumpió Visitación ; — 
se li hace a uno agua la boca y da tentación. . . ¡Si 
no juera por los perros que torean... y se arme 
un alboroto — murmuró entre dientes. 

— ^Así lo iba arreglar hoy la polecía a ese Urdi- 
males — dijo Zenón, teniendo siempre presente la 
"autoridá" . 

— ¡ Uy ! ¡Si antes también ! El patrón dio parte, 
¡ y cómo no ! y ofreció premio a quien lo prendiera, 
y salió la orden pa todos laos. ¡ Pero qué ! . . . pasó 
el tiempo y se olvidó el asunto ; bueno que el patrón 
no lo olvidó, y de seis lechoncitos hizo una piara'e 
chanchos ! 

* * * 

Un día que Urdimales le andaba huyendo al co- 
misario y al juez de paz, por una maraña que les 
había hecho ... 

— ¡ Mamita ! ¡ Que la santísima virgen lo prote- 
ja! ¡Mira que meterse con los dos! — exclamó Vi- 
sitación, aterrorizado, 

— ¿Y qué les había hecho, tata? 

— Otro día será. Hoy sigo contando lo deste lao. 



PEDRO URDIMALES 98 

Bueno, pues, un día, como iba diciendo, al caer 
la tardecita, Urdimales desmontó cerca di un arro- 
yo, hizo un fueguito, sacó agua y se puso a matear. 
Estaba en eso cuando, ahí nomás, en la güelta del 
camino se le aparece montao en una malacara el cu- 
ra'el pago, ese ganaplata a gritos y más agarrao a 
su plata que sarna a l'oveja. . . 

Dende lejos lo conoció a Urdimales, y se dijo: 
¡jem! esta es la mía. Urdimales se-'hizo como que 
no lo veía, y ligerito nomás tapó las brasas con 
arena, y tomando su talero, se puso a chicotear la 
pavita y decir ligerito: 

"Pavita : por la virtú que tenes, herví, si querés". 
^ El cura lo vio, y ya se le jué arrimando más apu- 
rao. Pedro no le hacía caso: seguía castigando y 
cantando : 

"Pavita : por la virtú que tenes ..." 

— Buenas tardes, Pedro . 

— Perdone, padre; no lo había visto. "Pavita: 
por la virtú que tenes — disculpe padre, qu'estoy 
apurao — herví, si querés" ... 

— ¿Qué andas haciendo, Pedro? 

— ^Ya me ve, padre: haciendo hervir la pavita 
pa matear. ¿No se apea, padre?; con su licencia, 
padre; que hoy anda lerda la pavita. Pavita: por 
la virtú que tenes ... y siguió pegando . 

— No embromes, Pedro ; ¿ y cómo va a hervir sin 
juego tu pavita? 

— 'Por la virtú que le dio la providencia, padre. 

— No mientas, Pedro : mira qu'es pecao mentir . . . 



!)4 TIERRA ADENTRO 

— No dude de la providencia, padre, mire qu'es 
pecao mayor . . . 

— ¡ Sin fuego no hierve ! 

— Padre: ¿y no dice usté en el sermón que la pro- 
videncia todo lo puede ; pues la providencia hace 
que sin juego hierva mi pavita: ¡pavita, herví! 

Con el calor de las brasas escondidas en la are- 
na, claro, pues, la pavita empezó a cantar. 

— ¿No ve, padre? 

— Che, Pedro ... 

— Mande, padre? 

— Véndeme la pavita . 

— No puedo, padre. 

— ¡ Véndemela, che ! 

— Es lo único que tengo, padre, no puedo. 

— Por diez pesos véndemela, Pedro! 

— No, padre. 

— Por cincuenta, véndemela ! 

— Más vale la virtú. 

— Por cien, véndemela, Pedro ! I 

— La providencia no se vende, padre 

— Por doscientos pesos, véndemela, Pedro ! ! ! 

— ¡ Ay i padre, que me roba ! Tome la pavita y 
que se le conserve la virtú. 

El cura le dio los doscientos !, Pedro le entregó 
la pavita, y cuando ya el padre se iba apurado con 
su pavita, Pedro lo llamó. 

— Oiga, padre. 

— ¡La pavita es mía! Te la he pagao, ¡malaya 
que no te hice firmar un papel ! 



PEDRO URDIMALES s 95 

— No, padre, — ¡vaya si había sido desconfiao! — 
lo que yo quería decirle era, que no se olvide de 
cantar bien clarito hasta que la pavita hierva: pa- 
vita por la . . . 

— ¡ Sí, ya sé ! Bueno, adiós . 

— No se vaya tan apurao, padre, oiga. 

— Se me hace tarde, habla, que el monte de no- 
che ... ' 

— Había sido miedoso el padre; ¿y no era que lo 
protege la virtú? Bueno, oiga, se me había olvi- 
dao de decirle que la pavita pa hervir necesita que 
la castiguen con este rebenque mío, sino no quiere 
hervir. 

— Trae pa cá el rebenque ! 

— ^No, padre; ¿y yo con qué me quedo? 

— Maldito sea . . . 

— ^No jure, padre, qu'es pecao. 

— Toma mi rebenque que tiene cabo e plata, y 
dame el tuyo. 

— Como no, padre, con mucho gusto, aquí lo tie- 
ne, padre; y ya sabe, si castigando se le gasta la 
lonja, cambíesela nomás con confianza, que la virtú 
está en el cabo. 

El cura, en el patio de su casa, se puso dale que 
te dale cantar : "pavita por la virtú que tenes", y 
chicotear. Chicoteó y cantó hasta caer redondo de 
rabia, y la pavita no hirvió ! 

— ¡ Señor obispo ! — gritaba — señor obispo ! hága- 
me una mersé, haga excomulgar a Pedro Urdima- 
les, que me robó! 



. ' ■ ■■-■'^'' 



96 TIERRA ADENTRO 

Y tanto gritó el cura, que el señor obispo lo oyó, 
y como ya mucha queja le había llegao de Urdima- 
les, le mandó decir al Santo Padre, que le pedía que 
por favor excomulgara a Pedro Urdimales. 

El Santo Padre en seguida nomá lo iba a apun- 
tar en la libreta de los que han de dir al infierno, 
cuando nuestro Señor Jesú Cristo, que está sentao 
a su derecha lo vido y le dijo: "No lo apunte padre, 
que Pedro Urdimales por más malo que sea alguna 
virtú ha de tener; déjeme dir a verlo, que si un 
flete no se compra sin probarlo, no sia de perder 
un cristiano por lo qu'el mesmo señor obispo diga, 
como que más di una vuelta si ha sabio equivocar". 

— Bueno — dijo — te doy licencia; anda nomá. 

Y entonce Jesú Cristo lo llamó a San Pedro y le 
dijo: "Pedro, deja las llaves colgadas de un clavo, 
no sea que hagan falta cuando no estés, y venite 
conmigo. 

Jesú se puso un poncho y otro se puso Pedro, 
porque, como hoy, hacía frío, y en un caballo to- 
biano y en otro alazán se vinieron por estos pa- 
gos, y por conocerlo a Urdimales lo conchabaron 
de peón . . . 

— Jesú se vino por aquí, tata? 

— Se vino, hijo. 

— Tenía barba rubia, ¿no tata? 

— Sí, dicen qu'era gringo . 



o 



PEDRO URDIMALES EN EL CIELO 



QUE a Visitación María Telmo no lo molesta- 
ban las vizcachas, era cosa fácil de compro- 
bar. Bastaba vedo junto a la maquinal cargada da 
azufre, cuyo íuelle debía manejar después de ta- 
par las innumerables bocas, meno^ una, que forman 
un vizcacheral. 

Remoloneaba imperturbable ante la impaciencia 
de Zenón Almada, cuyo afán de destrucción no 
comprendía, expresando invariablemente sji discon- 
formidad en un monótono rezongo: 

— ^¿A qué ti amólas tanto, Zenón?... si siempre 
hubo vizcachas, y pa más ... ¡ total, el campo no 
es tuyo ! . . . 

— ¿Y si juera mío? ^.^^ 

— Y. . . entonces entuavia. . . pero mira, mejor 
es como hace don Marco. . . 

— ¿Qué, las mata con los perros? 

— ¡No, hombre, qué las va a matar! Hace lo 
mesmo que con las hormigas . . . porque mira, las 
hormigas, está de Dios que sean muchas... por 



98 TIERRA ADENTRO 

eso mesmo, más las matas, más salen . . . Bueno, 
entonces, no sabes lo qui hizo don Marco pa que 
le dejaran en paz los brotes de la papa dulce? 

— ^¿Qué hizo? 
; — i Les dio de comer, pues ! . . . cortó yerbas tier- 
necitas del monte, y las puso tuito en rededor el 
sembrao e la papa dulce... 

— j Déjate de cuentos, y dale al fuelle, que se 
nos apaga el juego — replicó Zenón ajustan do el ca- 
ño con barro fresco y conteniendo a duras penas 
la carcajada. — ¡ Miren que dar de comer a las hor- 
migas!. . . Cosa de Don Marco debía ser. . . 

Como Visitación no se decidía a dejar la posi- 
ción de descanso que había adoptado echándose a 
medias a la orilla del monte, Almada hizo girar la 
manivela del fuelle, y en seguida la brisa levantó 
sofocantes bocanadas de azufre. 

— ¡ Puá ! Más peste es tu zahumerio qu'el mal 
qui hacen las vizcachas — exclamó Visitación levan- 
tándose seguramente para buscar un lugar que es- 
tuviera más contra el viento. Pero inmediatamente 
su atención fué requerida por un ligero roce en los 
altos pastos : "Che, Zenón ! . . , para que por ahí an- 
da una iguana" — murmuró alzando una pala y escu- 
rriéndose como un zorro por entre los espinosos 
churquis. Zenón no le hizo caso y la manivela si- 
guió girando. No habían pasado poquísimos minu- 
tos cuando a unos golpes de pala, siguió un grito 
triunfal : "¡ Se mes-capó, ¡ caray !, pero le rebané 
la cola!"... Y Visitación María Telmo, surgió de 



PEDRO VRDIMALES EN EL CIELO 99 

_ 

los churquis, "reboleando" por la punta una gruesa 
cola de iguana . . . 

— ¡Si sos maula! Mira que dejarla escapar!... 
Y por lo grande debía ser la que se va llevando los 
pollos de la guáyra ! . . . — le gritó Pancho el boye- 
ro, saliendo del monte en su caballito. 

Visitación, sin hacer caso del reproche, palpó la 
cola, la encontró "buena", y en seguida, "pelando" 
su enorme facón, comenzó a desollarla. 

— Y. . . si es la de los pollos, no te aflijas. . . que 
pa más señas, la dejé rabona pa largo rato... 

Pancho, ante la perspectiva del "asao", desmon- 
tó y fué a tomar, junto a Zenón, el lugar de Telmo. 

La tarde otoñal declinaba pausadamente. Hacia 
un cielo incoloro subía una leve bruma. Tras la 
curva del monte, se oían las voces de los aradores 
que daban la última vuelta. Lejos, junto al pozo 
de la chacra, la mancha roja del traje de Chiqui- 
na, — la rubia hija de Giuseppe, — como una ama- 
pola, surgiendo de la negra tierra, se dibujó un ins- 
tante y desapareció en seguida. . . Zenón, fijos los 
ojos, la siguió mirando... 

— ¡ Buenas tardes ! . . . Che, Zenón, guarda brasa 
pal asao ! — exclamó una conocida voz, y don Mar- 
co, surgiendo del monte como por encanto, ha- 
ciéndose el que no había visto nada... dejó caer 
pesadamente el hacha que llevaba al hombro. En 
seguida, desatando su pañuelo de cuadros blan- 
cos y azules, puso de lado la yerba y alargó un ta- 
rrito a Visitación: "Toma pal asao, sal y pimienta, 



100 TiBRkA ADENTltO 

mira, ni que se te hubieran cáido del cielo . . . como 
las virtudes de Tata Dios pa don Pedro Urdima- 
les ! . . . 

A la sola mención del nombre, tres rostros de ex- 
presión tan distinta se tendieron en un mismo mo- 
vimiento de interés hacia don Marco. 

Visitación Maria Telmo no cabía en sí de gozo: 
ya oía chirriar la cola de iguana, bien salpimen- 
tada, sobre las brasas, mientras don Marco, para 
retribuir atenciones, continuaría su relato. 

En cuanto a Zenón y Pancho, casi como Visita- 
ción, "pregustaban" la blanquísima carne de iguana, 
con sabor a pescado, y esperaban ansiosos ver resur- 
gir la curiosa figura de Urdimales. 

La máquina de matar vizcachas cedió todas sus 
brasas para el fogón. Y al reparo de un alga- 
rrobo, alegres lengüetas de fuego pronto hicieron 
cantar ía inseparable pavita; en un suave rescol- 
do, bajo la vigilante mirada de Visitación María 
Telmo, fué asándose — sobre la pala — el ines- 
perado manjar, mientras don Marco, con voz pau- 
sada, seguro siempre de la atención de sus oyentes, 
retomó el hilo de su historia . . . 

♦ ♦ ♦ 

— Y sí, pues . . . como ya les había dicho, nuestro 
señor Jesú Cristo se vino por estos pagos, trayendo 
por compañero al bendito de San Pedro, que más 
orgulloso q'el amo pasaba por el patrón; y reci- 



-■^^' 



PEDRO ÜRDIMALSS Btf EL CIELO 101 

hiendo las gracias por las mercedes qui hacían, y 
a escondidas de Jesú, iha llenando sus alforjas... 

Ansina, hoy mesmo, más di una güelta suele 
acontecer : . . . uno hace los milagros ... y pa otro 
es el provecho! 

Jesú se hacía el distraído . . . porque una cosa es 
qui'a uno lo engañen a sabiendas y otra. . . que lo 
tomen por zonzo. . . 

San Pedro, por disculparse, decía que a zorro dor- 
mido no li amanece gallina en la panza ... y tal vez 
nomá tuviera razón. 

Pronto corrió la voz de los milagros que iban 
haciendo los dos forasteros. Curaban l'hacienda y 
dejaban los remedios: sahumerio de bosta pal mo- 
quillo . . . Cerda de la cola del mesmo animal, anu- 
dada en la pata izquierda, pa renguera de la mano 
derecha... Dos pajitas en cruz y las palabras, pa 
l'animal agusanao . . . Hilo colorao en l'oreja, pal 
mal de orín. . . Pa la sarna no dejaron remedio. . . 

— ¿Y pal empaste? — inquirió el boyerito, muy 
interesado. 

— ¡Y díande, has visto bos empaste en tiempo e 
Jesú ! Naides sembraba alf a . . . No había más ha- 
cienda que la criolla : juerte y f lacaza, ... y con 
cada guampa que daba gusto verla por lo brava! 

— ^¡Ah! — exclamó Pancho desencantado, recor- 
dando con mal disimulado orgullo al toro mocho, 
famoso en la región . . . 

— ^También iba curando cristianos y resucitan-^ 
do muertos, como cuenta el padre en el sermón. 



102 TIERRA ADENTRO 

Pero según me contó mi agüela, el Lázaro aquel. . . 
de apelativo Llerena, había trabajado en el campo 
de su padre. . . y sabia darse cada tranca de chi- 
cha, que lo dejaba "como" muerto!... Y ansina 
nomá debía di haber sido . . . pues una cosa es es- 
tar dijunto y otra parecerlo... 

Cruzando campo, Nuestro Señor a cada yerba le 
iba dando su virtú, y si paraba en algún rancho, 
en las noches de luna, pa agradecer la hospitalidá, 
enseñaba a las viejecitas los remedios que con las 
tales yerbas habían de hacer pa curar tantos males. 
Y ¡válgame Dios! que los tales remedios, de fijo 
una virtú tenían : de tan baratos qui eran no costa- 
ban ni medio, y lo mesmito que los tan caros de las 
boticas di hoy, ayudaban a sanar o a morir más li- 
gero. Dejó la yerba Santa Lucía, la de la florcita 
morada, pa l'enfermedad de los ojos. La malva 
del campo, pa lavar las heridas. Cocimientos de 
tres raices de yerba del pollo pa Tindigestión de 
asao gordo ... 

— ; Indigestión de asao gordo ? — masculló Visita- 
ción María Telmo, urgando las brasas — lo que es 
por mí . . . ya podría secarse la tal yerba del pollo, 
desde hace años, no tuve más indigestión que la de 
sandia ! . . . 

— Y quién sabe nomá si jué la sandia... o el 
susto... — burlón susurró Pancho, rehaciendo la 
tragicómica 'escena que teniendo por teatro una 
tranquila noche, las orillas de un maizal sembrado 
de sandias, vio interrumpida su calma por el for- 



PEDRO URDIMALES EN EL CIELO 103 

midaWe estampido de un viejo fusil que, manejado 
por el "gringo" Carabinié en defensa de sus san- 
días, dio por el recule en tierra con el "gringo" y 
alzó de esta, cortando campo ligero como una liebre, 
al negro Visitación, terrible con su última tajada 
de sandía entre los blanquísimos dientes y en la 
mano el facón . . ., 

— Pa las quebraduras — continuó don Marco sin 
hacer ^aso de la interrupción — dejó la Tramonta- 
na, que pisada y frita con grasa e potro, cura mejor 
que la bosta con querosene, remedio e los grin- 
gos . . . 

— Diga, don Marco, y pa comer tuitos los días, 
sin tener pa qué molestarse, no dejó nada? — in- 
terrogó Visitación, disfrazando un ávido interés 
tras una escéptica sonrisa. 

— "i Paqué molestarse ! . . . " — repitió Pancho lar- 
gando la carcajada — ¡No ande culebreando, che! 
Diga nomá, si Jesú no dejó una virtú pa poder co- 
mer sin rejuntar maíz, ni arar ni sembrar, ni cuidar 
telenda, ni nada!. . . Echadito nomá. . . a la som- 
bra en verano, y al solcito en invierno ... ¿ Diga, 
no será eso? 

— Y . . . será ... y total qué ? . . . Ya sé yo di otros 
que la sudan ... y no sé que pal fin del año tengan 
mejor entretenimiento q'ese; — contestó Visitación 
señalando a Zenón Almada, quien sentado en cu- 
clillas, con un filoso cuchillo se estaba "rebanando" 
los callos de la palma de la mano. . . 

— ¡La ha errao, amigo Visitación! — de nuevo 



w 



104 TIERRA ADENTRO 

zumbó Pancho. — Zenón ha ahorrao plata... y si 
se "soba" las manos... es pa tenerlas más suave- 
citas .^, y . . . 

— ¡Y... Jesú dejó el guayacán pa mango e ta- 
lero y la longa p'azotar trompetas! — enojado in- 
terrumpió don Marco, amagando un azoté a Pan- 
cho. Este se esquivó tras la inmóvil figura de Tel- 
mo, quien repetía la palabra "ahorrar" como la más 
nueva e incomprensible de su vocabulario, mientras 
que Zenón, sonriendo y deseoso de paz a su vez, 
preguntaba: 

— ¿Diga, don Marco, y pa los callos, Jesú no 
dejó nada? 

— Pa los callos, Jesú dejó la leche del Loconte, 
y a usarla con cuidao. . . que si nó ampolla. . . 

— j Cha digo ! No ve don, Visitación, — de nue- 
vo interrumpió Pancho con los ojos brillantes de 
malicia — si Jesú dejó el Loconte pa los callos, ís 
señal de que dejó los callos... y el trabajo que 
los saca... y pa consuelo... el Loconte que los 
quita ! 

— ¡üy! éste tiene más chachara que urraca en 
tiempo de amores ... — comentó Visitación . 

— ¿De amores?. . . Yo conozco a uno, y los amo- 
res lo van dejando más callao que pava llena y sin 
juego... 

Zenón miró a Pancho y se hizo el desentendido. . . 
— Pensándolo bien, — dijo don Marco, retoman- 
do el hilo de su relato, — a Ur dimales, Jesú le dejó 



PEDRO URDIMALES EN EL CIELO 105 

virtudes pa no hacer nada, pero de poco le valie- 
ron ... 

— ¡Cuente, don Marco! — exclamaron los tres, 
clavándole los ojos. 

De nuevo reinó el silencio, y la voz de don Mar- 
co, armonizando con las peripecias del relato, varia- 
ba llena de chispeante expresión, ayudada en su 
inocente gracia por la inconfundible tonada cor- 
dobesa . . . 

* * ♦ 

Y fué contando don Marco, cómo cansado Jesús 
de andar en busca de Urdimales por cerros y por 
montes, llegó una tarde, al toque de oración, a la 
ciudad de Córdoba, y como aquel dia Pedro Urdí- 
males, huyendo del "mesmito" señor Obispo, cayó 
en sus manos. 

Tanta maraña había hecho ... y seguía hacien- 
do .. . q'el señor Obispo, cansado de oír reclamos, 
salió a prenderlo. 

Iba montando una mulita colorada, muy trota- 
dora y con más presencia que sordo oyendo un ser- 
món... Se jué por aqueyas calles tan llenas de 
iglesias, echando bendiciones. . . sin ver que la gen- 
te por detrás se le reía... porque parecía por lo 
gordo — y guardando el respeto — más qui a un 
señor Obispo, a doña Mamerta, la pastelera... Y 
como la liebre salta donde menos se la espera, en 
la güelta del convento de San Ignacio se li apa- 



106 TIERRA ADENTRO 

recio Urdimales, más pobre que nunca, y tan des- 
memoriado en cosas de santidad que ni se persignó 
ni nada, al enfrentar l'iglesia. . . 

El señor Obispo, ahí nomás lo conoció y le dio la 
voz de alto. No bien lo vide Pedro, en vez de dis- 
parar, se abalanzó contra la altísima muralla del 
convento y repechándola con tuitas sus juerzas se 
puso a gritar, sin hacer caso del señor obispo : 

— ¡ La santísima virgen me ampare ! ¡ Válgame 
Dios y me dé ayuda ! ! . . . 

— i Cállate, Pedro ! No alborotes, vení pa cá, y 
date preso! 

— ¡Uy! su santidad me perdone, no lo había vis- 
to... y ni saludarlo puedo, mire que si largo la 
paré . . . 

— Vení pa cá, te digo, mira que de nó llamo 
gente ! . . . 

— ¡Y llámela, señor! Que lo que soy yo, ya no 
aguanto y se me viene encima ! . . . 

— ¿ El qué se te viene encima ? ¡ Mala yerba ! 

— Y la paré, señor. No vé. . . por aquí, si'a rajao 
y se vá cayendo. . . ¡ Socorro ! Ay ! que me vence. . . 
Dispare! Dispare, señor Obispo! que de nó... la 
paré lo aplasta ! . . . 

Al señor Obispo se le nubló la vista, sintió como 
un temblor... ya vio nomá venírsele la paré enci- 
ma ... y gritando : ¡ Aguanta ! j Aguanta, Pedro, que 
ye ya güelvo con gente!". . . disparó a tuito lo que 
daba su mulita ! . . . 

Pedro no esperó más y salió disparando, sin ver... 



^ 



PEDRO ÜRDIMALES EN EL CIELO 107 

hasta caer, claro está, a los pies de Nuestro Señor 
y de San Pedro, que venían dientrando a la ciu- 
dad. . . 

— ¡Al fin te agarré! — ahí nomá le gritó San Pe- 
dro, largándole el lazo ... 

— ¿Me agarró? No embrome, amigo... No ve 
que yo me vine sólito?. . . — le retrucó Pedro, cre- 
yendo habérselas con alguno de la polecía . . . 

* * * 

Según Don Marco, San Pedro andaba siempre 
más nervioso que flete cansado que sintiendo cerca 
la querencia y creyendo llegar, "se ve enderezao 
pa otro lao". . . 

En cuanto al buen Jesú, "pasencia", no le falta- 
ba "ni pa espantarse los mosquitos" ... así es que 
lejos de condenar, "ahí nomá" al pobre Urdimales 
y mandarlo al infierno, resolvió conchabarlo de 
peón y a las buenas "amansarlo". Sabiendo que 
mejor entiende el bien comido, que el que huele 
un churrasco "d'ende lejos"... en horas de almor- 
zar... compró, con plata que le "emprestó" San 
Pedro, un corderito bien gordo y se lo entregó a 
Urdimales : 

— Toma, Pedro, le dijo, ásalo a tu gusto nomá. . . 
Entre bos y este mi capataz, se lo pueden comer. . . 
pa mí, con los ríñones me basta . . . 

— ¿Nada más que los ríñones, patrón? 

— Nada más . . . 



108 TIERRA ADENTRO 

Así contestó Jesú, y con San Pedro se jué a reco- 
rrer la ciudad. . . 

Urdimales tenía fama de lerdo pa "tuitos" los 
trabajos; pero esta güelta se dio tanta maña di an- 
dar listo, que bien se véia qu'el asao era pa'el ... y 
antes que Jesú y San Pedro se volvieran ya estaba 
el cordero doradito, la grasita se corría nomá por 
los lomos y los ríñones... 

— j Ay ! don Marco . . . 

— Pero che, Visitación, qué te pasa? 

— Nada, don Marco. 

— Los ríñones envueltitos en la grasita qui s'es- 
taba reditiendo . . . 

— ¡Cuando están ansina, se deben comer, de nó 
se pasan ! — exclamó Visitación María Telmo, tra- 
gando saliva . . . 

— Bueno, quién sabe nomá, eso mesmo lo estaba 
pensando Urdimales, cuando, cansado de mirar. . . 
cortó un riñon y se lo comió ! . . . No lo había aca- 
bao de tragar, cuando se le apareció Jesú . . . Urdi- 
males, entuavía con la boca llena, le gritó: 

— Diga patrón, nunca vido un cordero con un 
riñon sólito? 
— ¡ Ni lo vide ! ¡ni lo hay ! 

— No lo hay . . . ¡ pero lo hubo ! Venga y vea, pa- 
trón . . . Este animalito de Dios, vivió con un ri- 
ñon sólo, ¡ pobrecito ! y ansina está después de muer- 
to!... 

Y, con la punta del facón, el muy pillo de Urdi- 



PEDRO VRDIMALÉS EN EL CIELO 109 

males cortó y ensartó el "único" riñon y se lo ofre- 
ción a Jesú. . . 

Ni entonces se enojó el buen Jesú, aseguraba 
don Marco ... 

Sin hacerle caso a los rezongos de San Pedro, 
después de descansar dejó la ciudad y se llevó a 
Urdimales a la montaña, que más que montaña 
parecía un cerro, y "ahí nomá" le dio un sermón 
de señor y padre nuestro! 

— Pedro, le dijo, déjate de hacer marañas y vol- 
vete güeno . . . Mira que más que por Urdimales, 
naide te conoce ... Yo ti he d'ayudar ... y como 
andas tan pobre de virtudes, pedime una y te la 
he de dar . . . 

— ¿Una virtú? Y eso pa qué sirve? Si pesa 
mucho pa yevarla, no quiero una, ni ninguna ! ! 

— j No, hombre ! Si una virtú no pesa y más de 
una güelta sirve pa sacarse algún peso d'encima . . . 

— ^Y pa qué quiero yo sacarme nada d'encima. . . 
si ya nada tengo? 

— Y bueno, pedí pa tener! 
— ¿ Y cómo ? ¿ Puedo pedir pa tener ? 
— Sí pues. 

— Ansina sí . . . ya voy entendiendo : pa tener al- 
go, puedo pedir una virtú? 

— Ansina es nomás. 

— Bueno... entonces... entonces no quiero ima 
virtú ! 
— ¿Y por qué? 



lio TIERRA ADENTRO 

— - " ■ .... - . M I- — . : — — — . ....■ ■■■ g ■ .-,— ., — : 

— ¿No dice, usté patrón, que una virtú sirve pa 
tener mucho? 

— Sí, pues ; ¡ cabeza de ñandubay ! — gritó San 
Pedro, entrometiéndose. 

— ^Y bueno ... si una virtú sirve pa mucho . . . 
Yo quiero tres virtudes pa tener más! 

— No seas angurriento, Pedro. 

— El angurriento será usté, patrón, que pudiendo 
dar, no da, y anda ofreciendo ! . . . ¡ Quiero tres o 
ninguna ! 

Jesú levantó los ojos al cielo, y asomando detrás 
de una nube, lo vi do a Tata Dios que los estaba mi- 
rando . 

— Tata — le dijo Jesú — este Urdimales anda muy 
corcobeador! y tan pobre que ni tiene una virtú. . . 
yo le ofrezco una y él me pide tres. . . 

— j No le des ninguna ! 

— No se m'enoje tatita; déle lo que le pida! ¡Al 
pecador más desgraciao, con más lástima ! , . . 

— Bueno, pa no regatiarte porque ando apurao. 
¡Aver, que diga ligero! De nó me voy... 

— ¡ Pedi ligero, Pedro ! 

— ¡Quiero una bolsa, y que tuito lo que le meta 
dentro, naides me lo pueda quitar! 
Pedí ligero, Pedro! 

Quiero un juego e naipes que gane siempre! 
Pedí ligero, Pedro ! 

Quiero q'en el asiento que yo me siente, no 
me levante ni el mesmo Dios! 

— ¡Ta lindo! pero de pedir yo, pido una virtú 



W;y^'': 



PEDRO URDIMALES EN EL CIELO 111 

'3H. 

pa comer asao tuitos los días! — Comentó Visita- 
ción María Telmo, seccionando en partes equitati- 
vas la cola, que por la cocción se había reducido 
bastante, tanto que apenas el gusto pudieron tomar- 
le; y mientras siguió el relato, se desquitaron con 
mate amargo. 

Tanto se enojó Tata Dios con el pedido de es- 
tas "virtudes", que al enviarlas'" las mandó con 
truenos, piedra y lluvia . . . Tanto llovió que Urdi- 
males — según don Marco — quedó más mojao 
que balde aguador". Con la mojadura sintió frío. . . 
tuvo chuchos... y la muerte aguaitándolo desde la 
orilla del monte ya se lo iba a llevar . . . cuando Ur- 
dimales la vide y ¡ zaz ! de un manotón l'agarró y se 
la metió en la bolsa! 

— Lárgame, condenao! — gritaba la muerte, ara- 
ñando la bolsa como gata rabiosa. 

— Lo que meto en mi bolsa ... de la bolsa no sa- 
le, señora! 

— ¡Que la largue! — bramaba Tata Dios desde 
arriba . 

— ¡ Diande ! . . . 

— ¡Urdimales, lárgala! — le pidió Jesú, asustao 
con el enojo del padre. 

— ¡ No quiero ! 

— ¡Voy a perder mi conchabo! — rabiaba San Pe- 
dro. 

Tata Dios, gineteando una nube, echaba cada ju- 
ramento, que hasta Mandinga en el infierno tem- 
blaba : 



112 TIERRA ADENTRO 

— Larga la muerte! que de nó, no sé cómo he 
di hacer pa recoger a la gente! ¡Larga la muerte! 
que de nó si acaba el miedo! 

— ¡ Como un favor de amigo ... te lo pido ! — le 
dijo el mesmo Jesú. \ 

— Bueno... la'e de largar... ¡pero que nunca 
se venga pa mi lao! 

— ¡ Nunca ! — le aseguró Jesú. 

— ¡A la primera, te recojo! — rezongó bajito Ta- 
ta Dios. . . 

Urdimales abrió la bolsa, y la muerte salió gam- 
beteando ... ¡Ni caso ya le hacía Urdimales ! Hizo 
mal, porque el desconfiao vale por dos. . . y así fué 
que a una señal de San Pedro la muerte se li arrimó 
por atrás y . . . ¡ se lo llevó ! . . . 

— ¡Uy! ¿Se acabó ansí el cuento? — interrogó 
Pancho desconcertado. 

— i Qué se va acabar ! ¡ Si trabajo les había dado 
Urdimales en la tierra, tanto y más les iba dar allá 
arriba ! Como no siasustó y pensando — con razón 
— que lo llevaban al infierno, al cruzar campo alzó 
el cuerno di una osamenta . . . 

— Pero tata, ¿y ande estaba la osamenta? 

— ¡Y en el cielo pues! ¿o te crees vos que los 
santos no comen ? Comen, sí, pues, y- asao gordo y 
empanadas y tamales ! . . . y denó por qué iba ser 
tan lindo el cielo . . . explicó Visitación, ahorrándo- 
le a don Marco la respuesta. 

— Alzó el cuerno, y al pasar por los portones de 
l'iglesia de San Pedro, ligerito, sin que naides se 



PEDRO URDIMALES EN EL CIELO 113 

diera cuenta, llenó el asta con agua bendita y se la 
colgó como si juera un chifle. 

Pronto vieron humo como di un horno de ladri- 
llos, y cuando sintieron calor y olor a chamuscao 
el mismo Mandinga se les apareció y tan guazo! 
Ahí nomás lo quiso ensartar a Urdimales! Pedro 
se hizo a un lao y guiñándole el ojo le dijo: 

— No atropelle, hermano; pa arder, siempre hay 
tiempo ! ¡ No se m'eAoje, que aquí le traigo un trago 
e caña doble por si gusta servirse ! y le alargó el 
chifle. Ya lo iba a tomar Mandinga, lo más con- 
tento, cuando Urdimales, gritando : ¡ Cruz diablo ! 
con el agua bendita lo roció . . . Salió Mandinga 
disparando pa dentro, más ciego e rabia que novi- 
llo recién marcao ! y por encima de la tapia le gritó 
al Santo Padre que no lo quería a Urdimales ¡por 
nada! en el infierno. Mandó cerrar la tranquera, y 
Urdimales quedó fuera. ¿Ande iba dir? En el 
cielo no lo querían, en el infierno tampoco . . . an- 
sina es que se jué costeando el campo hasta llegar 
a los fortines del infierno. Allá ande la gente anda 
sin saber tuavía pa que lao va rumbear. 

Montando guardia en el fortín vio a un diablo 
grandote. Tenía la misma traza qu'el ñato Ramí- 
rez, aquel ... del comité del doctor Equino . . . aquel 
que jugando a la taba y por haber perdió se dis- 
gració . . . 

Urdimales se li acercó sin miedo, se dio a cono- 
cer y le preguntó en qué trabajos andaba. Y. . . le 



■'■^^■^^: 




114 TIERRA ADENTRO 

contestó el otro : "Cuido las puertas del fortín y 
llevo arreos de almas"... 

— ¿De ande pa dónde? 

— Y, . . del purgato-rio pal cielo. 

— ¿Y el trabajo te gusta? 

— ¡Qué me va gustar, canejo!... Si el trabajo 
es más aburrido que llevar en día e sol una dama- 
juana vacía! Si al menos, de tarde en tarde, se 
pudiera jugar al truco o al monte, pero nunca!... 

— Lo que nunca sucede, un día cae — le contestó 
Urdimales, sacando su juego de naipes. El otro, 
ahí nomás, largó el mauser y. . . 

— ¿El mauser? 

— Y sí, pues, y qué?. . . — y alargó la mano. . . 
— Traiga, yo corto! 

— ¡ No si apure, compañero ! Diga primero a qué 
apostamos, ¿un litro?, ¿un porrón de caña?, ¿un 
trago e vermú? 

— ¡ Qué litro ni qué medio ! ¡ Si aquí no hay ni 
caña ni vermú ! 

— ¿Un flete entonces? ¿una onza?... 

— j Ni flete, ni onza ! si aquí no hay nada que se 
venda ni s'empeñe, aquí no hay más qui arreos de 
almas ! 

— ¡Bueno, pues; le juego la mía! 

— ¿El qué? Su alma, y pa qué? 

— Y . . . pa que si le gano, me arree hoy con las 
qui'a de llevar pal cielo. 

— ¡Ya está apostao! — dijo el otro lo más con- 
tento, seguro de ganarle. 



PEDRO URDIMALES EN EL CIELO 115 

Se sentaron a la sombra, resguardados de la hu- 
mareda. Jugaron al monte, y claro está que Urdi- 
males, con la virtú de sus naipes, le ganó. 

— No lo sabía tan suertudo — rezongó el diablo 
grandote. — ¿No quiere que ahora juguemos al 
truco? 

— Y... juguemos, pero ya sabe... a cada ju- 
gada que le gane, será un alma la que rescate. 

— ¡ Apostao ! 

Y jugaron al truco y jugaron al monte, y vuelta 
a vuelta Urdimales le ganaba. Cincuenta almas res- 
cató! 

El otro sentía más calor que si lo estuvieran 
asando; pensó en el castigo que l'iba dar Mandinga, 
su jefe; tuvo miedo y dejó de jugar. 

— ¿Y, se ha cansao? 

— No... pero no sigo... no sea que me deje 
sin almas tuito mi corral . . . 

— Bueno, mire; pa que vea que no lo quiero em- 
bromar, le regalo los naipes pa que le juegue al 
mismo Mandinga ! Se los regalo, pero ... el arreo 
de almas hoy lo he de llevar yo ! ¿Le conviene ? 

— ¿Y pa qué quiere tomarse ese trabajo? 

— ¡ Pa que usté descanse, amigo ! 

Medio le desconfiaba el otro, pero la tentación 
era juerte... y por tener los naipes le dejó llevar 
el arreo. . . Abrió la tranquera, contó hasta cin- 
cuenta, las apuntó en la libreta, y con un vale se las 
entregó a Urdimales. Este las llevó lo más fácil. . . 
como qu'iban mansitas lo mesmo que hacienda se- 



t ■\\^.-, 



116 TIBRRA ADENTRO 

dienta sintiendo cerca el agua. En llegando a las 
puertas de l'iglesia e San Pedro, Urdimales, con 
el cabo del talero se puso a repicar al par que gri- 
taba : 

— ¡ Su Santidad San Pedro, a ver si si'apura ! 
Abra di una vez la puerta, que aquí le traigo cin- 
cuenta y un alma con ganas de retozar! 

— ¡ Mal hablado, aquí no se retoza ! — malhumo- 
rado como siempre, le contestó San Pedro desco- 
rriendo los cerrojos. Abrió la puerta, una rendijita 
nomás ... la atrancó con el pie y asomó la cabeza : 

— ¿Cuántas almas trae? 

— Cincuenta y una! 

— Traiga el vale! 

— Enseguidita ... no sé si se m'estravió en ]a 
chaquetilla o en el tirador... vaya dejando entrar 
nomá el arreo e almas . . . que yo ya li'alcanzo el 
vale. 

Las almas fueron entrando y San Pedro las iba 
contando : una . . . dos . . . tres . . . Contó cincuenta, 
y cuando ya iba a decir: ¿y la cincuenta y una? 
"¡Aquí está!" gritó Urdimales alcanzándole el pa- 
pel . . . San Pedro creyó que le mentaba el vale, y 
alargó la mano . . . Urdimales lo agarró descuidao : 
de un pechazo abrió la puerta, y antes que San Pe- 
dro tuviera tiempo de gritar: ¡juera! se dentro, dio 
rápido media vuelta — como qui'había sido milico 
— y se le sentó a San Pedro en su misma silla ! ! 

— ¡ Esta sí que fué buena ! — aprobó regocijado 
el auditorio. 



PEDRO URDIMALES BN EL CIELO \ 117 

— Buena les parecerá a ustedes ... — continuó 
don Marco, — pero lo qu'es San Pedro pegó un 
¡ay! más rabioso que si siesteando l'hubiera pica- 
do un tábano grandote, y siguió gritando: "¡Salí de 
áhi ! ¡ álzate de mi santísima silla, bagual ! !" 

— ¡ Más despacio, compañero ! . . . y vaya repa- 
rando su santidá que la virtú de sentarme en la 
silla que se me antoje me la dio su mismito patrón, 
¿ sabe ? Bueno . . . ansina es que yo de aquí no me 
muevo ! 

Y ahí nomás cruzó la pierna, echó pa tras el som- 
brero, y se puso tan tranquilo a liar un cigarrillo. 

— En el cielo no se fuma, ¡atrevido! Aquí no se 
huele más humo que el del incencio, ¡mal criao! 
¡ Apaga eso, sotreta ! que de nó, se me alborota 
tuita mi gente! 

Y ansina parecía qu'iba ser nomás . . . porque se 
sintió como un tropel que se venía, y el mismo Tata 
Dios se asomó gritando: 

— ¡Avisa, San Pedro, si tías vuelto tarumba y 
te ha dao por pitar! ¡de plantón te he de poner 
yo ! . . . 

— Su santidá me perdone ... si el humo no es 
mío! si es d'ese condenao de Pedro Urdimales que 
s'ha sentao en mi mismísima silla! 

No acabó de hablar San Pedro, cuando ahí no- 
más, como un viento, se dientró el Santísimo Padre 
a la portería: no creía creer lo que oía, y lo tuvo 
que ver ! 

San Pedro se arrodilló y Pedro se quedó sentao! 



118 TIERRA ADENTRO 

— ¡ Álzate di áhi y lárgate ! — bramó el Santo 
Padre, 

— Usté perdone, patrón . . . pero eso no puede 
ser! Haga memoria y recuerde: que de la silla en 
que yo me siente no me levanta ni el mismo Dios ! 

Y ansina jué como Urdimales le ganó al mismo 
Padre Eterno! Este aflojó, sea que no quiso que 
la insubirdinación se supiera y las otras almas vie- 
ran que se le podían sublevar , , . sea que ya no 
sabía qui hacer de Urdimales, ansina es que con 
cara d'enojao, pero riéndose por dentro, alzó a 
Pedro con silla y todo, y se lo llevó a su casa y a 
la sombra del alero lo sentó ! Y ahí está el muy 
bandido sentadito en su silla y contando — per pe- 
nitencia — los granos di una carrada de arena. 
Tiene que contarlos uno por uno, y hasta que ansí 
no los cuente no se podrá levantar de la silla. Co- 
mo no puede con el genio. . . en cuanto el Santo 
Padre se descuida, tomando declaración a algún al- 
ma, Urdimales trampea, y como Tata Dios se da 
cuenta, ¡tiene que volver a empezar! Y ansina es 
que entuavía estará contando... 

— ¿Ese es tuito su trabajo? — interrogó Visita- 
ción María Telmo. 

—Ese. 

— ¿Y le dan de comer? 

— Le dan. 

— Entonces... si yo juera él... seguiría tram- 
peando! — confesó Telmo, con un hondo suspiro, 
mirando melancólicamente el cielo . . , 



V 



PEDRO URDIMALES EN EL CIELO 119 

Pancho largó la carcajada, alzó el arreador y le- 
vantóse para recoger la hacienda. En seguida se 
oyó, junto con el acompasado galope de su montu- 
ra, la modulación de un armonioso silbido que se 
fué perdiendo ^ lo lejos. 

— El muchacho va saliendo trabajador — comen- 
tó Zenón rehaciendo el fuego en la máquina de ma- 
tar vizcachas . . . 

— Va saliendo ... — afirmó don Marco tantean- 
do el filo de su hacha. 

— Y diga, don Marco: ¿Urdimales no dejó hijos? 

— ¿Que si no dejó? ¡Y muchos! ¡Y más marañas, 
qu'el padre saben andar haciendo . . . Casi tuitos si 
han metido en la polecía y el gobierno. . . y ahí sí 
que son dañinos, ¡caray!, porque difícil es conocer- 
los!... Como que no firman con el apelativo del 
padre ! . . . 



•/ 



DESPERTAR 



El, quebracho, de tan duro quiebra el hacha . . . 
el ñandubay, por el jugo que suelta es fiero 
p'aserrar. . . el chañar es mañerazo, porque con no 
ser ni duro ni blandito, se abre en hebras, quita el 
filo y hace sudar ! . . . 

— Diga, don Marco, está hablando en verso? 

— Mira, Zenón, el que habla de corrido como 
r^ de agua . . . será porque mucho pensó lo que 
ha de decir. . . Yo voy pa viejo. . . Como un verso, 
me sé el monte de memoria. ¿Y cómo no ha de ser 
ansí? Si en la barranca del monte he nacido, con 
estos chañares me crié y a aquel algarrobo del 
cruce del camino, desde que tengo uso de razón,: 
siempre lo vide grande como ^hora ... Es el agüe- 
lo del monte ... 

— Cierto, don Marco; y a usté se le parece: en 
invierno, achucharradito, y en primavera florece ! En 
cuanto se quita el poncho, es como si se quitara 
los años! 

Pon Marco sonrió, dejó caer el hacha que se 



122 TIERRA ADENTRO 

clavó cimbrando en un tronco de ñandubay, sacó 
tabaco para 'liar" un cigarrillo y murmuró con 
cierta melancolia: 

— El invierno es duro de pelar... el veranito sí 
que se pasa solo. . . 

— ¡Y mire que cayeron heladas negras! ¡Chuy! 
si entuavía me soplo los dedos ! 

— ¡ Maulita ! No es pa tanto ... ¡si nunca ha de 
ser el cuervo más negro que las alas ! . . . ¿ Hiela 
juerte? pues señal de que luego saldrá el sol bien 
clarito ! . . . 

— ¡ Si pa las cosas de la vida juera ansina, don 
Marco ! . . . 

— Pa las cosas de la vida, lo mesmo suele acon- 
tecer... 

— ¿Y cuando no? 

— Y cuando no... entonces hay que saber olvi- 
dar y saber acordarse. . . 

— ¿Por qué, don Marco?... — preguntó Zenón 
con un dejo de desaliento. 

— ¡ Pa aprender, amigo, y ser juerte!... 

Don Marco empuñó su hacha ; también la suya 
retomó Zenón, y de nuevo, con diestros golpes, fue- 
ron desbrozando los troncos, que luego de frag- 
mentados serían utilizados como postes. 

Sobre el fondo obscuro del barranco brillaban 
las hachas, el seco resonar ahuecado por la hondo- 
nada repercutía en el monte, y a cada golpe la res- 
piración fuerte de los hachadores se oía silbante. 

Bruñidos, recios, sus cuellos y brazos presenta- 

/ 



DESPERTAR 123 

ban tirantez de cuerdas; las piernas tenían inmovi- 
lidad de estacas. Las largas mechas grises de don 
Marco se escapaban por debajo del chambergo; la 
barbita rala, muy encrespada en el mentón, redon- 
deaba la angulosidad de los pómulos. Los ojos, 
tras las pobladas cejas, brillaban con reflejos grisá- 
ceos suavizados en su expresión por la dulzura de 
una sonrisa un poco triste que al acentuarse estria- 
ba con finas y largas arruguitas la comisura de los 
párpados. 

Como el más viejo algarrobo y el más viejo cha- 
ñar del monte, don Marco, desde hacía años, se con- 
servaba el "mismito" y parecía tener fe en la única 
misericordia que hoy le pedía a la vida. : no "tum- 
barlo enfermo"... sino llevárselo de un tajo; así 
como mueren los más viejos árboles del monte, 
mientras pasa aullando el temporal . . . 

Zenón trabajaba con el atormentado afán de quien 
busca agotarse en el cansancio. En poco tiempo, la 
despreocupada sonrisa que iluminaba su bronceado 
rostro se había ido borrando para dejar tras de sí 
el sello de una preocupación tenaz. 

Bromista y dicharachero, se había vuelto tacitur- 
no, la tranquilidad del monte lo atraía y buscaba la 
proximidad de don Marco con el inconsciente egoís- 
mo de quien sintiéndose herido recuesta su pena 
en el consuelo que emana de, alguien más fuerte, 
aunque tal vez no más dichoso . . . 

Don Marco sabía consolar: jamás preguntaba 
nada, y cuando el desborde de la amargura se ex- 



124 TIERRA ADENTRO 

playaba en un relato o en una queja, /sabía escu- 
char. 

Nunca se había encontrado ante problemas muy 
complejos; los hombres de la ciudad no desplega- 
ron ante sus ojos la intrincada urdimbre de su "ci- 
vilización". . . En cambio, comprendía aquello que 
sentía, y los sanos sentimientos fundamentales en- 
contraron siempre en él su resonancia. 

Comprendía el amor como una fuerza creadora, 
y es así como no pensó jamás que había especiales 
méritos en no rehuir responsabilidades. Tampoco 
se vanaglorió de no haber traicionado al amigo ni 
haberlo abandonado en una dura prueba. Por lo 
demás, estos sentimientos no los había adquirido 
en los libros ... y como, según contaba, aprendió a 
leer recién de mozo — cuando la campaña del gene- 
ral Roca contra Arredondo — era de pensar que 
con ellos había nacido. 

En realidad, todos sus buenos sentimientos le 
habían servido más para sostenerse en la vida que 
para luchar. Las tan decantadas conquistas del 
progreso lo habían arrojado al borde del camino, 
sin enrolarlo jamás en la marcha de la caravana 
que lo asciende. Sin embargo, sobre todos ellos se 
había apoyado la civilización para marcar los pri- 
meros jalones de sus conquistas. 

Con su temple había contado el comercio para 
lanzar suT caravanas a través del inmenso territo- 
rio, recorriendo fantásticas distancias. A la unifi- 
cación del país, en aras de la cual, frecuentemente 



DESPERTAR 1^5 

con mentidos propósitos, fué lanzado en guerra, ci- 
vil el hermano contra el hermano, azuzado por el 
odio personal de los caudillos, el criollo pagó un 
cruel y desmedido tributo. Doblegado por un des- 
piadado destino comenzó a sentir sobre sí como 
una ineludible fatalidad ... 

Los primeros ferrocarriles construidos por sus 
manos acortaron para otros las distancias. Y la 
primer vía que cruzó el corazón del país dejó en 
su mente, junto con la imborrable impresión de 
la fuerza creada y dominada por el hombre, el re- 
cuerdo horrible de los estragos del cólera. Así, don 
Marco ajustó los rieles que rayaron su tierra y se- 
pultó en ella a sus padres y tres hermanos. Quedó 
solo, y para desgracia suya, el ferrocarril que cen- 
tuplicó el valor del suelo pasó junto al campito de 
sus padres . . . 

El retazo de tierra fué tragado por el dominio de 
aquellos que instituyendo por primera vez allí los 
títulos de propiedad, no le reconocieron su derecho 
sobre el suelo en que había nacido. . . Nunca más, 
pudieron tener tierra suya, ni don Marco ni sus 
hijos. 

Cuando al amparo de la unidad del país, conquis- 
tada con su sangre, la mala política desplegó su 
voracidad, el poblador criollo fué su primera y 
eterna víctima. 

Sus característicos rasgos de sobriedad, bravura 
y resistencia, minados poco a poco por tma amarga 



126 TIERRA ADENTRO 

desesperanza, lo han ido transformando en un ser 
sumiso, pobre, resignado, ignorante . . . 

Desposeído de todo, fué ungido — muchas veces 
para su mayor desgracia — con el supremo dere- 
cho del ciudadano: se le dio el voto! 

Don Marco, tal vez con más claridad que mu- 
chos de sus compatriotas, comprendía toda la in- 
justicia de su situación, y es por esto, que viendo 
pasar el triunfal penacho del tren soberano y divi- 
sando en la noche allá en lontananza la luz blan- 
cuzca de los focos eléctricos de la nueva ciudad, 
surgida en la llanura, sentíase tan ajeno a todo 
aquello que su mirada se tornaba con más amor 
hacia el monte, y huyendo de los hombres buscaba 
en él un resto de tranquilidad. 

Junto a don Marco se había ido a refugiar Ze- 
nón, el prototipo del criollo laborioso, hijo de los 
primitivos pobladores, transformado hoy en el erra- 
bundo peón. 

* * * 

En un lento crepúsculo, el día declinaba. 

El monótono compás del hacha dejó de resonar. 

De la obscuridad de la jenramada la choza de los 
leñadores surgió alumbrada por los destellos del 
fogón. Junto a la misma, Visitación María Telmo 
desplumaba una perdiz. No se había dado poca 
"maña" para cazarla. Atestiguándolo, ahí estaba, 
al alcance de su mano, una larguísima caña tacuara 



DESPERTAR 127 

provista en un extremo de un rígido lacito de cer- 
da. Visitación contaba haberla "enlazado" costean- 
do el monte y haciéndose "el distraído". Lo de dis- 
traído tenía importancia suma, pues Visitación ase- 
guraba que sin este requisito encomendado a su ex- 
presión fisonómica, la perdiz habría "desconfiado"' 
y nunca la habría podido apresar. . . 

— Cacé esto y una nidada e gazapos ! — dijo a 
los dos hombres que se acercaban. 

Como su anuncio no tuvo ningún eco, pensó que 
por lo escuálido no interesaba ; entonces, picado en 
su amor propio de espontáneo "proveedor", agre- 
gó: 

— Hoy es noche de luna, buena pa cazar peludos, 
y. si don Marco m'empresta l'escopeta, li he de 
tráir también lechuza. . . 

— La escopeta ahí está . . . pero no siendo que la 
cargue con sal, no sé con qué la va cargar . . . Pól- 
vora no tengo desde hace rato . . . está muy cara . . . 

— Pa qué tanta cosa — terció Zenón. — Ha que- 
dao polenta de la mañana .\. . 

Visitación abrió tamañcJs ojos: 

— ¿ Diga, amigo, s'ia güelto gringo ? . . . 

— No tanto. ... los gringos comen polenta con sal- 
sa y chorizos ... y ésta, si gustan servirse, más que 
con grasa, no se la puedo rociar ... 

— La gringuita sabe cocinar — afirmó don 
Marco. 

— Sabe — dijo Zenón entrando en la choza para 
salir en seguida llevando en las manos un tarrito 



128 ^ TIERRA ADENTRO 

de lata, que nada tenía que envidiarle al de Pietro 
el lingera, a no ser la ausencia de una cuchara de 
plata: 

Cuando la comida estuvo lista, el tarrito — que 
aún conservaba la marca de un aceite venido de 
muy lejos, y que estos nombres no habían probado 
— multiplicó sus funciones pasando a ser fuente y 
"platos", después de haber sido olla, cosa que hizo 
añorar a don Marco una vez más los buenos tiem- 
pos de las cucharas y escudillas de madera y de los 
cacharrea* de barro, fabricados allá cerca con arcilla 
del arroyo. "¡Todo iba pa menos!" 

* * ♦ 

Don Marco, silencioso, con los ojos fijos en la 
lumbre, revivía el pasado... 

Visitación, chupando el último huesito de un ga- 
zapo, y no resignándose a la tristeza del silencio, 
insinuó una burla mirando de reojo a Zenón. 

— Diga, don Marco, entre tanto remedio que di- 
sen fué dando Jesú, ¿no dejó ninguno pal mal de 
amores? 

— ¿Pal mal de amores?... — contestó don Mar- 
co, animándose. — Dicen qu'en eso Jesú no se metía. 
Pero vaya uno a confiar. . . Sabía mentar mi agüe- 
la a una tal Madalena Araos, hija di un puestero 
de su padre... y contaba qui'una tarde en que la 
Madalena esa sacaba agua pa unos guachitos, se 
h apareció Jesú y le pidió de beber. . . Dicen q'ella 



.4 



;*f 



DESPERTAR 129 



baldeó y le alcanzó agua fre^^üita y que un rato 
estuvieron hablando aquella tarde y otra más y 
qu'en yéndose el forastero, pa recuerdo le dejó un 
gajo e yerba mota. . . 

-¿Y? 

— Y. . . con la yerba mota, la virtú de tener labia 
pa hablar di amores, y en hablando bien . . . será pa 
que a uno li hagan caso y lo recuerden. 

— Ansina ha de ser . . . ¡ pero con los años segu- 
rito que la vi^tú se li habrá ido!. . . porque miren. . . 
que lo que soy yo. . . llevo tamaño gajo como pa'ser 
cocimiento ... y nada ! . . . 

— ¿Y a quién l'está por requebrar di amores, 
amigo Visitación? — inquirió don Marco repri- 
miendo una sonrisa. 

— Y... a doña Mamerta la pastelera, pues! En 
el campo, la gente es muy educada; seria del peor 
gusto reirsg de un huésped, y más. . . tratándose de 
tan delicado asunto; así es que Zenón — que hubo 
de ser el burlado — se mordió los labios. . . y don 
Marco comentó muy serio: 

— Doña Mamerta ya tiene hijos mozos ... y si 
no ando errao, don Pancho Veleta, pa San Pedro, 
salió de padrino de s'último nieto ... 

— Cierto nomá ... ¡Y viera qué pasteles hizo pa 
ese día doña Mamerta ! ! Jué entonces que yo me 
le quise ofrecer pa ayudarle tuita mi vida a sob.ar 
y hacer picadillo ... y ni mascando yerba mota el 
habla me venía ! . . . 

— ^Y qué, ¿tanto miedo le tiene? 



é- 



^ 



# 



13(» TIERRA ADENTRO 



— ¿Miedo? no ha' de ser... ¡y eso que amasa 
con un rodillo e quebracho, que ni sacao e la vía 
el tren ! . . . 

-¡ . . . ! 

— Lo que hay, ¿sabe? es que por la fiesta e Santa 
Rosa me cargó con dos canastos de pasteles... y 
yo no sé cómo habrá sido ... la cosa es qu'en la 
cuenta me falló como la meta ! . . . Yo no sé . . . si 
perdí plata o perdí pasteles... Desd'entonces se 
mi hace que doña Mamerta, en cuantito me ve, si 
acuerda de mí por lo de los pasteles! 

— ¡Cómo serán las mujeres! ¿eh? ¡Bicho más ra- 
bioso ! . . . No tienen más memoria que pa los dis- 
gustos ! 

— Diga, Zenón : ¿ no viene a cazar peludos ? ya va 
asomando la luna. . . 

Zenón no c6ntestó; perdido en la sombra, recli- 
nado sobre un tronco, como en una caricia templó 
su guitarra : una tras otra, vibraron muy quedo no- 
titas sueltas; fué un susurro de hojas... Y en se- 
guida una honda frase musical rasgó la noche con 
el desesperado arrullo de una queja, prolongada 
largamente por el sollozo de la llorona. La melodía 
tenía imprevistas ondulaciones que fraseaban los 
giros de un ingenuo verso libre. Las palabras del 
canto, separadas por largos silencios, se prolonga- 
ban en los sonidos de la guitarra. Decían la eterna 
queja del amor desgraciado, hablaban del bosque 
en cuya silenciosa espesura se abre de noche la blan- 
ca flor de pensa, mentaban el perfume del poleo, el 



DESPERTAR i8l 

arrullo quedo de la paloma torcaz, y cantaban la 
felicidad del jilguero que "entre espinas y flores 
hace su nido". 

Entre espinas y flores ... 

Bruscamente, bajo la contracción nerviosa de los 
dedos, el son de las cuerdas se quebró en un vio- 
lento rasgueo cuya última nota se unió a la amar- 
ga exclamación de Almada: 

— ¡Quién juera jilguero!. . . 

— ¿Pa volar? — impresionado, pero burlón, in- 
quirió Telmo. 

— ¡ No ! . . . i pa hacerse el nido ! . . . 

Aquello fué dicho con tan inquietante amargu-- 
ra, que el mismo Visitación sintióse Sobrecogido. 

Don Marco levantó la cabeza. 

Zenón se había puesto de pie^ su alta figura, 
agrandada por la sombra, dominaba el claro ^ del 
monte. El rostro, alumbrado a rachas por el res- 
plandor rojizo del fogón, reflejaba una dolorosa 
crispación. 

Tras el monl;e se extendía la llanura. Almada, 
con centenares de compañeros, peones errabundos 
como él, la había tomado apta para recibir la si- 
miente. 

El desmonte a fuego y hacha, que borra la selva 
secular y entrega la tierra atormentada, cubierta de 
cenizas, revuelta por la busca del raigón que se 
arranca, a la metódica roturación del arado, había 
sido obra de sus brazos, 

A la primer siembra, cubrióse de verde pelusilla 



132 TIERRA ADENTRO 

la tierra gris que antes alimentara el monte rumo- 
roso. Creció el trigal, bebiendo bajo el sol con avi- 
dez el agua que en otra hora hubiera ascendido por 
los nudosos troncos. Bajo el cielo azul y bajo la 
tormenta, meció el inmenso trigal su mar de espi- 
gas en ligeras olas glaucas, en pesadas ondas de 
oro. El sol, que vivificaba la selva toda, regulando 
su verdor, llenándola de perfume y de trinos, entre- 
gaba ahora al trigal todo su tesoro, y poniendo en 
cada grano una partícula de calor y luz, encendía 
una nueva vida. 

Almada, con los peones, sus hermanos, y el cha- 
carero vigilante, levantaron la cosecha. Sus robus- 
tos brazos alzaron bolsas, creció la estiva, y desde 
lo alto Almada contempló el campo, pronto siem- 
pre para recibir la nueva roturación y la nueva 
siembra. 

Una tarde sofocante sus manos se tendieron ha- 
cia un jarro de agua fresca que otras manos le 
alcanzaban. Vio unos ojos claros que dulces le son- 
reían bajo la gloria de unos cabellos de oro. 

Fuerte, sintió de golpe toda la suavidad de la 
ternura; rudo, sus manos temblaron temiendo ha- 
cer daño. 

Chiquina fué para él la revelación de su propia 
bondad. Hijo de la tierra, vio en los ojos de Chi- 
quina la hermosura de un linar en flor, y en sus ca- 
bellos de oro la anhelada visión del trigal ma- 
duro... , I ¿^ 

Presintió, en la frescura del agua que sus manos 



DESPERTAR 133 

le brindaron, la sedante calma que podría darle el 
hogar, después de un duro día de labor. 

Vislumbró en su sonrisa el aliento que retempla 
para el esfuerzo diario. 

Descendiendo de lo alto de la estiva, la vio grá- 
cil, inerme, dolorosa, con sus ojos algo tristes, sus 
manos grandes deformadas por el trabajo... Una 
oleada de pasión lo sacudió todo, haciendo temblar 
su voz de ternura: "Chiquina, Chiquina mía!"... 

De golpe, como si sobre aquella visión de paz y 
de bonanza se abatiera el huracán obscureciendo 
el cielo, allí mismo, aquella tarde y luego y siem- 
pre, entre él y "su" Chiquina se alzó la voluntad 
del chacarero, de su mujer, de todos!... 

Cierto, trabajaban juntbs "gringos" y criollos, 
pero ... el peón no poseía nada, no era nadie, no 
contaba! Su vida nómade era presagio de todas las 
desgracias . . . Gitano en su tierra, sin techo, sin ho- 
gar . . . Irresponsable ave de paso . . . 

Y sin embargo, Zenón trabajaba "como un grin- 
go". Como él habría querido afianzarse a un retazo 
de tierra, no ambular más . . . ¿ Pero cómo ? Al crio- 
llo nadie le fiaba... Nadie jamás pensó ayudarlo. 
¿ Quién le daría su tierra ? . . . Estaban solos, perdi- 
dos, en su propio país. Se habían acostumbrado a 
la miseria, contentándose cada vez con algo me- 
nos . . . 

Zenón sintió por un momento la rabia de la im- 
potencia; lo injusto lo exasperó hasta llevarlo a 
aquel límite en el cual el hombre o sucumbe y se 



184 TIERRA ADBNTRO 

resigna, o se lanza a la lucha aun sin vislumbre de 
triunfo . . . 

Despedido de la chacra, fué al monte en busca de 
consuelo junto a don Marco ; éste le ofreció su cho- 
za, un hacha para trabajar }'■ estas palabras : 

— No sos menos que los gringos, Zenón; también 
ellos sufren, también tienen patrones que los echan 
y sufren más que nosotros porque trabajan más. . . 
Mira, quién sabe nomá si un día, no li as de poder 
dar una mano al gringo y ansina si han di enten- 
der... ¿No tias fijao, en la noche oscura cuando 
uno anda perdido. . . la lucecita más pobre que de 
golpe aparece, se ti hace linda como el sol? Ansina 
son los hombres, amigo ... no le guardes rencor al 
gringo. . . trabaja, no olvides. . . y tené pasencía!. . 

La luna había ascendido, enorme. Visitación se 
escurrió. 

Una claridad uniforme bañaba todo el monte, 
tornando aún más profundo su imponente silen- 
cio. 

* * * 

Pero de día y de noche, tras esta quietud, ya se 
presentía el desborde rumoroso, inquietante, ple- 
tórico de vida y de fuerza del cercano despertar. 

En los troncos la savia se desperezaba. Bajo la 
corteza de cada árbol y en las rugosidades, el sueño 
de larvas y crisálidas iba a tener su fin. Caerían 
las envolturas protectoras convertidas en fragili- 



DESPERTAR 135 

dad de papel de seda. Asomarían cabecitas duras, 
patas fuertes, largas antenas de vibración nerviosa, 
y en la tierra, en el árbol y en el aire, tras el des- 
pertar surgiría de inmediato el J despiadado com- 
bate por la vida. 

i Calma engañadora del monte, en que el zorro 
en acecho espía el imprudente salto de la liebre; 
el gato montes, confundido con el color de la rama, 
largamente prepara su festín de toda una nidada, 
con un felino arrastre en la obscuridad de la noche ; 
siniestro grito de buhos y lechuzas cayendo sobre 
cuises y ratones; voracidad insaciable de víboras e 
iguanas después del prolongado ayuno invernal : gri-^ 
to de agonía ahogado por el terror ante el resplan- 
dor frío de pupilas que fascinan y la visión de la f au- 
ce abierta . . . ; espantado desparramo de alegres 
bandadas canoras al oir el estridente aviso de "j peli- 
gro!" dado por el vigía; vuelo desesperado hacia 
la espesura en busca de un escondrijo seguro contra 
el gavilán que como una flecha avanza ; caída ver- 
tical, a plomo, como una piedra, con tal de llegar a 
las matas de pasto antes que la garra aprisione; úl- 
timo grito, allá en lo alto, pequeño punto en la in- 
mensidad del cielo, borrado por el fiero golpe del 
corvo pico, dos o tres plumas que el viento girando 
se lleva, unas gotas de sangre que pesadamente 
caen . i. . ; insensato, ciego vuelo sin rumbo hasta dar 
con lá cabecita contra un tronco, la rueda del mo- 
lino o el cristal 'de una ventana, encontrando al cho- 
car la muerte de la cual huía! 



136 TIERRA ADENTRO 

Y junto a la destrucción y a la muerte, el amor 
que siempre ciego resurge. En derredor de las hem- 
bras el eterno combate y los trinos más puros y los 
Cientos más prolongados, en los cuales parece que 
en la misma garganta palpitara el corazón incan- 
sable. El zarpazo de los felinos y luego la ondu- 
lación sedosa de la cola que abanica. 

El bramido del toro que hiende la espesura y en- 
tabla un potente duelo con el rival invisible de la 
hacienda vecina. Escarba con formidables golpes 
la tierra, lev?nta nubes de polvo, resopla y repite 
el hondo bramido amenazante e imperioso como un 
fiero llamado. 

Y el potro que rompe el cabestro y con el brío 
dt la fuerza sin freno, en tendido galope, haciendo 
retumbar el suelo, cruza la pradera, desciende por 
la barranca, las negras crines y la cola al viento, 
jira de golpe hasta alcanzar la altura desde la cual 
a lo lejos se divisa la tropilla. Firme, recorrido por 
un temblor que hace brillar aún más su soberbio 
pelo, lanza la clarinada de un largo relincho; luego 
bufa, y tomando vuelo en una nueva carrera, de 
un solo salto cruza el alambrado. . . 

♦ * « 

Zenón extendió los brazos, aspiró el aire de la 
noche, y con un hondo suspiro se dejó caer junto 
al fogón, ya apagado. 



DESPERTAR 137 

— ¡ Hijo ! — murmuró don Marco, cubriéndole 
los hombros con un ponchito, — mejor será que te 
acuestes bajo la enramada, de nó la cerrazón te va a 
empapar. . . 

— Deje nomá, don Marco. . . pa dormir. . . lo qui 
hace falta es tener sueño . . . 

* * * 

La primavera, insinuándose potente, avasallado- 
ra, terrible y suave, palpitaba en la noche . . . 



VIDA RÚSTICA 



\ /Vi :e das del sí? — dijo Lichú, el hijo menor 

O-^ *■ de Carabinié, recostado en uno de los 
postes que sostenían el alambrado de colgar la ropa. 

Chiquina inclinóse más sobre la batea, sacó al 
acaso del agua jabonosa una blusa azul de tela 
dura como lona; la asentó sobre la tabla, la jabonó, 
y en seguida, estrujándola con las dos manos ce- 
rradas como puños, se puso a restregarla vigorosa- 
mente. 

Todo su cuerpo se sacudía por la violencia del 
movimiento, y su rostro, cuello y brazos, tostados 
por el sol, enrojecían aún más. 

Rizos muy rubios, color "barba de choclo", aso- 
maban debajo del pañuelo rojo con que habíase en- 
vuelto la cabeza. Un vestido, también rojo, motea- 
do de blanco, apenas descotado y muy fruncido en 
la cintura, ceñía su silueta grácil, bien hecha, en la 
cual las manos grandes y deformadas por las pesa- 
das tareas, y los pies anchos y chatos, eternamente 



140 TIERRA ADENTRO 

calzados con alpargatas, desentonaban . . . diciendo 
la rudeza de una continua vida de trabajo. 

— ¿Me das del sí o me das del no? — repitió Li- 
chú en tono impaciente. Pero de pronto, recordan- 
do la recomendación del padre: "Pacienza, Lichú; 
prima te dará del "no"... dopo te dará del "si": 
tutte son li stés". . . cambió de tono, y, como son- 
riendo a la victoria final, qtie él consideraba suya, 
agregó: "¿E cuándo s'mariduma?" (i). 

Por los labios carnosos de Chiquina pasó un es- 
bozo de alegre burla, desmentida en seguida por la )^ 
mirada triste de sus ojos azules. 

Nadie le había preguntado jamás a Chiquina si 
quería algo, si estaba conforme con algo. Sin em- 
bargo, desde que tenía uso de razón se recordaba 
trabajando. Primero acunó a sus hermanos más 
chicos; después los cuidó y lavó los platos; luego 
boyereó y rastrilló ; más tarde, aumentando conti- 
nuamente la familia y disminuyendo las fuerzas 
de la madr^, le ayudó en el lavado de la ropa todo 
el año, y en la cocina en tiempo de cosecha, y, ade- 
más de todo esto, siendo ella "la mayor" y viniendo 
luego dos mujercitas más y recién después tres va- 
rones seguidos, tuvo que hacer de varón al lado del 
padre. 

En las mañanas crudas de invierno, cuando el 
campo está blanco de escarcha y el frío es tan in- 
tenso que una gruesa capa de hielo cubre la "bebi- 



(i) ¿Y cuándo nos casamos? 



y ID A RUSTICA 141 

da" y menester es romperlo para abrevar a los ani- 
males de trabajo, Chiquina ataba "su" arado, y 
junto con el padre iniciaba la larga jornada. Para 
no helarse, bajaban del asiento del arado, y lejos 
uno del otro, lentamente, iban al paso de los caba- 
llos, que, en un esfuerzo tenso y continuo, jadea- 
ban, y a cada amelga era menester darles descanso. 
La tierra estaba muy dura, y había que arar hondo 
por temor a la sequía. Un vaho azulino se des- 
prendía del cuerpo sudoroso de los caballos, y Chi- 
quina, palmeándolos, pasaba sus ateridas manos por 
el cuello y los lomos, en busca de un poquito de 
calor . 

Una mañana, manejando las heladas palancas 
del arado, sintió un dolor tan agudo en las manos, 
que se desmayó. El padre llevóla en brazos hasta 
la casa . . . Sus uñas se habían puesto negras y sen- 
tía alfilerazos en los dedos. La madre le tejió unos 
guantes de lana, y al día siguiente Chiquina volvió 
a trabajar. . . 

En verano, para huir del calor sofocante, que 
los hacía padecer demasiado y agotaba a los anima- 
les, aprovechaban la luz de la luna y araban de no- 
che. 

A los días silenciosos, sucedían noches silencio- 
sas. 

Lejos uno del otro, no hablaban; ni aun estando 
cerca tal vez lo habrían hecho: ¿qué habían de de- 
cirse ? Cantar, no se les ocurría . . . además, Chiqui- 
na no sabia cantar, no había cantado nunca. Al- 



142 TIERRA ADENTRO 

zaba la palanca del arado en Ins vueltas, alentaba 
a los animales, y así marchaban. La luz blanca la 
bañaba con claridad uniforme; un poco de sombra 
bajo los ojos. . . y su carita adquiría una expresión 
de serenidad algo adusta. 

¿En qué pensaba Chiquina? ¡Quién sabe! En 
nad^ tal vez . . . No sabía leer ni escribir, ¿ y qué, 
podía tejer su fantasía? 

Un mal año. en que la escasez de trigo no iba a 
compensar los gastos, Chiquina hizo de "pistin" (2), 
y también tuvo que hombrear bolsas. "Es fuerte" 
— sentenció el padre — ; ella tenía 16 años, y el ma- 
yor de los varones, diez; y Chiquina hombreó... 
Por la noche, un fuerte dolor en la cintura no la 
dejó dormir: fué su primer noche de insomnio... 
A la mañana siguiente no pudo levantarse. Su pa- 
dre vociferó; ''¡Vaya, para esto servían las muje- 
res!", y encarándose con su mujer, agobiada por 
el trabajo y agotada por la pérdida de sangre del 
último parto difícil (el décimo), en el que por po- 
co queda ... la increpó : "¡ Sólo a ella se le ocurría 
tener "primero mujeres!"... Otras veces Tonia 
reía del extraordinario "cargo"... pero esta vez, 
debilitada, dolorida, nerviosa, contestó agriamente. 
Ei marido gritó más fuerte, maldiciendo de todo. 
Tonia lloró, y Chiquina también ; los chicos, agrupa- 
dos al lado de la cama, en la que junto con Chiqui- 



(2) El encargado de acomodar las espigas de trigo 
a medida que la espigadora las va arrojando '\1 carro. 



yiDA RUSTICA 143 

na dormían, viéndola allí tirada, sin levantarse y 
oyendo el altercado, sintieron pasar algo insólito, y 
berrearon a coro. El padre salió jurando, terminó 
de cargar solo un carro con bolsas, fuese al pueblo, 
y volvió muy tarde cantando: 

"Mia crava ma (3) 
rut un but, 
cuand'era chuk! 
Coñac e vermut, 
cuand'era chuk". . . 

Estaba borracho, ^osa que le sucedía muy raras 
veces, y siempre bajo la influencia de alguna pena: 
la pérdida de la cosecha, la enfermedad o muerte 
de algún hijo (había perdido dos), la inquietud ante 
el parto de la mujer. . . 

Era su singular modo de arreglar las cosas . . . 
pero era lo único que él era capaz de hacer: no 
pudiendo arreglar nada, quería, así, inconsciente- 
mente, olvidar sus penas, aunque fuera momentá- 
neamente. 

Se emborrachaba y cantaba siempre la misma 
canción ... lo cómico de la letra movía a risa a 
muchos. En general, el emborracharse de vez en 
cuando no era considerado como una gran vergüen- 
za — ¿y por quién? — , y le había valido a él 
el sobrenombre de "Giuseppe de la crava" — José 
de la Cabra — , ya sus hijos, "li cravot" — los ca- 



(3) Mi cabra me ha roto un porrón cuando yo esta- 
ba borracho, coñac' y vermut, cuando yo estaba borracho. 



U4 TIERRA ADENTRO 

britos. A Tonia y a Chiquina la cosa no les 
causaba mucha gracia ; pero, como nadie lo decía 
"por mal", habían terminado conformándose. 

Chiquina no volvió a hombrear más, pero su tra- 
bajo no disminuyó por eso. Tenía ahora i8 años, 
y allí estaba Lichú, que sin más ni más, le pregun- 
taba: "¿Y cuándo nos casamos?" 

¿Y por qué había de casarse con él??. . . Chiqui- 
na, terminando de enjabonar, pasó la ropa a una 
tina y fuese al pozo en busca de agua limpia. Tiró 
el balde, y a grandes brazadas lo fué recogiendo: 
la roldana rechinaba, y la cuerda, muy tensa, decía 
el peso del balde. Lichú la dejó hacer. . . y cuando 
ella volcaba en la tina el agua clarísima, insistió: 
— "Paroto dijo que para antes de la cosecha, me- 
jor . 

— ¿ Por qué ? — inquirió Chiquina, débilmente. 

— Y . . . porque así nos ayudas . . . 

Chiquina lo miró . . . Pocos días antes nada habría 
encontrado que objetar a esta razón; tal vez no le 
^abría parecido muy grata, pero sí natural. 

Trabajaba aquí hasta el cansancio, trabajaría allá 
un poco más, porque estaría casada y porque en 
casa de los suegros el pan siempre es más duro... 
¿Y qué?, ¿no hacían lo mismo muchas de sus cono- 
cidas ? 

Pero hoy Chiquina no pensaba así. Callaba, em- 
pero ; no quería disgustos. Carabínié era "cumpadre" 
de Tonia; "Giuseppe de la crava" lo era de Netta, 
y... 



VTDA RUSTICA ^ 145 

Un día, Carabinié le había dicho a Lichú : 

"Lichú, tienes que casarte; Chiquina — "la fia 
de la mía enmare — es trabajadora"... Y dán- 
dole un fuerte puñetazo — inequívoca muestra de 
cariño — , agregó, en medio de las carcajadas de 
los demás hermanos : "¡ Ti catu un lett !" (4) . 

Todo estaba dicho . . . 

— ¡Eh! ¿me das "del sí?" — repitió Lichú, por 
tercera vez — , y viéndola desprevenida, la enlazó 
por la cintura. 

Chiquina forcejeó por desasirse, y como no lo 
consiguiera, con un rápido movimiento se arqueó, 
alzó de la tina una prenda de ropá'^orreando agua, 
y con violencia se la arrojó a la cara. Lichú la soltó, 
y mientras ella corría hacia la casa, le oyó decir 
furioso: "¡A un altro in la testa!" (5). 

Y sí, tenía "un altro in la testa" . . . pero casi 
temía confesárselo a sí misma, y mayor aun era 
su temor de decírselo a los demás : "¡ un testa de 
guisa!" (6). 



— ¡Eh!, Chiquina: pruntá da mandgé, cuesti por- 
cachún mi lacho fi niente!" — gritó Tonia, sentada 
en un escaño bajo, dando de mamar a su recién 



(4) Te compro una cama, 
(s) Tiene a otro en la cabeza. 

(6) Llaman asi a los criollos. 



146 TIERRA ADENTRO 

nacido, y alejando con el brazo libre al penúltimo 
hijo, quien, llorando, pugnaba por treparse sobre 
sus faldas, no resignado aún a haber sido tan brus- 
camente desalojado de ellas por el nuevo hermani- 
to. . . 

Chiquina, con un haz de leña en brazos, cruzó el 
patio ; su carita seria tenía una expresión suave, 
abstraída. Entró en la cocina, como siempre llena 
de humo. Avivó el fuego del fogón, descolgó una 
gran olla de fierro, y sonrió: una olla de "guisa". . . 
De un cajón, donde se guardaba cubierto con sal, 
cortó una lonja de tocino, quebró su gajito de alba- 
haca, peló dos dientes de ajo y una cebolla; en el 
extremo de la mesa picó todo bien "menudito", echó 
el picadillo a la olla, y puso ésta sobre el fuego. Al 
poco rato, el tocino comenzó a chirriar, y un fuerte 
olor a cebolla frita llenó la cocina. De una alacena, 
Chiquina tomó un plato lleno de porotos cocidos 
desde por la mañana, los volcó en la olla, meneó 
todo con una larga cuchara de madera, y luego lle- 
nó la olla con el agua de la pava, que había comen- 
zado a hervir. La sopa estaba preparada... y sólo 
hacía falta que despacito se fuera cocinando 

Chiquina, levantando la tapa de la mesa, dio un 
vistazo a la batea de amasar: la levadura, prepa- 
rada para el día siguiente, subía. . . 

Provista de un cuchillo, pasó a la pieza contigua, 
separada de la cocina por una "cortina" de arpi- 
llera, en la cual ella había bordado una vainilla con 
hilo rojo. Era éste el dormitorio de los padres, her- 



y IDA RUSTICA 147 

manas y hermanitos chicos: los muchachos dormían 
en la cocina, que también hacía las veces de co- 
medor. 

En el "dormitorio" había dos camas grandes, un 
catre y una cunita. En la cunita dormía el penúl- 
timo hijo. . . En una de las camas grandes, los pa- 
dres y el último "bebé", y en la otra cama y en el 
catre se arreglaban los demás. En la cama de los 
padres, colchón de lana; en las demás, colchón de 
chala, que se renovaba cada año. 

El piso era de tierra . . . 

En un rincón del cuarto, un baúl; a su lado, so- 
bre unos tacos de madera, la bolsa con harina. En 
medio de la pared, un gran cofre de madera de no- 
gal con herrajes de hierro. Cuando Tonia se casó 
— allá en Italia — , sus padres se lo dieron con el 
"fardel" (ajuar) ; hoy estaba casi vacío. . . De las 
gruesas sábanas de hilo — tejidas en el telar de la 
casa — había ido haciendo ropa blanca para ella, 
su marido y sus hijos... ¡Todo estaba tan caro 
para comprar ! . . . 

En las paredes, la mano de cal, dada hacía mucho, 
se había ido descascarando, y quedaban de ella unos 
caprichosos manchones blancos ... lo demás esta- 
ba negro. 

Una estampa de la virgen colgaba de la pared 
(en otras "casas", a falta de una estampa "oficial", 
colgaban una figurita de santo despegada de algu- 
na pieza de bramante marca "Obispo") . 

La estampa no tenía vidrio; el vidrio es un ar- 



148 TIERRA ADENTRO 

tículo de lujo... es frágil... no soporta mudan- 
zas ... 

No hay vidrios en las puertas, ni tampoco en unos 
agujeros más o mencJs rectangulares tapados con 
una madera y llamados "ventanas". Cuando hace 
frío, cerrando puertas y ventanas, los habitante? 
quedan a oscuras . . . Cuando hace mucho calor, su- 
cede oto tanto. 

Copas de vidrio no hay. . . tubo en la lámpara 
tampoco — las más de las veces no hay lámpara — . 
Los que han de madrugar, se acuestan temprano, 
y nadie lee. ni escribe, a no ser (cuando saben ha- 
cerlo) en rarísimas ocasiones: participar un casa- 
miento o una defunción... Los nacimientos no se 
participan por entrar en el orden periódico y nor- 
mal de las cosas ... J 

Botellas, si hay, las usan para guardar líquidos... 
y para hacer un "chair" (luz), uno para colgar 
cerca del fogón, y otro a veces para el dormito- 
rio. . . 

Agujerean un corcho, le introducen un canuto de 
lata, pasan por el canuto una larga mecha retor- 
cida de unos cuantos hilos de tejer medias, llenan 
una botella con kerosén, la tapan con este corcho, 
y el "chair" está hecho. 

Tal es el "moderno" candil. 

Chiquina subió sobre un cajón, única silla de la 
habitación, y con el cuchillo desprendió de las largas 
"guirnaldas" que "adornaban" el techo, cuatro cho- 
rizos (los chorizos se cuelgan generalmente en el 



VIDA RUSTICA 149 

dormitorio, porque en la cocina se ahumarían dema- 
siado...). Bajó del cajón, y desplazándolo hacia 
otro extremo de la pieza, subió de nuevo, y esta vez 
tomó de una ancha tabla colgada de una viga del 
techo por dos alambres, un enorme pan redondo. 

De vuelta a la cocina, puso en la mesa el pan, 
los chorizos, unas cebollas, una pila de platos de 
lata, unas cuantas cucharas, una botella de vino y 
dos jarros para todos ... En un balde, cerca del fo- 
gón, estaba el agua. 

Leche no había ni aun para los más pequeños . . . 

La olla canturreaba suavemente... Chiquina to- 
mó sus agujas de tejer, sentóse cerca de la mesa, 
hizo unas cuantas mallas, y. . . su mirada se perdió 
a lo lejos. . . muy lejos. . . 



— ¡Chiquina! ¡Chiquina! Va pié i chanchu sa 
sun andait unt'el maíz ! — exclamó Giuseppe de la 



crava" . 



Chiquina salió corriendo, seguida de sus herma- 
nitos, que jugaban por allí. 

— ¡ Fe lest ! — añadió la madre, y dirigiéndose 
a don Marco, que se había apeado "un rato", ex- 
plicó : "Sta sempre con la testa al aria" . . . 

— Pero siempre anda trabajando... 

— E sí, trabacando . . . ma pero . . . 

— Déjela casar, pues... los pajaritos en prima- 



150 TIERRA ADENTRO 

vera cantan y lueguito no más hacen nido. Y ella 
la pobreciía . . . 

— E bueno, Lichú aspeta ... — terció el padre, 
dejando de hachar leña. 

— i Qué Lichú ni Lichú ! ¿ Y no vido que no lo 
quiere ? 

— ¡Bah! No lo quiere. . . ¡dopo lo va querer! 

— i El gringo éste ! — exclamó don Marco entre 
indignado y burlón. — ¿Y no vido usté, cuando es el 
tiempo, a la hembrita del tordo, sentadita en una 
rama mirando y remirando a los tordos renegri- 
dos, que de la rama al suelo y del suelo a la rama 
dale no más pelea y canto ... y silbar y saltar ? 

Y si la hembrita elige del que más gusta; y 
si ella sabe lo que es querer, ¿no lo va a saber 
su hija?... Si la hacen trabajar al gusto di uste- 
des... ¡déjenla casar al d'ella! El mozo es güeno, 
yo se lo digo! desde chicuelito lo conozco. 

— ¡Un testa d'guisa! — dijeron a dúo los padres. 

— ¡Ya saltó la liebre pal monte! ¡Ahura sí que 
"naides" me ataja! Tuito lo voy a cantar, y si cae 
palo ... ¡ aguanten ! Porque ya que dicen testa de 
guiso. . . Bueno: pal baile e Santa Rosa yo "los" vi- 
de. Bailó con Lichú, y el mozo será trabajador. . . 
pero pal baile. . . bueno, qu'ella tampoco es muy 
"sabidora", porque ustedes los gringos son asina; 
d'Italia vienen sabiendo bailes que da gusto verlos 
agraciaos y ligeros, pero. . . lo qu'es enseñar a los 
hijos ¡paqué!... El "otro" la sacó den después,.. 
y es guapo el mozo! 



VIDA RUSTICA 151 

— ¡ E . . . sí, bailare ! 

— ¡"Bailare" y trabajar! qu'esto no le quita el 
lustre pa lo demás ! Bailó y le compró un ramito 
e pensamientos, destos que vendía la Rosarito — 
Dios la tenga en su gloria — , y Carabinié lo vido 
y dice : "II creollo tira la plata". ¡ Cada uno pa sus 
gust'Qs ... li contesté ; el mozo "ése" será que la 
tira pa unas florcitas, y uno que yo sé... la tira 
pal copetín . . . 

— Da vero, ma. . . 

— ¡ No hay "ma" que valga ! Emparvar sabe, y si 
no que lo diga don Pedro, que cuanr'o Yuanin jué 
pa la conscrición, "él" l'emparvó ! Y que sabe arar 
y sembrar, eso dígalo usté. . . y que pal alfa es gua- 
po, tuito el mundo lo dice; y que pa hombrear tam- 
bién! y pa trenzar un lazo juerte de cuatro y seis 
tientos y pa sobar a puño un cuero y cortarlo fi- 
nito y hacer un bozal lindo : ¡ no hay gringo que 
le gane ! ¡ y menos pa boltiar un animal ni pa aman- 
sarlo! Diga, pa la yerra de lo de don Toribio Ve- 
leta, ¿no si acuerda? el tordillo aquél?... que se 
lo jué llevando a Santos? "El" con su caballito 
tostao, "antes muerto que cansao" ... le tiró el la- 
zo. . . le buscó el lao. . . jué aflojando, aflojando. . . 
y cuando afirmó... ¡el lazo cimbró! y se lo trajo 
al tordillo patas pa'arriba! 

Y don Marco reía ante el recuerdo de la hazaña... 

— Es buen criollo — prosiguió. — Déjenlos que 
se casen . . . ¡ Claro qu'es pobre ! tuitos lo somos . . . 
sólo que, usté lo sabe... a los gringos, como que 



■ - . I 



152 TIERRA ADENTRO 

tienen con qué responder, en el pueblo les fían... 
y al criollo ¡ que pague al contao ! Y con todo, a la 
güelta del año no sé yo quién tendrá más... Uste- 
des cuando vienen, el gobierno con algo los ayuda... 
Entre paisanos se dan una mano ; en el pueblo gran- 
de tienen una sociedá. . . Del criollo, el gobierno no 
si acuerda sino pa la "conscrición". . . y después 
del encierro lo largan, las más de las veces tan bu- 
rro como dientró. Mire si no al hijo de Moyano, 
el del carbón . . . dientró sin saber ler y salió Ic^ 
mesmo. . . 

Entre paisanos pobres, más que palabras... ¡qué 
nos vamos a dar! Los criollos ricos... los doto- 
res... hacen siempre lo que pa l'última eleción: 
nos buscan zumbando como nube e mosquitos, ¡ ma- 
rean, caray ! ; a la fin : ¡ zaz ! nos chupan el voto 
y luego: ¡si te visto no mi acuerdo!... 

"El" sabe leer... y Chiquina no sabe. ¿Y usté, 
don José de la crava?, terminó don Marco mirán- 
dolo con mal disimulada malicia... 

— Algo. . . algo. . . — contestó don José. 

"El"... "él"... nadie lo quería nombrar, pero 
todos lo tenían presente. . . 

Don José se levantó, cruzó un alambrado, juntó 
unas cuantas espigas de trigo y se las alargó a don 
Marco, diciendo : 

— Dopo tanto trabaco e tanto aspetar, el trigo 
viene "chuzo". Guarda. 

Desde la ventanilla del tren, los trigales podían 
parecer espléndidos. "Vean qué hermosura, | si pa- 



r- 



PIDA RUSTICA 1Ó3 

san los alambrados!" Tal era seguramente la ex- 
clamación de los viajeros... Pero vistos de cerca, 
las espigas tenían un inquietante tinte blancuzco y 
erguíanse sobresaliendo de las muy altas matas de 
trigo "que se habían ido en vicio". 

Espiga derecha en tiempo de corta, espiga va- 
cía. . . Habían sucedido a la prolongada sequía llu- 
vias torrenciales; el trigo brotó y creció con rapi- 
dez pasmosa — como deseando, con desesperación, 
recuperar el tiempo perdido — y en lucha desigual 
con los yuyos, que habiendo recibido la lluvia a "su" 
tiempo, pugnaban por ahogarlo. 

Más veloz que el crecimiento del trigal, levantóse 
la esperanza anhelante de los chacareros ; y abrien- 
do sus infatigables alas, se remontó alto, muy al- 
to. . . bañándose en la luz de oro del más dulce 
sueño: el del trabajo por fin recompensado. Pero. . . 

Se formó la espiga, floreció ... y cuando se re- 
quería la fresca brisa, que en "época normal", ha- 
ciendo ondular suavemente los trigales, sacude y 
transporta el polen, vinieron fuertes aguaceros, "la- 
varon la flor", y muchos granos quedaron sin "cua- 
jar". . . 

En seguida un sol implacable, que en los últimos 
días de sazón hubiera dado al trigo el soberbio co- 
lor oro de su plenitud, secaba ahora en plena for- 
mación los granos recién fecundados... Y las bar- 
bas y envolturas del trigo, como inútil hojarasca 
que ya nada protege, tenían el aspecto y aspereza 
de blancas escamas muertas . . , 



154 TIERRA ADENTRO 

— ¡ Se viene una "nebia" ¡ adió ! ni sacamos tri- 
guillo ! 

— ¡ Qué "nebia" quiere que venga, amigo, si por 
las mañanitas el tiempo está más seco que ubre de 
vaca machorra ! — contestó don Marco riendo ; pero 
en seguida, acompañando en su pena al colono, 
agregó : 

— ¡ Qué le vamos hacer ! . . . Si cada cosa "quiere 
su tiempo" . . . Nació el trigo tarde y el tiempo no 
li acompañó . . . ¡ Veia el maiz, si nunca lo vide tan 
lindo ! 

Y don Marco, deseoso de retemplar el ánimo de 
todos, como quien pasó la vida eligiendo "del mayor 
mal el menos" . . . señalaba entusiasmado los loza- 
nos maizales: altos, tupidos, con las largas, lustro- 
sas hojas verdes brillando bajo el sol como los cam- 
biantes reflejos de un lujoso ropaje de raso, y co- 
ronados por el penacho verde lechoso de sus flores. 
¡Una floración soberbia, y en los rastrojos ni un 
yuyo! 

— i Si da gloria verlos ! 

"Don José de la crava" permanecía silencioso... 
Sí, el maíz compensaría en algo la casi total pér- 
dida del trigo, pero para él este triunfo del maíz 
significaría el inminente desalojo del campo. . . 

El dueño, "señor de seis leguas", había dicho : 
"estoy cansado con el trigo ; si este año viene mal, 
¡a la calle los piamonteses, y que vengan romanólos 
para el maíz !" 

"Los romanólos . . . porque tienen el hambre más 



VIDA RUSTICA 155 

dura" — explicaban con cierto rencor los piamon- 
teses. 

Todo le iba mal: ¡irse una vez más! Deshacer 
la casa, cegar el pozo, ambular. . . dar con un te- 
rreno donde encontraría una tapera, "restos" del 
paso de algún colono como él . . . 

Reedificarla, con rabia, sin cariño, con casi -a 
premeditación de no hacer nada sólido ni grato por- 
que el año menos pensado habría que tirar todo al 
suelo!... No plantar un árbol, ni tener un jardín; 
no envolver la rusticidad de la vivienda en el abra- 
zo florido de la enredadera que perfuma, alegra 
y da sombra a cambio de algún cuidado. ¡ Nada, 
nada que lo atara, que lo conmoviera ¡por temor 
de sufrir más cuando hubiera que irse! Unos cuan- 
tos algarrobos, ¡bendición nunca bastante alabada!, 
eran todo el lujo de su actual vivienda: protección, 
verdor, solaz de todos, alegría de sus hijos, que 
jugaban al amparo de su sombra amiga. Un nidito 
de hornero, primorosa obra de ingenio del hués- 
ped alado, adornaba al más añoso, testigo del pri- 
mer coloquio de amor de Chiquina con Zenón Al- 
mada: 

— Chiquina, si la hornerita tiene su "casa", mire... 
¿por qué un día, trabajando yo mucho, no he de 
hacerle la suya?. . . 

¡ Chivit ! ¡ Chivit ! — aprobó alegremente desde 
lo alto la hornerita. 

— Me voy a la corta, pa eso soy buen parvero. 
Rejunto la platita, no la ie di gastar. . . porque la 



156 TISRRA ADENTRO 

quiero. Yo la quiero, Chiquina, ¡si es tan linda!, 
¡si es tan buena! y siempre la vide trabajando. 

Chiquina lo miró. Una onda de vida nueva, des- 
conocida, la estremecía toda; no dijo nada. . . pero 
el azul casi frió de sus ojos tenía ahora el ater- 
ciopelado suave de un linar en flor blandamente 
mecido por la brisa . . . Con el amor había llep^ado 
para ella lo más bello: el ensueño. . . 



"Mía crava ma 
rut un but . . . 

Tonia palideció, y a Chiquina se le nublaron los 
ojos. Giuseppe entró con paso inseguro. . . La mu- 
jer inquirió ansiosa : 

— II patrún noi lach esté? (7). 

— II patrún a lacha nin esté! Lai chamai sa vel 
caté li chape d'zinc : ¡ la dime que no ! Lai chamai 
sa vel caté le chape d'zinc del pus : ¡ la dime que 
ijo!. . . E addes. . . ¡ Porta vía tut e la ca va dgi! 

Don Giuseppe dio un puñetazo en la mesa, luego 
se sentó y cubrióse la cara con las manos. . . 



(7) ¿El patrón nos deja estar? 

— ¡El patrón no nos deja estar! Le pregunté si quería 
comprar las chapas de cinc: ¡me dijo que no! Le pregunté 
si quería comprar la puerta; ¡me dijo que no! Le pre- 
gunté si quería comprar las chapas del cinc del pozo (se 
colocan para evitar el desmoronamiento de la tierra) ; ¡me 
dijo que no! Y ahora... ¡me llevo todo y la casa se ven- 
drá al suelo! 



y ID A RUSTICA 157 



La chata de fletar trigo lleva los implementos 
de labranza, las chapas de cinc. . . la puerta, . . los 
escasos muebles . . . 

Un carro, prestado por don Pedro, transporta la 
jaula con las gallinas, un cajoncito con las palomas 
y dos cerdos fuertemente amarrados que gruñen sin 
cesar. . . 

Los perros corretean desorientados, menean la 
cola y miran como interrogando . . . 

En los carros y en un sulky se ha distribuido la 
familia. La algazara parlera de los chicos domina 
todos los ruidos y contrasta con la tristeza del mo- 
mento... Ajenos a ella, ríen... comentan... en- 
cantados ante la perspectiva de un viaje. 

No dejan tras sí recuerdos... Vidas nacientes, 
sólo viven las horas que pasan . . . 

Los muchachos mayores arrean la pequeña tro- 
pilla de caballos. 

Zenón Almada, desde su montura, vigila y dirige 
todo el convoy. 

— ¡ Vamos ! — le dice a don José, quien contempla 
el campo ... la tapera . . . 

— ¡ Vamos ! — llama sonriendo a Chiquina, la que 
esboza un gesto de adiós en dirección a los chañ.a- 
res . . . 

Desde "su casita" la pareja de horneros los mira 
alejarse. . . 



."^-«•í^jiSrrr'r 



158 TIERRA ADENTRO 

— ¡ Oo, Cebruno ! ¡ Oo, Moro ! ¡ Vamoo ! . . . 

Una nube de polvo se levanta; el viento se la 
lleva . . . 

Zenón se acerca al carro que guía don José: 

— Para vencer la mala suerte seremos dos aho- 
ra, y un día ¡caray! la he de pialar! Mi platita es 
suya, don José. El campo nuevo es bueno, el arrien- 
do es largo, cinco años. . . y el patrón es "otra gen- 
te". Veía. . . al despedirme, me dijo: "Sea feliz con 
su gringuita, trabajen todos... El campito arren- 
dao será un día suyo, amigo". 

Es un suefio, piensan Giuseppe y Tonia . . . Será 
una realidad, sueñan Chiquina y Zenón. 

Cruzan el montecito : Cuú . . . cuuú . . . arrullan 
las palomas. Una familia de cardenales, veloz pasa 
volando; los copetes de fuego parecen un ardiente 
llamado a la vida . . . 

A la salida del monte don Marco los espera: 

— No les digo adiós, porque pa ver a los amigos 
nunca un camino es largo. . . 

Los dos criollos, desde sus cabalgaduras, se dan 
un apretado §brazo. 

Los varoniles y bien cortados rasgos de Almada 
tienen la bella expresión de una firme voluntad que 
tiende hacia un norte. 

El amor, que "nunca quiere algo en vano", a pe- 
sar de los malos designios de los hombres, a pesar 
de la ciega destrucción de los elementos, iba a ser, 
una vez más, la fuerza creadora ... 

Don Marco contempla a Chiquina, luego a Ze- 



VIDA RUSTICA 159 



non, y acercándose a don José le dice en tono fes- 
tivo, para romper tal vez ... la emoción de la -des- 
pedida : 

— Al que quiera ponérsele a este mozo por delan- 
te, dígale de mi parte: dice el viejo don Marco: a la 
olla que hierve, ¡ bueno es que no la crucen moscar- 
dones ! 



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alegría de la chacra 



Apuntes de "La Vera". 

f aiga una fina llovizna o brille el sol ; se resque- 
^■^ braje la tierra reseca, o el lozano verdor de los 
pastos tiernos la cubra; se agite en ondas sin fin 
el opulento trigal, o lo atormente el terrible azote 
de la sequía; vibre llena de trinos la tupida fronda 
del monte, o gima azotada por el vendaval; se ele- 
ve una voz amiga en el camino triste, silencioso, 
polvoriento, "sin traer ni llevar nada" y se pierda 
allá en el confín... al borde del camino, bajo la 
llovizna o el sol, acariciado por la brisa o desafian- 
do ei. viento helado que atenacea, en lucha sin tre- 
gua con el acaso, con empecinamiento indomable, 
irenovando desesperadamente cada año, ¡el hom- 
bre rotura y siembra la tierra ! . . . 

Al margen del trabajo y de la vida, rudos, por 
pocos, muy pocos años, se desliza sonriente la vida 
de los pequeños. Durante pocos años crecen despre- 






162 TIERRA ADENTRO 

' ■ — > 

ocupados, dulcificando con la suavidad de sus tier- 
nos años las asperezas de las faenas diarias. 

Cuando la calma del crepúsculo se extiende 
ahondando el silencio del campo, regresa el labra- 
dor, y al alzar en brazos al más pequeño de sus 
hijos, esta dulce carga le da fuerzas para soportar 
todo el peso de su vida laboriosa. 

Cuando en su grande y ruda mano, como en la 
tibieza de un nido, se apelotona la manecita de su 
hijo, su frágil pequenez le da fuerzas de titán. 

¡Manecitas que por lo pequeñas retemplan! 
j Bracitos que al ceñir un musculoso cuello buscan- 
do protección, creyendo salvarse, salvan! 

¡ Cabecitas confiadamente adormecidas sobre un 
rudo pecho buscando amparo: hacen vivir! 

j Ojos velados por el sueño, sonrisas suaves, ri- 
zos humedecidos por gotitas de sudor, tan distinto 
del que luego te arrancará la tierra ! . . . frágil ter- 
nura, sin quererlo, eres tú quien infundes a los 
hombres un poderoso e indomable esfuerzo hacid 
adelante! 

Al margen de la vida ruda, "ellos" ríen. Ai 
margen del día laborioso "ellos" juegan. En uno 
de sus dias, helos aquí: -t^f-íS 

PERSONAJES 

Quice. — Bdad, seis meses, ojos azules, rubio\^ 
muy blanco. En la casa, por unanimidad se le 
declara lindísimo. Lleva concienzudamente las 



w 



lis 



alegría dé la chacra i 63 

manos a la boca y sonríe a todo: personas, árboles 
y animales. 

Vecha. — Tres años, ojos grises, rubiecita, na- 
riz respingada, mentón con hoyuelo. Protesta rui- 
dosamente todas las veces que se la lava y peina; 
por lo demás, en seguida de peinada, se quita el 
moño. Repite cuanto oye, y de su repertorio per- 
sonal emplea con marcada preferencia: "la Vecha 
quere", "la Vecha no quere". 

AuRiTo. — Cinco años, ojazos negros, cabello 
ensortijado con reflejos cobrizos. Tez trigueña, 
cachetes muy rojos. Grandote, macizo. Seriedad 
y serenidad imperturbables. Se descalza todas las 
veces que lo calzan. Como hace calor, no tolera 
sino muy poca ropa. Cuando la madre lo viste, él 
se resigna momentáneamente a todo lo que consi- 
dera superfino . . . pero en seguida, con paso firme, 
sale de la cocina y entra en el gallinero — si es 
que encuentra la puerta abierta — y si no, al jar- 
dín, cuya puerta "sabe abrir"; y ya sea entre las 
gallinas, que, por supuesto, no le dicen nada... o 
bajo un gran duraznero que tampoco le repren- 
de. . . procede, antes que todo, a quitarse las al- 
pargatas. ¡Qué trabajo ímprobo cuando la ma- 
dre las ha ceñido con varias vueltas y con nudo! 
¡Imposible desatarlo!... Entonces forcejea hasta 
sacarse la alpargata, atada y todo. Medias no se 
saca, por la sencilla razón de que no las tiene. Lue- 
go, de pie, echa los bracitos hacia atrás y trata de 
desabrochar el delantal; generalmente, no lo con- 



i64 Tierra ADBÑtko 

sigue; entonces tironea hasta hacer saltar el único 
botón que lo sujeta. Ya en camisa (que apenas 
pasa el ombligo, y cuyo largo escaso no es necesa- 
rio explicar...) y en bombachas, sostenidas por 
un solo tirador que le cruza el pecho, se siente 
¡ libre al fin ! y dueño del mundo entero . . . Sin 
embargo, la espesura del monte lo intimida, y si se 
aventura por ella, no bien los árboles le ocultan la 
vista de la casa, alga alarmado grita: "¡Máama!" 
La madre contesta : "¡ Hijo !'\ y Aurito recobra to- 
da su tranquilidad. 

Si tiene sed, no va a las casas en solicitud de 
agua; la madre está siempre muy atareada, y ade- 
más habría que dar interminables explicaciones 
sobre dónde están las alpargatas, etc.. Prefiere 
ir,, pues, al bebedero, y en el sitio más limpio, cer- 
ca del flotador, allí donde el agua corre siempre — 
lugar que también ha elegido el toro para abrevarse 
— inclina su cabecita y bebe . . . 

ESCENA PRIMERA 

■,,', . ,, * ■, . ... 

Hora : de mañana. Sitio : patio del galpón, en 
el cual la espigadora — que ha sido sacada del 
reparo donde descansó muchos meses — , ya revi- 
sada y lubrificada para la corta que se avecina, 
domina la decoración. . . conjuntamente con la 
chata que ha sido armada en "jaula" para recibir 
las espigas. 

En la lagunita, sombreada por los sauces, nadan 



ALRQRÍA DB LA CHACRA 165 

silenciosamente los patos; y en la orilla un cerdo, 
enterrándose en el lodo, gruñe ... 

EN escena: Vecha y Aurito 

Vecha. — (Señalando la altísima chata). Subi- 
me aya, bos che. 

Aurito. — (Con fuerte tonada cordobesa y di- 
simulando enérgicamente el porqué de la negati- 
va). Ti bas a cáir, ¡no quiero! 

Vecha. — (Poniéndose muy colorada) ¡La 
Vecha quere! 

(Se oye el cacareo de una gallina). 

Aurito. — ; Oí, che ! Canta la guaira en el 
galpón. 

Vecha. — ¡Oh! Che, la... la... canta!... 

Aurito. — (Sentenciosamente). Puso un 
güevo. 

Vecha. — (Repitiendo y ampliando). ¡Un 
güevo rico! 

Aurito. — ¡Vamo a buscarlo, che! 

(Aurito corre hacia el galpón, y después de in- 
tentar en vano penetrar en él por una angosta bre- 
cha dejada entre las dos hojas corridas, queda un 
momento indeciso, y luego exclama) : 

— Por el otro lao si dientra mejor! 

(Aurito y Vecha, corriendo, desaparecen detrás 
del galpón. Al "ratito" parten de éste gritos de 
Vecha, terribles, desaforados, agudos... Ruido de 
puertas que se abren, y dos madres salen pálidas 



.tyaiRifüJí.r 



166 TIERRA ADENTRO 

corriendo. "¡Vecha!", grita una. "¡Aurito!", lla- 
ma la otra. El galpón es abierto por una mano vi- 
gorosa . . . Vecha, alzada por dos brazos que la es- 
trujan: "¿Pero qué hay? ¿por qué gritas?) 

Vecha. — (Todavía sollozando), j Maamita, un 
bicho ! . . . i Un bicho gande ! . . . gande ! 

Voces : ¿ Qué bicho ? ¿ Dónde ? 

AuRiTo. — (Un poco pálido, pero sereno, desde 
lo alto de unas bolsas, y con el "güevo" en la ma- 
no). Una "raatita, no má... pasó po aya. (Dirí-v 
giéndose desde lo alto a "su" madre y tendiéndole 
el güevo). Tome, mama, el güevo de la guaira... 
(Va bajando con cuidado). 

La madre toma a Aurito en brazos y lo estrecha 
fuerte... muy fuerte: "¡Muchacho! ¡Ah, mucha- 
cho!" 

ESCENA SEGUNDA 

Hora: por la tarde. Sitio: bajo los árboles. Una 
m.esa. Sobre la mesa, un libro con láminas. "Al- 
guien" lo hojea, teniendo a Quico en brazos. 

Vecha y Aurito, disponiendo de todo el espacio 
necesario para mirar cómodamente, se empujan. . . 

Vecha. — ¡La Vecha pamero! 

Aurito. — ¡ No quiero ! 

(Una lámina coloreada, hallada a tiempo, evita 
las enojosas consecuencias del altercado que co- 
mienza . . . ) 

Vecha y Aurito (juntos), f— ¡Oh! 



«I 



.alegría de la chacra 167 

AuRiTo (explicando). — Un cabayo qu'estira 
el cóogote . - 

Vecha. — I Un cabayo lindo, lindo! 

(Quico quiere llevarse el caballo a la boca. . .) 

AuRíTo (sujetando la lámina y "analizando"). 
— Mira che, mira; hábia sío "chupino" (i) fierazo 
no má! 

(Al pie de la lámina, se lee "Jirafa"). 

AuRiTo. — : ¡ Da güelta, che ! 

(La orden es ejecutada) . 

AuRiTo Y Vecha. — ¡ Uy ! 

(Un silencio. Profunda observación). 

AuRiTo. — Paese don Visitación, pues. 

Vecha. — Paese "bulito". (Así lo encuentra lin- 
do. . . y acaricia la lámina, titulada — ya se habrá 
adivinado — "Mono". Un silencio). 

Vecha. — La Vecha quere da güelta. 

(Lo hace, tomando muchas hojas juntas, y apa- 
rece una lámina con mariposas. El arte litográfico 
Im agotado allí todos sus recursos, y el efecto es 
realmente lindo. Las exclamaciones admirativas no 
tienen fin . Vecha las besa . . . Quico chilla, pasan- 
do sobre la lámina sus deditos mojados con sa- 
liva . . . ) 

AuRiTo (Después de un rato de reflexión). — 
Paese . . . ¡ muchas flores ! 

¡ En esto, del árbol cae una oruga) . 

Vecha (Gritando). — ¡El bicho malo! 



(i) Sin cola. 






168 ?^' TIERRA ADENTRO 



AuRiTo (Enérgico). — Cayate, zonza. (De un 
manotón tira la oruga al suelo y con su "patita" 
descalza la aplasta). ¡Toma! 

Vecha (Recoge su vestido, de por sí ya bien 
corto, mira los "restos" de la oruga y golpeándola 
a su vez con el pie, dice) : — ¡Toma, bicho malo! 

(Alguien intenta explicar que de orugas así salen 
luego lindas mariposas). 

Vecha (Abriendo mucho los ojos y en tono de 
admirativa interrogación). — ¿Maripocha linda? 

AuRiTo (Con una expresión indescriptible, pre- 
gunta) : — ¿Y por qué, che? 

ESCENA TERCERA Y ULTIMA 

Hora: el anochecer. Sitio: una barranca del 
monte. 

La alfombra de colores se ha ido borrando. 
Las flores color oro vivo del "vinagrillo" se han 
cerrado en apretados cucuruchos; también se han 
p'.egado !os rosados pétalos de la flor del "malva- 
visco" y las hermosísimas "flores de seda" de ua 
ardiente color de púrpura. 

En cambio, la misteriosa, blanca, enorme flor de 
"pensa" se ha abierto, y sobre el fondo oscuro de la 
barranca parece una estrella. Los "claveles del aire" 
lucen su belleza. Y las matas del "^iQ^o de azahar" 
perfuman todo el monte. 

Los pájaros lanzan sus últimos trinos y buscan el 
abrigo de la rama amiga. Una leve brisa agita el 



-j¡^' 9''> 



alegría de la chacra 169 

finísimo follaje de los algarrobos, y las ramas ex- 
tendidas parecen agitar tenues ve'os. Tras el mon- 
te, el resplandor rojizo del sol se ha ido diluyendo 
en el violeta del crepúsculo que avanza. 

El boyero arrea la hacienda; los terneros balan, 
}• el grave mugido del toro se prolonga en la espe- 
sura del monte. 

De los alfalfares llega el fresco aroma de su 
verdor y de sus flores, y el pasto recién cortado su- 
ma su perfume al aura que pasa... 

En el cielo se adivinan las primeras estrellas. Si- 
rio, muy brillante. Canope de la Nave, el rojizo Ri- 
gel, llamado "la guía del lucero" . . . 

Un poco más de sombra en la tierra, y el cielo 
se ilumina maravilloso de belleza eterna. 

Sentados en el borde de la barranca, los chicos, 
cansados' de trajinar todo el día, están silenciosos. . . 
también callan los grandes. 

La luna asoma. . . 

Veciia (señalándola). — ¡Oh, la luna linda! 

AuRiTO. — Está "pegada" en el cielo. 

(Pasan volando unas luciérnagas) . 

Vecha. — ¡Estellas! 

(Quico se ha dormido; en sus puñitos cerrados 
parece apretar fuerte, muy fuerte, la vida . . . ) . 

AuRiTo (Dirigiéndose a uno de los "grandes" en 
tono muy amabk) : — ¡Contá un cuento, che! 
¿Querís?. . . 

Una voz. — Había una vez. . . 



JUNTO AL MONTE 



PARECEN simbolizar los algarrobos la vida ruda 
y batalladora de estos campos. Ellos cavan 
muy hondo sus raíces en busca de agua. Por ellas 
se aferran fuertemente a la tierra en demanda de 
apoyo contra la fuerza del viento. De sus troncos 
corpulentos, bajos, retorcidos, nacen las ramas ex- 
tendidas hacia la luz, en ademán de brazos que lu- 
chan y se levantan como un clamor. 

En el invierno, las ramas, desnudas, negras, es- 
pinosas, subrayan aún más su aspecto hosco, ceñu- 
do, de ser que concentra toda su voluntad en no mo- 
rir. Y cuando en las largas noches el viento silba 
azotando el monte, las ramas se agitan con gestos 
fantásticos que las sombras agigantan chocando en- 
tre sí con ruido de madera seca. A veces resuena 
el breve clamor de una queja... Es algún gigante 
que cae hendido por el rayo o vencido al fin por el 
huracán, bajo cuya furia todo el monte brama y 
resiste ! . . . 



172 TIERRA ADENTRO 

No es fácil la vida para el monte; tampoco lo es 
para el hombre. 

La casucha del hombre tiembla en el llano. E^;- 
cienden allí una luz, para sentirse menos débiles y 
menos solos, mientras el viento y la noche pasan. . , 

Vuelve la aurora, renace la calma, el bosque 
aquietado parece descansar. El hombre, después de 
una noche de borrasca, at4 los arados, rotura la tie- 
rra y entrega con la simiente a los surcos su espe- 
ranza siempre renovada. 

Pasan los días . . . muchos días ... El hombre in- 
terroga cien veces al cielo, escudriñando el horizon- 
te en espera de la nube que ha de traerle la lluvia. . . 

En la tierra resquebrajada por el grano, la vida 
que surge espera también. Y el bosque, con sus ra- 
mas extendidas, semeja clamar por agua. Si el cielo 
permanece inmutable en su azul tan bello, pero que 
ya al hombre desespera; o si las nubes cruzan len- 
tamente, perezosas, sin darle agua. . . entonces, en 
las casuchas, en los campos, en el monte, todo es 
triste. . . y los remolinos de tierra reseca que el vien- 
to levanta en danza loca, parecen llevar, así, por los 
caminos, el árido dolor de una esperanza que se es- 
fuma . . . 

Pero si la lluvia llega por fin y reverdecen los 
campos, entonces el retorno de la nota de color trae 
consigo un raudal de vida, y la primavera se anun- 
cia desde lejos en el monte, con todo el poder de la 
savia despertada que circula empujando los retoños 
y abriendo las yemas! 



JUNTO AL MOHTB 178 

El monte pierde su ceño adusto, y en él resuenan 
los primeros cantos. 

No responde la chacra a estos preludios de fiesta. 
Para el hombre, la inquietud aun no ha pasado. 
Crece el trigo, florece; hay en las madrugadas el 
peligro de la helada tardía; cuaja el grano; se in- 
clina, cada día más pesada, la espiga; en todo nu- 
barrón que asoma se teme la manga de granizo . . . 

La negra ramazón del monte se ha escondido ba- 
jo el finísimo y tupido plumón de sus hojas. Laí 
ramas parecen agitar largos velos, a través de cuyo 
sin par calado el cielo resplandece. 

¡ Nada tan hermoso como la rudeza fuerte del 
algarrobo vestida de suavidad! 

En los nidos palpita una nueva vida. Todo el 
monte canta en el gorjeo triunfal de los pájaros. 

El sol, que día a día alarga su ruta, dora los tri- 
gales; el viento agita la pesada onda de mies ya 
madura, y recién entonces, al levantar las parvas 
de oro, surge de las chacras el canto que, uniéndose 
allá con la armonía del monte, se eleva en un himno 
de alegría! 



•r 



Y, así, el hombre recoge su pan. . . 

¡ Que el recuerdo de su trabajo, unas veces per- 
dido y otras recompensado, sólo después de tanta 
zozobra, abra su espíritu a la idea de poder un 
día dominar el azar, reducir la inquietud, no ser allí 



174 TIERRA ADENTRO 

en el llano, contra la tierra, tan sólo un juguete de 
las fuerzas brutas que le dan todo o todo se lo 
quitan ! 

¡ Que tienda a ser fuerte en la unión con sus her- 
manos de trabajo, que arraigue una sólida vivienda, 
que se sienta dueño de su suelo! 

A la vera del monte, que tantas veces refleja su 
propia vida, levantará una escuela. . . y cuando, ape- 
nas recogida la cosecha, de nuevo hunda el arado en 
la tierra, que su esperanza se agrande con la pro- 
mesa de los hijos que allí en la escuela — que tam- 
bién abre su surco — afirman en la visión de una 
mejor, más amplia y hermosa vida, la "voluntad" 
de conquista! 



# 



EN TIERRAS DE RIEGO 



El, zumbido de un enjambre de abejas, con la mo- 
nótona tonalidad de una onda sonora que ya se 
acerca, ya se aleja, variando de intensidad pero no de 
sonido, rumoreaba bajo los durazneros cargados de 
fruta "pintona" y se perdía en las interminables 
hileras de cepas florecidas. 

Por entre los camellones, regando la viña, corría 
el agua de la acequia canturreando suavemente, y, 
a rachas, traído por la brisa, llegaba el grave rumor 
del agua del canal que, saltando espumosa por el 
desnivel del suelo, de peldaño en peldaño, en un em- 
puje sin fin, venía arrastrando y puliendo los cantos 
rodados, traídos desde allá arriba, muy lejos, de la 
montaña. 

Por momentos, sobre el turbión de su agua in- 
quieta, sobrenadaban grandes y pequeños trozos de 
piedra pómez, que chocando entre sí con áspero ro- 
zar de papel de lija, iban corriendo abajo, o, to- 
mados por un remolino, eran empujados bajo el 



176 TIERRA ADENTRO 

arco del puente y formaban montón al pie del 
pilar. 

Arrojados del seno de la tierra por quién sabe 
qué erupción volcánica, habiendo brillado un ins- 
tante en la noche con el insuperable resplandor de 
un ascua que se da toda en luz y caloQ rodaban aho- 
ra, frías, grises, muertas... 

Los erguidos álamos de las trincheras — que for- 
man cuadro hasta perderse de vista y cercan las 
fincas defendiendo el paciente trabajo del hombre 
de los salvajes asaltos del huracán — movían ape- 
nas sus brillantes hojas, y bañados de luz, parecían 
gigantes coronados de deslumbrantes cascos de oro. 
Había oro en el ribete de las pesadas nubes grises, 
ir'móviles y como prendidas en los altísimos pica- 
chos de los Andes, en una fantástica visión de oc- 
cidente. 

Oro en el fino polvillo del blanco camino, y en 
las alitas del rumoroso enjambre de abejas. Oro 
en la ondulante cabellera de los sauces y en la deli- 
cadísima transparencia de los nuevos sarmientos, 
que sobresaliendo de los hilos de alambre tendidos 
para el sostén de la viña, movíanse libres, lanzando 
ios zarcillos al espacio como queriendo prenderlos 
de un rayo de luz. 

Reflejos de plata en los alambres, en las precio- 
sas hojitas de los olivos y en el revés de las grandes 
hojas de los carolinos. 

Resplandor de plata bruñida en el azadón de 



EN TIERRAS DE RIEGO 177 

acero que manejado diestramente, encaminaba por 
los surcos el agua del riego. 

Resplandor de plata en la reja del arado que re- 
movía la tierra por entre los frutales. 

Trabajo, color, perfume, sonido : todo fundíale 
en la bella placidez de la tarde. 



El áspero rechinar de un pesado carro, que su- 
biendo lentamente la loma enfrentaba la tranquen 
de la finca, despertó de su modorra al perro guar- 
dián, que se incorporó bruscamente para quebrar 
en seguida su gruñido de mal humor en un largo 
bostezo : los que venían eran de casa ... y volvió 
a echarse. 

— Manolín ! ¡ Anaa ! ¡ la tranquera ! — gritó uní 
voz; 3' antes que dos rapazuelos, igualmente rubios, 
sucios y desgreñados se descolgaran de un guindo 
donde a escondidas de los padres "robaban" la ape- 
nas madura fruta en complicidad con los go- 
rriones, la figura menuda de la vieja Francisca aso- 
mó tras el larguísimo galpón-bodega, hecho de ado 
be sin revocar, como las demás "construcciones" da 
la finca. 

— ¡ Bandidos ! ¡ ahora sí con el padre ! — amena- 
zó sin mayor convicción, mientras los chicos, a todo 
lo que daban sus piernas, corrían hacia la tranquera 
y con el unido esfuerzo de sus flacos, pero fuertes 
brazos, zafaban de su aro de alambre el único tra- 



:-\?mrr 



178 TIERRA ADENTRO 

mo, y dejándolo caer lo empujaban a un lado del 
camino . 

— ¡ Mama, habrá que pagar ! — fué lo primero que 
oyó la vieja Francisca, distinguiendo la sonora voz 
de Pablo, su hijo mayor, en medio de todos los rui- 
dos que acompañan la entrada de un carro tirado 
por cinco muías y cargado de bordalesas vacías, 
duelas sueltas y sunchos para armar nuevos ba- 
rriles . 

— ¡Eh, Dio!... — exclamó la viejita; pero en se- 
guida, reponiéndose, como para que nadie sorpren- 
diera en ella un desfallecimiento, ni por un instan- 
te, se afirmó en su azada como en un cayado y es- 
peró a su hijo, bajo el alero de su pequeña "casa", 
negra como la tierra, baja como un rancho, techada 
con cañas recubiertas de una mezcla de barro y pa- 
ja, y alumbrada en ese momento por una llama del 
fogón, sobre el cual se inclinaba, — lagrimeándole 
los ojos por el humo — su nuera, la Bepina, ru- 
bia, tan rubia que al sol parecía blanca. 

Un viento fresco, que por momentos arreciaba, 
iba borrando la calma de la tarde; pasaba juguetón 
sacudiendo las ramas, estremeciendo las hojas y 
arrastrando consigo el perfume del lozano verdor y 
del pasto recién segado. 

Una ráfaga más fuerte que las otras envolvió 
con su turbulencia a la vieja Francisca, y, despei- 
nando su cabello gris, fué como la caricia un poco 
ruda pero sana de los campos, que le traía un con- 



ZN TIERRAS DB RIEGO 



179 



suelo en un momento angustioso y difícil de su vida, 
i que ya había soportado tantos ! . . . 

Absorta, replegaba ahora su voluntad en un solo 
punto: encontrar la mejor solución a este nuevo re- 
vés. Lo había visto llegar poco a poco, en un enca- 
denamiento de males cuya apretada trama no ba- 
hía podido desgarrar. No quería lamentarse; una 
ligera nube empañaba sus ojos, fundiendo la visión 
del pasado y del presente tras un mismo velo irisa- 
do de sol y de lágrimas. 

Francisca no sabía leer ni escribir. Casada 
muy joven, había venido a "l'América" — haría de 
esto pronto cuarenta años — con su marido, y su 
primer hijo en brazos. 

Como lo hicieran otros inmigrantes, se habían ex- 
patriado en un mismo viaje todas las familias más 
jóvenes de un pueblito del norte de Italia. ¡Era allí 
tan pequeño el retazo de tierra! Quedaban los vie- 
jos para labrarla con su paciente trajín de hor- 
migas . 

La inmensidad del mar acostumbró sus ojos a la 
dilatada extensión de nuestras tierras, ¡ donde es 
tan difícil, sin embargo, conseguir un pedazo de 
suelo ! 

Fué valiente y animosa; y, sonriendo a la belle- 
za de su hijo, fácilmente perdonaba el carácter fan- 
farrón de su marido, trabajador, sufrido, paciente, 
¡pero todo esto a ratos! Nada de esfuerzo soste 
nido . El parecía — tal vez inconscientemente — re- 
belarse contra la rudeza de un trabajo que casi lo 



180 TIERRA ADENTRO 

esclavizaba, con la expansión de un "descanso" tur- 
bulento, tomado bruscamente. 

Oyendo a la mujer, ocurría pensar que de haber 
habido músicos entre sus compañeros de emigración 
y a no mediar entre cada uno de ellos, en la nueva 
patria, largas leguas de distancia, Gaspar Arnaldi- 
ni habría sido buen director de orquesta, o, por 
lo menos, excelente director de coros. Tal era su 
afición por reunir gente, oir música, "armar" fies- 
tas. . . 

No fué asi, sin embargo . Cuando, después de cru- 
zar en caravana la llanura que se extiende desde ei 
Plata a los Andes, dieciocho familias se establecie- 
ron a la vista de la cordillera, contratadas para el 
desmonte de la región y el subsiguiente cultivo de 
la viña, Gaspar Arnaldini descubrió que el vino 
"entona", aún a los más reacios al canto, y predicó 
con el ejemplo. Por desgracia, predicó fervorosa- 
mente ... 

Bebió poco mientras el vino era escaso y caro; 
luego bebió más. Y bebió "fino" anís y "rico" co- 
ñac y fuerte grapa y vino tinto cuando — siempre, 
según él, por su afición a la música y a las reunio- 
nes numerosas — oficiaba los domingos de sacris- 
tán del cura Sarto, en la primera iglesia levantada 
en la región. 

¡Ah, cura Sarto, cura Sarto! — exclamaban en 
voz baja los dos viejos moviendo la cabeza, pero 
con expresiones a veces muy distintas . . . para ter- 



tr' 



BN TIERRAS DE RIEGO 181 

minar declarando de acuerdo: "¡Aquel cura era el 
diablo en persona!" 

Por sobre todo el viñedo flotaba la angustiosa 
sensación de que si de allí había surgido la riqueza, 
de allí también venía la desdicha. . . 

La afluencia de dinero a las manos ya temblonas 
de Gaspar, lejos de consolidar la propiedad, la man- 
tenía a un paso de la ruina. 

De los ocho hijos de Francisca, sólo vivían seis., 
los mayores; los otros habían pagado con sus vidas 
las borracheras del padre. Uno murió en medio de 
convulsiones, y el otro . . . Aun hoy — después de 
muchos, años, ante los ojos dilatados de horror de U 
pobre Francisca, pasaba la visión de su pequeño 
Ñero, ahogado en la acequia ... Lo veía con su de- 
lantalito azul puesto sobre una corta camisita blan • 
ca, allí no más ... en aquel recodo . . . tendido con 
los bracitos encogidos ... la ropita empapada . . . 
empapada ... y la cabecita doblada . . . como la dü 
un pobre pajarito implume caído del nido... y a 
pocos pasos el padre, cuya vista enturbiada por el 
vino no advertía ni había advertido nada . . . 

Y entonces, como ahora, allí estaban luciendo sus 
hermosas hojas y sus bien cargados racimos las 
más viejas cepas de la región. Los gruesos, rugo- 
sos y retorcidos troncos semejaban eternizar — en 
su escasa altura, obtenida mediante sabias y pacien- 
tes podas — la contorsión de un rechoncho Baco 
coronado de pámpanos. Cada tronco de viña pare- 
cía reir byrlonamente, escondiendo a medias la roji- 



182 TIERRA ADENTRO 



za rugosidad de su corteza — evocadora de la larga 
pelambre de los faunos — bajo la cabellera de las 
hojas. ; ^i-é^M 

j Bien podían reir estas cepas, plantadas hacía 
treinta y cuatro años por los primeros colonos, a la 
luz de la luna, en las horas robadas al sueño, des- 
pués de haber trabajado en los campos del patrón, 
desde la escasa claridad matutina hasta la entrada 
de la noche, sobrevenida después del interminable 
crepúsculo de estas regiones, por sólo 56 centavos a! 
día y sin comida ! 

Bien podían torcerse burlonamente aquellas re- 
cias cepas, crecidas de la tierra labrada por Jas mu- 
jeres, mientras los hombres trabajaban ardorosa- 
mente en otras tierras para acelerar la compra de 
un pedazo de aquel suelo ; cultivadas por ellas en la 
continua remoción de la tierra y la extirpación de 
los yuyos; regadas por ellas en las largas horas de 
cuidados empleadas en pasar el agua de surco a 
surco, poniendo "champa" (tapones) para hacerU 
subir, y remediando con rápidas paladas de tierri. 
ios desmoronamientos que la dejaban escapar. De- 
fendiendo celosamente "su riego" del robo del ve- 
cino en épocas de escasez de agua. Rehaciendo los 
camellones después de cada borrasca, y por fin, ¡llo- 
rando por el desastre de la helada o de la piedra, 
más de lo que llora la viña "castigada" por la poda 
al verter por las cicatrices de los cortes, en los pri- 
meros días de primavera, largos lagrimeos de lím- 
pida savia! 



BN TIERRAS DB RIEGO 183 

Bien podían reir las viejas viñas... Habían sido 
portadoras de dinero, de mucho dinero; tanto, que 
la larga travesía del océano, agrandada por la in- 
segura, penosa y no menos larga travesía, en carre- 
ta, de regiones desiertas, que entonces ni se soñaba 
rayar con la doble línea de riel, habían sido com- 
pensadas por la "casi" conquista del vellocino de 
oro... 

Pero no se contentan los hombres con la miel v 
el perfume de los jugosos racimos ; no les basta la 
deliciosa pulpa que en cada grano de uva, como en 
celicada ampolleta, sabiamente elaboran y encierran 
la tierra y el sol. 

Verdaderas montañas de transparentes racimos • 
ligeramente sonrosados y ambarinos como la pri- 
mera claridad del día; rojos como una sangrienta 
puesta de sol; violeta negruzco como un sombrío 
crepúsculo, todo, todo esto el hombre lo tritura con 
potentes máquinas y lo arroja a la obscuridad de 
formidables cubas. 

Allí el genio de la risa se agria, bulle irritado, 
hierve a borbollones, transformando en espumosi 
cólera toda la dulce claridad del sol. 

Bulle en vano: las duelas, fuertemente ajustadas 
por los sunchos, no ceden a su presión; poco a po- 
co la fermentación se aquieta, y replegada sobre sí 
misma, con engañadora mansedumbre de fiera do 
mada, toda la "espirituosidad" del vino se ofrece 
pérfidamente — con la almibarada e insinuante son- 
risa de un mal amigo — en la limpidez inofensiva 



184 TIERRA ADENTRO 

^__ . 1 1 ■„i.-. ■-_-,-_ — ■ I ■..--.■■ ■ ■ — 1. 1 ■■ — I - I ■ ■ ■ -I ■■ I ■ ■ 

de su transparencia, en la incitante sutileza de su 
perfume. . . 

* * * 

A los pocos años de talados, a fuerza de ha- 
cha, los espinosos montes de retorcidos talas, cha- 
ñares y algarrobos; quemada la impenetrable ma- 
raña de jarilla y chilca, removida la tierra, dis- 
puesto el riego, plantadas las viñas, el manantial 
del vino comenzó a surtir. Dio oro. Se trazaron 
largas carreteras bordeadas de árboles, llegó el fe- 
rrocarril, y se levantaron pueblos en medio de un 
desierto. Entonces, la loca especulación, llevando 
l-'or señuelo el sonoro retintín de una bolsa nunca 
bastante repleta, se instaló en amable camaradería 
con el alegre glú glú de las botellas nunca vacías, 
junto a las mesas de juego de los "clubs" y de las 
reparticiones públicas, sobre las flamantes mesitas 
c;e los "bars" y los mugrientos mostradores de los 
almacenes y "cocinerías" (fondas); en la mesa de 
familia y en la esquina de cada calle ; en el atrio d^: 
1:- iglesia y en la iglesia misma ; en las pequeñas fin- 
cas conseguidas a fuerza de rudo trabajo y en los 
inmensos latifundios recibidos dulcemente en heren- 
cia. . . Los que tenían algo, quisieron tener más: los 
que tenían mucho, quisieron vender bien. Mas para 
fijar el valor del suelo no se tenía en cuenta su pro- 
ducción actual, sino que se hacían cálculos alegre-i 
sobre lo que "daría" cuando produjeran las viíías 



X 



f 



EN TIERRAS DE RIEGO 185 

aun no plantadas, o cuando el riego, conseguido gra- 
cias a influencias políticas, hiciera de un páramo un 
edén; o cuando en tal "cuadro" se formara un pue- 
blo "proyectado" sobre la esperanza de un ramal 
áe ferrocarril. . . 

Sin ninguna base sólida, todo subía de valor. 
"Había plata", y cuando no la había "en mano", 
alguno de los cinco bancos existentes la facilitabr. 
con una rapidez de cuento de hadas, pero al no 
moderado interés del once por ciento. Cuando los 
bancos no dieron más plata, vinieron las letras de 
tesorería. ¡ :i s^i 

Y cuando no se podía pagar, se hipotecaba o st 
daban pagarés contando con los negocios por hacer- 
se. . . ¡y cuando — por fin — toda esta riqueza de 
bambolla se hubo engañado cien veces a sí misma, 
una formidable emisión de papel vino a coronar 
aquel colosal castillo de naipes! 

El que entonces se hubiera permitido lanzar la 
voz de alarma, por lo menos, habría sido llamado 
mal patriota. . . 

Había plata. Y si las campanas no repicaron 
cuándo un 'solar" que seis años antes valía mil qui- 
nientos pesos se vendió en treinta mil, fué tal vez 
porque el vendedor no era el afortunado curi 
Sarto . 

— ¡Ah! cura gaucho! — exclamaban los "ricos" 
en su incontenible admiración por este "gringo", 
que habiendo sumado a sus propias mañas de me- 
ridional y de cura todas las malas mañas del criollo. 



186 TIERRA ADENTRO 

^ , .-, .■■ ... ■, 

vendía y compraba media comarca, sin disponer, 
según decía, ni de un solo peso. 

— j Ah ! ¡ cura liberal ! — comentaban en lengua- 
je "fino" los señores del "club", calificando sus más 
variadas "aptitudes" con esta singular palabra que 
quién sabe por qué tiene acepciones tan diversas. . . 



Gran amigo de Gaspar Arnaldini, el cura Sart'i 
lo asociaba a sus "negocios", en los cuales invaria- 
blemente intervenían tres factores: la plata de Ga^ 
par, la influencia política de algún caudillo de la 
"situación" y el "genio comercial" del cura. 
'^ Si el negocio salía bien, las ganancias se repartían 
en tres partes iguales. . . Si el negocio salía mal, nt 
e! genio comercial del cura ni la influencia política 
perdían nada, a no ser las botellas indispensables 
para hacer pasar el mal trago a Gaspar. 

Y cuando de golpe sobrevino la crisis, implacabl*- 
liquidadora de situaciones, se la vio asestar golpes 
terribles que sumían en la ruina a todos los es- 
peculadores que habían creído alcanzar de la noche 
a la mañana montañas de oro; y el incendio de los 
lujosos edificios del pueblo, noche tras noche, fué 
alumbrando con su resplandor siniestro aquel la- 
mentable disfraz de riqueza empapado en vino. Rl 
cura Sarto murió dejando por testamento — con 
incisiva ironía, que tal vez podría hacerle perdonar 



EN T IBERAS DB RIEGO 187 

uno que otro pecado — algo que simbolizaba el es 
tado de la región: 

"No tengo nada. j^. 

Debo mucho. 

Y lego lo demás . . . para los pobres" . 

¿ Los pobres ? Allí estaban : criollos, primitivos ha- 
bitantes de esa tierra, a quienes el cultivo bajo riego, 
lejos de incorporarlos a la riqueza que habían crea- 
do, los desalojaba, y eran, a lo sumo, como en las re- 
giones de secano, los peones para las faenas más 
penosas. La riqueza ficticia o verdadera no los ha- 
bía rozado. Eran un poco más miserables que antes, 
porque bebían . . . 

La liquidación sorprendió a Gaspar en la imposi- 
bilidad de pagar ni de renovar una hipoteca que 
gravaba la mitad de la finca y la bodega. 

Loco de impotente rabia, agobiándose — como 
cientos de sus "comprovincianos" — bajo el peso 
de justos reproches, Gaspar recorrió su viña, su de- 
masiado extensa viña, plantada solamente para la 
producción de vino... Le pareció que los gajos 
de cada cepa, inclinándose en graciosas curvas, .c 
decían, esbozando burlonas reverencias: 

— ^Y bien, señor: ¿de qué le ha servido el traba- 
jo de nuestras raíces, la resistencia de nuestros tron- 
cos, el verdor de nuestras hojas, la copio^ rique- 
za de nuestros racimos? ¡Hemos trabajado como 
honradas viñas para que ahora, gracias a la "super- 
producción'' y a "la crisis", se nos quiera arrancar y 
quemar como a yuyo dañino! 



188 TIERRA ADENTRO 

Y del viejo viñedo, plantado de noche en las ho- 
ras robadas al sueño, se elevó una amarga risiti. 
que recorriendo todas las cepas fué a revolotear 
por sobre las enormes cubas de la bodega, repletan 
de vino. Entonces, como un eco de esa burla, reso- 
nó la carcajada bestial de Gaspar seguida por el 
sordo mugido de un llanto de idiota. Sus rudas ma- 
ros, que durante años y años habían cultivado la 
viña, se crispaban ahora y, en desatinados manoto 
nes, intentaba destrozarla... Cientos de hombres 
habían trabajado la tierra, cultivado la viña y trans- 
formado ia dulce uva en traicionero zumo. Y el 
vino corría . . . corría por la región, minando poco 
a poco voluntades, oscureciendo inteligencias, dan- 
do con ficticias riquezas, mentidas alegrías. 



Aquel día, como todos los días, la buena madr^ 
tierra, vivificada por el riego, calentada por el sol, 
inagotablemente pródiga, se ofrecía al trabajo del 
l.iombre. Centuplicado en bienes, le devolvería su 
esfuerzo. Sólo de él dependía encaminarlo para no 
cosechar la ruina. 



— Habrá que pagar, mama — tal era la frase del 
hijo mayor, resumiendo el resultado de largas e in- 
útiles gestiones, 



E\ TIERRAS DE RIEGO 189 

E irguiendo su sana energía por sobre la derrum- 
bada voluntad paterna, agregó — sintiéndose com- 
prendido y apoyado por la entereza y el inmutable 
cariño de la madre: 

— Iremos reemplazando la viña de vino, por fru- 
tales. 

— Sí, hijo, la fruta es mejor. . . 

— "Una bella é un buon vin ..." — cantó la la- 
mentable voz del borracho. . . 

La vieja Francisca se estremeció y miró a su hi- 
jo con angustia. Ah, pero no; él no bebía, era fuer- 
te, y sus hijitos eran lindos y su mujer era buena. . . 



Las nubes grises prendidas allá en los Andes 
se habían elevado; otras las seguían. El hijo las 
contempló inquieto: 

— La fruta está madurando, madre. ¡Señor, con 
tal que no caiga piedra! 



CLODOMIRO LAGUNA Y EL COMISARIO 



í l — h que quiera muía sin mañas, que ande di a 

1* — * pie! ¡Ajajay! ¡gallego, no te dije!... 

Una andanada de insultos, ahogada en parte por 
el ruido de un montículo de ripio que se desmorona 
a fuerza de coces, fué inmediata respuesta a la más 
sabia sentencia que jamás pudo enunciar arriero al- 
guno. 

En seguida se oyó el jadeo de un cuerpo a cuerpo, 
la caída a tierra de los "combatientes" y su rodada, 
por el terraplén, hasta la misma tranquera <ie la co- 
misaría. 

— ¡ Chúmbale, Choco ! — resonó del otro lado del 
cerco, de arabia recortada, el vozarrón de Pancho 
Reyna el comisario; y al par que el más hermosa- 
mente feo bull-dog de la región se deslizaba fueni 
de la tranquera, Reyna, con su agilidad no sospe- 
chada — dado lo respetable de su volumen — , em- 
pujando una puertita lateral, en dos trancos de 
gigante, y en alto su inseparable rebenque, alejaba 



192 TIERRA ADENTRO 

a lonjazos a los combatientes. Estos quedaron ah% 
sentados a sus pies, arreglándose con gesto maquinal 
la ropa, y mirándose de hito en hito, para terminar 
clavando en Pancho Reyna la interrogadora mirada 

que se ha de tener para con el destino 

El Choco, estremeciendo el muñón de su rabo 
cortado, sentóse sobre sus cuartos traseros, levantó 
también él sus ojos hacia su omnipotente amo, quien 
dominaba el grupo con su autoridad y su estatura, y 
pareció decirle, pagado de su importancia: 

— ¿Y ahora, qué hacemos? 

Una imperceptible sonrisa estremeció la bocaza de 
Pancho Reyna, al contemplar allí, en el suelo, las 
maltrechas individualidades de los ex combatientes: 

El gallego — o mejor, el andaluz, porque Paco 
González, según "cayere", peón de panadería, o 
peón de almacén, o peón de finca, o peón de esta- 
ción de ferrocarril (sección carga), o caminero, o 
regador de calles, era andaluz y no gallego — con fu- 
ribundo pero reconcentrado enojo, arrollaba su des- 
hecha faja azul, sacudía su chaquetilla de corderoy, 
y mojando un dedo en saliva, alisaba una peladura en 
la muñeca. 

Entretanto, Clodomiro, "el roto" Clodomiro, sin la 
menor animosidad hacia su mejor trajeado adver- 
sario, tironeaba el nuevo desgarrón de su rotos?, 
camisa, "sobaba" una lastimadura de la rodilla, que 
angulosa emergía por el gastado remiendo de la 
"rodillera" del pantalón, y con flemático gesto, sin 



CLODOMIRO LAGUNA Y EL COMISARIO 193 

levantarse, alcanzando su mugriento sombrero, se 
lo calaba en el tope de la cabeza, bajándolo bien so- 
bre los ojos y levantándolo por detrás: así, a lo 
cbileno. 

En seguida, recogiendo Ir.s pi^írnas, abrazó su'-. 
rodillas, y se quedó mirando el dedo gordo de cadn 
pie que simétricamente asomaba por la "ventana' 
de sus i ay ! siempre rotas alj argatas. 

Clodomiro, en su pasividaí indiferente, tenía to- 
da la terrible fuerza de !a ir jrcia. Siendo así, "man- 
so", era desesperante para .oda acción, y siempre de- 
cía : "ta bien, patroncito", ofreciéndose "pa lo que 
manden", sin jamás hacer nada. 

Reyna rompió el silencio: 

— Che, Clodomiro, ¿acompañado o acompañando? 

— Acompañando, patrón. 

La flema de la respuesta exasperó al andaluz. 
y. más que la respuesta, la vista del sombrero en la 
coronilla de Clodomiro. De un salto se puso de pie, 
y. rojo de ira, se encaró con el comisario, pidiéndole 
a gritos que le hiciera devolver su sombrero que 
"este roñosoo" le había robado. 

— El señor falta a la verdad, contestó Clodomiro, 
subrayando el "señor" con la característica de su 
inalterable "urbanidad"... 

— ¡Qué señor! ni qué. . . — aulló Paco fuera de sí, 
avanzando . 

El comisario, de un empellón, desvió la marcha 
del andaluz. Clodomiro se levantó, y los tres, se- 
guidos del Choco, entraron en la comisaria. 



V 



194 TIERRA ADENTRO 

Afuera, quictita, quedó una muía sufrida. Junto 
a e!Ia, una larga ramita de sauce, que en manos de 
Clodomiro habia servido con impertinente y disimu- 
k'do cosquilleo, para despertar las dormidas ma- 
ñas de toda mulita : un par de coces pusieron en tan 
extemporáneo declive el lomo de la montura, que hi- 
zo desmontar en forma algo brusca. . . a Paco Gon- 
zález, quien después de haber dormido "la mona' 
en un zanjón, "traía", acusándolo del robo de su 
sombrero, a Clodomiro Laguna, "el roto". El ^o- 
to" se dejaba llevar; venía acompañando. 



Era ya proverbial en Clodomiro Laguna esta 
actitud. 

Cuando en sü recorrida nocturna, por las oscuras 
calles del pueblo, el sargento Páez encontraba al 
solitario "roto" — incorregible amigo de lo ajeno 
— se le arrimaba con solícita atención y previo cam- 
bio de mutuas cortesías, le decía : 

— Clodomiro, ¿no me acompaña? 

— ¡Cómo no, mi sargento! !No faltaba más! ya 
qui anda solo... y con la noche oscura... No li'é 
ae negar ese servicio . . . Vaya nomá sargento, que 
lo voy siguiendo. . . 

Y el sargento y Clodomiro, concluida la ronda, 
llegaban a la comisaría, donde el "roto", sin la me- 
nor sonrisa, explicaba : "lo vengo acompañando al 
sargento Páez, como la noche está tan fieraza..." 



CLODOMIRO LAGUNA Y EL COMISARIO I95 

Los presentes asentían... Y Clodomiro, santa- 
mente dormía bajo el alero en verano; adentro, en 
cualquier parte, en invierno. A la madrugada ce- 
baba el mate, barría el patio, con la dignidad de toda 
persona cumplida, y se iba luego, a buscar conchabo 
por ahí ... a menos que el comisario lo invitase a 
parar una temporadita bajo el alero, hasta que con 
la aparición o la desaparición sin esperanzas... de 
un recado, un lazo u otra cosa fácilmente manejable, 
se diera por terminado el "asunto". 

En la época de la parición de las majadas, Clo- 
domiro se sentía acometido por un gran afecto a 
los chivatos tiernos, y cuando se lo sorprendía in- 
opinadamente desollando alguno, jamás ponía mal 
gesto, sino que cortesmente invitaba: 

— ^Apéese, sargento Páez, • ahorita nomá estará 
listo. 

¡Y lo asaba tan bien Clodomiro! que el sargento 
Páez, escondiendo su cabalgadura entre las altas 
matas, se tiraba "de panza" al suelo, y amodorrado 
por la calma, adormecido por el monótono cantar 
de la acequia, resignado, cedía a la tentación y es- 
peraba la hora . . . 



— ¡Clodomiro, devolvé el sombrero, o te llevas 
una manga de azotes ! ordenó Pancho Reyna, fasti- 
diado a la larga con tanta ratería y queriendo hacer 
"escarmiento" . 



196 TIERRA ADENTRO 

— ¡ Será lo que usté diga, patroncito ! El señor 
falta a la verdad ... y los azotes no si han di gol- 
ver sombrero. . . 

— ¡Déjate de embromar, Clodomiro! devolvé el 
sombrero, y te largo . . . 

— ¡ No se me enoje, patroncito!. . . si el sombrero 
yo no lo tengo... mire... ansina. . . pa que vea, 
le doy el mío al señor! 

— ¡ RoñosGo ! ¡ Me la haas de pagaa ! ¡ Mal rayo 
te partaa ! . . . A mí que me den Jo mío ! señor comi- 
sario... — vocifera Paco. 

Dominándose, Reyna inicia el "careo", de pie, sin 
escribir. . . 

— ¿ De dónde venías vos ? 

— Del pueblo, señor. 

— Venía "curao", lo viera patroncito ! . . . ahí en 
el cruce... en el carril... frente al almacén del 
turco . . . bueno . . . venía en su muía ansina : "ese 
lao es mío, y el otro también. . ." 

Clodomiro imitaba una amplia oscilación de pén- 
dulo ... 

— No sé, señor comisario, si ese condenao me vio . 

— Y sí, lo vide ¿y di hay?. . . . 

— Clodomiro, contesta, y vos ¿de dónde venías? 

— ¿ Yo ? de ningún lao, patrón . . . 

— ¿Qué hacías? 

— ¿ Yo ? . . . . Nada, patroncito . . . "estando" no- 
niá I . . . 

— ¿ Adonde ? 



CLODOMIRO LAGUNA Y EL COMISARIO 197 

— Ayacito nomá, en la güelta del canal grande, 
cerquita el puente . . . 

— ^¿Lo viste a ése? 

— ¡Y como no, patroncito! se tumbó como por lo 
de la pastelera Camila, esa cotudita. . . la qu'el otro 
día vino por lo del chivo... bueno po aya... e\ 
señor se tumbó y durmió la mona , . . 

— ¡ No ve, señor comisario ! . . . dígale que me lo 
devuelva. . . si él me lo ha robao. . . — imploró Paco, 
cansado de irritarse. 

Al verlo "domado", los ojitos del "roto" brillaron, 
apenas fué un relámpago ... y en seguida, subra- 
yando el "señor" con más sorna que nunca, dijo: 

— ¡ El señor falta a la verdá ! y a mí que no m'in- 
sulte ! y sino, vamos a ver . . . j que me traiga tes- 
tigo ! 

— ¿Tenes testigo? 

— No, señor comisario. 

— i No vé patroncito, el maula ése ! . . . lo trae a 
uno!. . . lo acusa e ladrón!, . . y ni testigo tiene. . . 
¿ande si ha visto?. . . Largúeme, patroncito, largúe- 
me. . . 

— Pero, señor comisario ! que me caiga aquí muer- 
to! que se me ciegue la lú e los ojoos! el sombrero 
me lo ha robao él, nomás que él ! . . . si con él me 
ha vistoo ! . . . 

— Y sí, te lo vide. . . de lejo te lo vide. . . pero 
no soy ningún "lampalaguas" ¿sabís? pa pillártelo 
dende la esquina el puente ! . . . 

Y Clodomiro, considerando seguramente ya bie?. 



'■rWA 



198 TIERRA ADENTR O 

áhucidado el asunto... sobre todo después de su 
terminante afirmación de no tener el largo" de una 
formidable boa constrictor, para poder "dende la 
esquina del puente" "pillar" un sombrero a cien me- 
tros de distancia, sin esperar más se encaminó hacia 
la puerta. 

El andaluz, viéndose derrotado, revolvió los bra- 
zos como aspas de molino, pateó y lanzó contra Dios 
y todos los santos tal retahila de injustificados in- 
sultos. . . que Pancho Reyna lo echó afuera, y para 
evitar un nuevo cuerpo a cuerpo, ordenó con su in- 
apelable tono de mando : 

— Clodomiro, ¡anda encerrate! 

Clodomiro Laguna desanduvo lo andado, cabiz- 
bajo se encaminó al "calabozo' 'y ya en la puerta 
volvió a decir: 

— ¡ Pero, patroncito ! si yo no li'e robao ! . . . 

El comisario se estremeció, levantó su terrible bra- 
zo, pero ^e contuvo... Pegar... pegar... ¿Para 
qué?... 

I Pobre Clodomiro, más flaco que perro sin dueño ! 



Se anunciaba el otoño: al caer de la tarde, las 
primeras rachas venían de la cordillera, cuyos altos 
picos nevados perdíanse entre nubes blancas. En ?:1 
recodo de los caminos el viento, agitando el pesado 
manto de los sauces, remolineaba las hojitas de oro 
y luego de arrastrarlas con rumor de sedas, las pre- 



CLODOMIRO LAGUNA Y EL COMISARIO 199 

cipitaba en el turbión de las acequias y allí en el 
agua, sobrenadaban un largo trecho, unien o .^'.i 
pálida tonalidad amarillenta al oro fuerte de las 
graneles hojas de los álamos. 

Llegaba el otoño: la savia, que despertada, agui- 
joneada, azuzada por los primeros hálitos c'.e pri- 
mavera, impetuosa habia ascendido empujando lo^ 
brotes, reventando las yemas, cubriendo de flores 
Iss ramas desnudas, y luego, caldeada por el sol, 
pictórica de vida, había henchido los frutos y llevado 
la jugosa pulpa a la dulce sazón, ahora, por el influ- 
jo de los primeros fríos, perezosa, lentamente, des- 
cendía. Borraba el riente verdor, dejando tras sí, 
en los árboles, infinitas tonalidades de oro y la mag- 
nificencia de un manto de púrpura sobre los viñedos 
que bajo el sol tomaba reflejos sangrientos, oscu 
recidos al pie de las cepas por cálidos tonos cobri- 
zos. 




Clodomiro, asomando su desgreñada cabe;^^por 
el orificio que servía de ventana al calabozo, mi- 
raba inquieto las aguas del canal, y su oído parecía 
tenderse hacia el rumor, que crecía. 

Encerrado tras una frágil hoja, que él mismo po- 
día abrir, se sentía dominado por la autoridad del 
comisario, cuya orden inmovilizaba la puerta con 
más fuerza que el candado más seguro. ¡"Ansina" 
era don Pancho Reyna ! . . , 



•^mm^-m- t^ 



200 . TIERRA ADENTRO 

" Y don Pancho Reyna, sentado ante una mesa de 
pino, tenía ante sí las amplias hojas del "Parte dia- 
rio" cuyas inscripciones : "Destinos", "Observacio- 
nes", "Novedades", miraba sin ver. Mojó su pluma 
en el tintero, y llevándola al papel fué trazando ma- 
Ciuinalmente un caprichoso margen de cortas y lar- 
gas rayitas, esforzándose en vano por encontrar un 
"tema" que no venía. . . 

Sacu lió un largo mechón que caía sobre su fren- 
te broncea'a, y perdida la mirada a lo lejos, resig- 
nado a no poder "crear" nada nuevo, fué recor- 
c'anr'o. . . Evocó, a pesar suyo, con amargura la vi- 
sión espantosa de sus primeros tiempos de comisario 
dfc campaña, en que tuvo que hacerse temible como 
lo fatal, para darse luego el "lujo" de ser bueno.. 
Justo o injusto, fué terror de la región lejana, allá 
a los pies de la cordillera, áspera, seca, dura, impla- 
cable como !a vida misma y como los hombres que la 
viven. No tuvo piedad para el cuatrero. De su 
voluntad hizo la ley : se equivocó a veces, haciendo 
mucho daño... fué útil otras, y en más de una 
ocasión, en sus incursiones por la cordillera, que 
conocía con la pericia del mejor baqueano, supo ser 
clemente con las errabundas sombras que extravia- 
das iban a perderse ellas y su robo bajo la vcntisCfi. 

Tal vez su sueño fué poder ser bueno, emplear 
mejor sus fuerzas, crear algo, en lugar de cuidar lo 
ajeno o destruir. . . Pero más de una vez chocó con 
todos y consigo mismo, sin poder encauzar sus ener- 
gías ni encontrarles nuevo rumbo, 



^Bír-, 



CLODOMIRO LAGUNA Y EL COMISARIO 201 

Trasladado en diferentes etapas desde el lejano 
sur al poblado, llegó a ser casi el ideal del comisario 
de campaña. Su cargo de comisario de un pueblito 
somno'iento y sacudido sólo por las malditas bo- 
rracheras, habría sido casi el "edén" a no ser por el 
vino. Pancho Reyna se revolvía todo contra este azo- 
te. . . ¿Arrancaría las viñas? ¿Quemaría las bodegas? 
Cada año se plantaba más viñas, cada año se levanta- 
ban más bodegas... El embrutecimiento por el al- 
cohol crecía, y una larga y lamentable caravana de 
hombres bestializados, de mujeres degeneradas, de 
niños raquíticos y contrahechos, desfilaba ante sus 
ojos, en impresionante contraste con la hermosura, 
la fuerza, la grandiosidad incomparable del paisaje. 

Cobrado el jornal, los almacenes rebosaban, y el 
tufo del vino apestaba las calles. Pancho Reyna se 
revolvia contra la "brevedad" de las horas de traba- 
jo. ¡Ah! Si lo dejaran haría trabajar sin descanso! 
hasta que la fatiga y no la borrachera rindiera los 
cuerpos ! Suprimiría hasta los domingos, para no te- 
ner "el domingo del lunes". . . Haría. . . haría. . . no 
sabia bien qué haría. . . Se empeñó en enseñar a leer 
y escribir a los peones camineros, a los regado- 
res de calles y a "sus" presos, y encontró siempre 
al vino en su camino, trabándolo todo, enturbiando 
los ojos, abotagando las cabezas. . . 

Descorazonado, Pancho Reyna se dedicó a criar 
perros : los crió tan gordos y tan malos que de puro 
malos no servían para nada . . , Entonces los gol- 



202 TIERRA ADENTRO 

peo y se volvieron "maulas"... Y entonces, los 
echó ! . . . 

En las largas noches de invierno comenzó a leer; 
primero fueron los diarios y las revistas, lue^o los 
libros. Leyó sin rumbo, así, como era su vida 
misma. 

Debido a su afición por la lectura, se desarrolló 
en él, aguzándose, la observación, y con ella el de- 
seo de fijar en el papel sus impresiones. Tímida- 
mente al comienzo, con pasión después, fué '.leñando 
los "Partes diarios" con su apretada y menuda le- 
tra. Sin saber "cómo" remediar tantos males, en- 
contró un desahogo en analizar y en perdonar. Ti- 
pos que describir no le faltaban : i conocía y había 
conocido tantos ! Escudriñó las vidas oscuras ; las 
encontró deprimidas por su misma ignorancia ; las 
vio victimas del medio ambiente que ellas mismas 
en su ceguera se creaban ; las contempló alabadas 
en su miseria como "pueblo soberano" por la ri- 
queza y el poderío de aquellos cuya inmensa vani- 
dad sostenían con su inconsciente achatamiento . . . 

Observó cómo el alcohol lo embrutecía todo; có- 
mo el trabajo era una dura necesidad de la cual se 
huía; cómo las creencias eran superstición. La fa- 
lüilia, am.algama de miserias, y la desconfianza y 
la mentira una característica. No parecía sino que 
en estas dos actitudes negativas encontraran su úni- 
ca defensa. 

En cuanto a su "comprensión" de la vida cívica, 
la individualidad, las ideas políticas, el ejercicio del 



l 



CLODOMIRO LAGUNA Y EL COMISARIO 203 

voto. . . todo estaba dicho en la enérgica frase del 
sargento Páez, contestando al huero palabrerío de 
un caudillito en época electoral : "¡ A mí, que no me 
vengan con cuentos! Yo no cambeo, los que cambean 
son los gobiernos, y tuito sigue lo mesmo !" 

¿Afiliación a partidos políticos? Vaya... todo-^ 
los Codomiros de la región — y por el "estüo" lo=i 
había muchos — podían decir como único dato 
que los partidos "funcionaban" en distintos corra- 
lones, y que ellos, como hacienda bien enseñada, a 
tal o cual "si habían aquerenciao" y de allí no salían, 
aunque el corralón cambiara de color cambiando de 
dueño... 

Todo esto lo sabía muy bien Pancho Reyna. Sin 
embargo, en época electoral hacía creer a cada "je- 
fe", con su si.encio, su conformidad. ¡"A qué" pe- 
learse con todo el mundo! Para algo había de ser- 
virle al señor comisario la discreción del cuarto os- 
curo ! 



Las hojas del "Parte diario" seguían en blanco: 
ni había "novedades" con que llenarlas, ni la inspira- 
ción llegaba. . . ¿Es que este placer le estaría veda 
do ahora? No sabía "qué escribir..." 

Un leve rumor que venía del calabozo, le hizo le- 
vantar la cabeza. ¡ Ese Clodomiro, emperrado en ne- 
gar! Y quién sabe... tal vez no había robado el som- 
brero. ¿Qué importa, mejor estaba encerrado que 



204 TIERRA ADENTRO 

tirado en el camino ! . . . Culpable o no, allí "debía" 
quedar. Debía, porque a Pancho Reyna no se le 
"largaba" ningún preso. . . para eso dejaba el cala- 
bozo abierto. ¡ Lo que le había costado hacer en- 
tender el procedimiento ! 

Estremeciéndose, pensó con horror en lo que haría 
si algún día se burlara su confianza. El y los tiem- 
pos habían cambiado ! 

¡ Pero nó ! que no lo desafiaran, pues sería capaz 
de. . . 

¿ Qué era eso ? la puerta allí cerca había rechinado ; 
una sombra se deslizó . . . suaves pasos de felino se- 
guían su marcha hacia el carril . . . Reyna, fuera de 
sí, saltó de su asiento; la ira lo congestionaba. Ese 
Clodomiro, ¡ desgraciado ! burlarlo a él, a él ! . . . 
¡que había tendido sin vida, de un garrotazo, al 
más temible de los cuatreros, el Negro Pereyra ! . . . 

Lo agarró con sus enormes y nervudas manos 
cuando estaba por saltar la tranquera. Lo estrujó 
lo sacudió como un guiñapo, lo iba a hacer trizas. . . 
Articulando palabras entrecortadas, lo golpeó di- 
ciendo : 

— Vos escaparte, vos, infeliz del diablo!... 

— ¡ Patroncito ! — sollozó Clodomiro, medio ahoga- 
do. — i Patroncito, no me mate !. . . déjeme dir. . . si 
yo ahorita nomá iba golver . . . iba a dir hasta el 
puente ... no ve, — el agua viene creciendo ... y se lo 
va yevar boyando ! . . , 



CLODOMIRO LAGUNA Y EL COMISARIO 205 

— ¿Boyando, a quién? interrogó Reyna, aflojan- 
do las manos. 

— ¡ Al sombrero, pué ! . . . 

-¿ . . . . ? 

— Y sí, pué ... se lo pillé al gallego y lo escondí 
bajo el puente... y no ve... el canal viene creci- 
do... y se lo yeva. . . segurito que se lo yeva bo- 
yando ! . . . . í" 

El corpazo de Reyna fué sacudido por una incon- 
tenible carcajada... 

Su cara se iluminó. Clodomiro, a sus pies, se des- 
lizaba bajo la tranquera. Pancho Reyna, lo dejó ha- 
cer. . . Había encontrado "argumento" para otro de 
sus cuentos. Ya tenía con qué llenar muchas hojas 
del "Parte diario". 



CLODOMIRO LAGUNA, 

UNIDAD ELECTORAL 



a NA pesada modorra de caluroso mediodía se 
había abatido sobre la región. El vino, abarro- 
tando las bodegas, dormitaba en cubas y piletas su 
sueño de pesadilla. Una inquietante falta de de- 
manda había desplomado los precios y paralizado 
el comercio. 

De cuando en cuando, la noticia aislada de una 
quiebra hacía correr un mal agorero escalofrío, y la 
palabra "crisis" evocaba, con su silbante brevedad, 
la aspereza de un enmohecido torniquete que se 
apresta a funcionar: los bancos cortaban o restrin- 
gían los créditos. 

No parecía sino que la sofocante calma, precur- 
sora de tormenta, trataba 'de ahogar la primera ra- 
cha de ejecuciones bancarias que desencadenaría una 
vez más el pánico. 

La abundancia de letras de tesorería, riqueza 
de bambolla, tiznaba, con falsos trazos de sonrisa, 
la amarga mueca de los más fuertes comerciantes. 



208 TIERRA ADENTRO 

ciue no podían hacer sus giros por falta de moneda 
uacional. 

Las letras de tesorería, engañadora solución de ^a 
crisis anterior, no hacían sino enturbiar aún más el 
estado de cosas, proclamando su nueva desvalori- 
zación en un seis por ciento frente a la moneda 
legal . 

"i No hay p'ata !", era la frase que corría por los 
polvorientos caminos, que los regadores, en huelga 
forzosa, ya no regaban, desesperados por la imposi- 
bilidad de cobrar sus sueldos desde hacía cuatro me- 
ses! 

*■( No hay plata !", se repetía en las melancólicas 
tertulias de café, curiosa bolsa de comercio y de no- 
ticias. 

"¡ No hay plata !", bostezaban los más empeder- 
nidos jugadores, arrastrando, displicentes, aburrido- 
ras partidas de naipes en la sala de "truquear". 

"¡No hay plata!", parecían afirmar las moscas, 
eternizándose en el fondo de los vasos de las aho- 
ra reducidas libaciones... 

"¡ No hay plata !", se lamentaban los dueños de 
los frutales, viendo perderse sin precio las prime- - 
ras "camadas" de tempranos duraznos y dorados 
damascos, por falta del comprador contratista, 
quien, con sus canastas vacías que atestaban todo 
un galpón, roncaba, mientras en las grandes ciuda 
¿es la fruta subía de precio y se tornaba cada \e¿ 
más en un artículo de lujo. 

"iNo hay plata!" — rezongaba Ña Ciriaca, pa 



CLODOMIRO LAGUNA. UNIDAD ELECTORAL 209 

rando sus telares y emboisando la lana, que para hd 
ser menos que la de las enormes estibas arrumbadas 
en los puertos, pronto comenzaría a apolillarse. . . 
mientras la inmutable rotación de las estaciones ha- 
ría desear el suave calorcito de un buen abrigo. 

"¡No hay plata!" — sentenció una tarde Clodo 
miro Laguna, recostado melancólicamente en el qui 
ció de la puerta del almacén, y metiendo las manos 
en los bolsillos los dio vuelta: andaba tan pobre, que. 
según su propia expresión, "ni olor a cobre tenia"... 

Clodomiro, si cabe, estaba más flaco que siempre. 
La desgarrada camisa había perdido media manga. 
Una pierna de negra bombacha, hoy verde bo- 
tella, flotaba suelta sobre el descarnado tobillo, 
mientras que la otra, prendida con un botón blanco, 
llamaba sobre sí la atención por este extraño deta- 
lle de colorido.. . . 

El sombrero del gallego, definitivamente suyo, es- 
taba en vías de no desentonar con el resto de la in- 
dumentaria, reducida a lo más ínfimo de su expre- 
sión. En una sola cosa había mejorado su lamenta 
ble vestimenta: un par de "usutas" reemplazaba las 
agujereadas alpargatas, y aunque este rudimentario 
calzado — hecho con un pedazo de cuero bruto y 
atado a los pies con tientos — le hacía retroceder 
de la época del aeroplano al tiempo de las pesadas 
carretas construidas "toditas" de madera, sin la me- 
nor partícula de hierro, L?guna, con toda razón, 
las amaba, considerándolas hoy su mejor calzaclo po- 
sible... 



w 



210 TIERRA ADENTRO 

Y ¡ cómo no !, si conseguir aquel pedazo de cuero 
no habia sido empresa fácil... Fácil era tropezar 
con un prójimo tirado al borde o en medio del ca- 
rril ; pero encontrar así no más un pedazo de cuero 
sin dueño... "¡Di'ande!" 

.Clodomiro Laguna, desamparado, huérfano de to- 
da protección, se había decidido a buscar trabajo. 
Como fletador, carrero, arreador o "marucho" no 
le halló, pues las tropas de carros "hacía rato" que 
no salían de los corralones debido a que nadie fle- 
taba. Se conchabó de caminero y no le pagaron. . . 
Su única ganancia fué adquirir. . . aquel par de 
'usutas". Decía haberlas encontrado junto a una 
acequia. Lo que no decía es que un domingo por 
la noche las había desatado cautelosamente de los 
pies de un villano (habitante de la Villa), dormido 
como una piedra y más lleno de vino que el odre 
"despanzurrado" que le servía de almohada. Tam- 
poco decía que, a la luz de la luna, se había puesto 
a contemplar los pies descalzos y el odre vacío, pen- 
sando en que más fácil le sería explicar la provenien- 
cia de las "usutas" que al pobre mandadero de la 
Villa la huida de la muía cargada con el odre y el 
desinflamiento del miismo. ¡Tanta lástima le tenía 
a aquel pobre muchachón dormido que por poco se 
queda velando su sueño en espera del despertar, pa- 
ra aleccionarlo en una bien urdida trama de embus- 
tes! Pero, después de pensarlo mejor, se fué. . . con- 
siderando que el mundo era muy ingrato, y seguro 



CLODOMIRO LAGUNA, UNIDAD ELECTORAL 211 

de que no le pagaría la lección regalándole el par 
de "usutas". 

¿Qué hacer? Su último y mejor refugio, la comi- 
saría, hoy le era totalmente hostil. El bueno de don 
Pancho Reyna, gracias a un intempestivo e incom- 
prensible revuelo de la política local, había saltado 
de su puesto. Refugiado en un ranchito, ponía en 
práctica un sabio precepto oído de paso en una con- 
versación, junto a las puertas del banco, entre el im- 
perturbable gerente inglés y un grupo de clientes: 

— Oh yes! Crisis se viene nomás, un fija!... 
banco no dar más money, ¡oh no ! 

— Pero, Míster Strong, ¿y cómo vamos a hacer? 

— i Producir hombre, producir! gente siempre co- 
me carne... gente siempre come pan! ¡oh yes! 

— Pero y los viñedos? Míster Strong. . . 

— Oh! este año los viñedos es una lástima! hace 
mucho tiempo hoja de parra no sirve para vestir!... 

¡ Al diablo el inglés con sus bromas !, rezongaron 
los descontentos. Pero, el que pudo, no echó en saco 
roto la reflexión. Don Pancho Reyna no tenía ha- 
cienda ni tenía campo. Adquirió unas gallinas y lai 
hizo producir.... Pensó también en una vaca... 
Para todo esto el pobre Laguna le estorbaba, y lo 
abandonó. 



Tristemente reclinado en el quicio de la puerta del 
almacén, Clodomiro Laguna parecía la encarnación 



212 _ TIERRA ADENTRO 

misma de la desesperanza... cuando de golpe sus 
ojitos brillaron; ahí no más, no importándosele el 
rayo del sol, a paso rítmico y largo, venia el incon- 
fundible don Casimiro Fuentes. Eternamente ves- 
tido de negro y calzando botas, erguía su alta figura 
de álamo, orgulloso de sus 74 años sonados sin 
haberlo agobiado ni quitado diente. Tenía perfil de 
águila. Sin sombrero, su semejanza con un ave de 
presa era aún mayor. La luciente y roja, calva, or- 
lada de una franja de cabellos blancos peinados ha- 
cia atrás, hacía aparecer aún más angosta la frente, 
prolongada en las sienes por estriadas y finas arru- 
gas, las que al quebrarse rayaban el apergaminad > 
rostro y hacían resaltar el descomunal tamaño de 
una nariz husmeadora, de la cual se decía que en los 
últimos tiempos había perdido — en cuestiones po- 
líticas — su fino olfato. Así era, en verdad, pero el 
mal había comenzado el día en que su seguro ins- 
tinto fué vencido por una voluntad ajena a la suya... 
Fuentes, sobrio, ni fumaba ni bebía; se jactaba de 
su buena salud como de una perenne hazaña. Padre 
de veintitrés hijos y bisabuelo, pregonaba una inva- 
riable norma de conducta, en un curioso estribillo: 
"Cuando tengo un peso, lo gasto ; cuando tengo una 
camisa la uso; no me hago mala sangre por nada; 
tomo mate amargo, y me acuesto temprano". 

A la verdad que lo de "mala sangre" era lo más 
exacto: Fuentes evitaba cuidadosamente cualquier 
disgusto . 

Cambiaba de partido todas las veces que esto le 



CLODOMIRO LAGUNA. UNIDAD ELECTORAL 218 

convenía. Dentro de esta variabilidad, tenía sus 
férreas normas de conducta: una vez iniciada la 
campaña electoral, "no se daba güelta al candidato 
a mita camino". ¡ Esto era ya una virtud ! Sin em • 
bargo, una vez, trabajando con los "populares", fué 
llamado por el jefe civitista: 

— Amigo Fuentes, o se pasa conmigo, o lo eje- 
cuto — le dijo, mostrándole un papel que señalaba 
el vencimiento de la hipoteca sobre su único bien* 
una casita. 

Fuentes no quiso hacerse "mala sangre": 

— Me paso, doctor^ 

No hubo más. El ábctor rasgó el papel. Fuentes, 
"plantando" a su partidd\del momento en plena cam- 
paña electoral, "se pasó" pero, desde entonces per- 
dió el olfato. . . 

"Aquello" casi le cuesta la enemistad con algunos, 
los mismos que le sonrieron cuando, pocos meses 
después, el doctor, apremiado a su vez por el Banco 
de la Provincia, que amenazaba declararlo en quie- 
bra, votaba la locura de un vicegobernador amigo 
para salvar "su" situación. . . 

Nadie se habría atrevido a decir que Fuentes era 
un mal hombre. Mentía con toda sinceridad. Y es 
seguro que con un respetuoso asombro y, tal vez, 
también con un poco de lástima, estaba dispuesto 
a admirar a quien así no lo hiciera. Las distintas 
fracciones políticas se lo disputaban, pues era muy 
ducho en "apalabrar" a la gente, y según era fama. 



214 TIERnA ADENTRO 

cuando se lo proponía "hacía cair a la huella al más 
pintao". 

No se le conocía ocupación fija; nadie se extfi- 
ñaba de que hoy recibiera un telegrama de un go- 
bernador en ciernes, y mañana saliera arreando mu- 
las. . . 

Amigo con todos, prefería andar solo en épocas 
electorales, actitud que le facilitaba el decidirse en 
último momento. Nada tenía que reprochar a "su" 
conciencia, pues no sabía que se podía tener otras 
ideas. Ante él y para él, los partidos y los candidatos 
"debían" tener todos las mismas normas y las mis- 
mas ambiciones. Para llegar a ellas, ninguna evolu- 
ción lo espantaba. Pocos días antes había desconcer- 
tado a un forastero preguntón, con respuestas que 
decían claramente su "credo". 

— Fuentes, ¿y qué programa tiene su partido? 

— i Y, llegar al gobierno, pues ! 

— ¿Y cómo? 

— ¡ Y, como se pueda, pues ! 

En seguida agregó, preocupado : 

— Esta vuelta la cosa se presenta fiera, porque 
tuitos andan muy divididos y el presidente a tuitos 
los larga esperanzados : "Vaya nomás, sin cuidao, 
trabaje honradamente y triunfará". 

— Fuentes, pero esto de "esperanzar" a todos es 
una embrolla ! 

— ¿Embrolla? ¿Y por qué? ¿Y si no hace ansí, 
cómo quiere que gobierne? 

Casiri^iro Fuentes había tomado parte en todas las 



CLODOMIRO LAGUNA, UNIDAD ELECTORAL 215 

revueltas provinciales ; no gustaba, hablar de ellas, 
decía que estaba "trascordado", y la que menos que- 
ría mentar era una de las últimas, en la cual fué 
muerto a balazos un diputado en plena legislatura. 
¿Y para qué acordarse? Si en estos momentos, tal 
vez, volviendo de una entrevista con S. E., los here- 
deros de los dos bandos enemigos, sentados frente 
a frente, en un coche Pullman, sorbían un vermut. 

Si a Clodomiro Laguna le brillaron los ojos al di- 
visar a Fuentes, fué porque veía en este hombre, 
que para él encarnaba la política, su probable sal- 
vación. 

La política lugareña, con sus divisiones, intrigas 
y sorpresas, era lo único que sacudía la modorra del 
pueblo, encendía las conversaciones y hacía ruido: 

Estruendo de bombas, los rubilaristas. 

Interminables aullidos de sirena, los lencinistas. 

Ambas cosas a la vez, los conservadores, cuando 
llegaba la ocasión. 

Clodomiro, para no perder la costumbre de disi- 
mular, y aunque deseaba hablar a Fuentes, no qui- 
so acercársele ; fué éste quien lo interpeló : 

— Che, Clodomiro, ¿andas ocupado? 

— Fletando, señor... 

Fuente sabía que Clodomiro mentía, pero se guar- 
dó muy bien de hacérselo entrever ; muy al contrario, 
agregó : 

— Bueno... mira, lueguito te vas al corralón, 
ahí te daré un caballo pa que te llegues hasta el al- 
macén de Cañada Verde... y les avisas a los mu- 






216 TIERRA ADENTRO 

chachos que se vengan pal tren de las seis. Llegi 
el dotor con la cometiva, quieren gente, ¿sabís? Van 
a discursear. 

— ¡ Viva la unión cívica radical ! — chilló Clodomi- 
ro, orgulloso de haber hallado tan oportuna respues- 
ta. Pero ¡cuál no fué su asombro cuando Fuentes, 
casi estrujándolo, lo repechó contra la pared, y en 
medio de un círculo de curiosos que había salido del 
almacén trató de explicarle, valiéndose de los dedos y 
ayudándose con rayas trazadas en la pared, que lo.- 
radicales de ayer se habían dividido en tantos par- 
tidos como hombres que ambicionaban llegar al 
poder: lencinistas, rubüaristas, intransigentes, en- 
cinistas. baecistas, etc.!... 

— Unos, terminó Fuentes, se tiran al alma, y otros 
han desensillao. esperando que aclare... 

Clodomiro, todo desconcertado, declaró que aque- 
llo era más difícil que la cartilla... Y resignado a 
no entender una cosa más en su vida, se contentó con 
saber que en lo sucesivo, hasta nueva orden, debía 
gritar a secas : "¡ Viva el partido radical !" 



Poco después, con el estómago y los bolsillos va- 
cíos, Clodomiro Laguna salía del pueblo, al tranco 
de su nueva montura. El calor era sofocante y e! 
viaje largo. Sin embargo, iba contento; le gustaba 
el cabaKo, el traba jito y la perspectiva de la remu- 
neración. Además, se había prometido ser la som- 



CLODOMIRO LAGUNA, UNIDAD ELECTORAL 217 



bra de Fuentes. Ya había encontrado "manuten- 
c!on 



♦ 4( ♦ 

Cuando, envueltos en una densa nube de polvo, 
parte de los elementos de Fuentes, capitaneados por 
Clodomiro, pararon frente a la estación, el tren ha- 
cía minutos que había llegado. Las últimas bombas 
atronaban el espacio ; el estruendo hacía abalanzar 
los caballos y cortaba las frases de un orador, quien, 
dando la bienvenida al viajero, se golpeaba el pecho 
asegurando que en cada latido de su corazón vibra- 
ba un ¡ viva el partido radical ! 

— Ansina, pa que lo sepan! — ordenó Clodomiro 
a los que traía, y desde lo alto de su montura, que 
tanto tiempo añorara, posesionado ¡también él! d. 
su papel de mandón, se aprestó a escuchar. 

De un salto, ágil, había subido a la tribuna el 
comandante retirado Volpe, el más popular de los 
oradores, que "sabía entretener" a la gente salpi- 
cando sus discursos con dicharachos y expresiones 
netamente camperas, prodigando la nota de tono 
subido, que arrojada a puñados sobre el auditorio, 
rebotaba en ruidosos retrucos y exclamaciones, co- 
mo sal gruesa sobre las bras^is. . . . 

Volpe, simpático, entrecano, ajustado en su cha- 
quetilla kaki, la que, negligente, desabrochó en se- 
guida, inició su discurso con un vigoroso : "; Mu- 
chachos!" y siguió diciendo; 






218 TIERRA ADENTRO 

"Porque sián creído que vamos llegando tarde 
al alfalfar, como hacienda flojaza, se nos acaban de 
dar vuelta muchos amigos de ayer! ¡Nuestro candi- 
dato, aquí presente, va quedando solo... mucha- 
chos ! i A rodearlo y a abrirle cancha ! ¡ Somos po- 
cos, pero buenos! ¡Así es, que los que se quieran 
"dir" que se vayan! Pero que sepan, ¡canejo!, que 
cuando quieran volver se encontrarán con el corral 
cerrao ! ¡ No queremos cuatreros, ni hacienda ore- 
jana! Al que llegue... ¡que muestre la paleta! i Si 
tiene marca líquida que pase, y sino. . . que se "güel- 
va" diande ha salió ! ¡ Queremos un gobierno de ley ! 
¡ Un gobierno a lo buen criollo ! ¡ Un gobierno "sim- 
plista" ! Tanto se tiene . . . tanto se gasta ... y lo 
que sobre ¡ a repartir !" 

— ¡ Viva el comandante Volpe ! 

— "Un hombre honrao en cada repartición, y que 
ayude a los amigos y que por la marca los conozca^; 
I Y disculpen la comparación con l'hacienda. . . que 
liO hay de que ofenderse... pues si la Biblia dice 
que somos animales racionales... yo les digo que 
conozco a más di'uno que salió con dos patas por- 
que llegó tarde al reparto. . . y San Pedro lo largj 
con dos porque no le alcanzaron ... pa largarlo 
con cuatro ! . . . " 

— ¡ Ajajay ! Juii. . . — retozó el auditorio. 

— Se acabó muchachos! El doctor viene cansa- 
do y hablará mañana ; el doctor es de los que no dis- 
cursean pero hacen ! Bien se le puede aplicar el pro- 
verbio (!) italiano "non parla ma se fica!" ¡Mu 



■^ 



■¿> 



CLODOMIRO LAGUNA, UNIDAD ELECTORAL 219 

chachos, a la huella y a no dormirse ! No sea que se 
nos pase la hora del riego ... ¡A no dormirse ! 
que en cuanto lleguemos al gobierno ¡se acabó el 
pobrerío ! ¿ Cuántos pobres hay ? Tantos . . . ¿ Cuán- 
ta tierra ? Tanta ... ¡ Pues a cada paisano pobre, 
tanta tierra, y se acabó el ser pobre ! ¡ Qué eso de 
ser pobre joroba mucho!" 

— ¡ Viva el comandante Volpe ! ¡ Viva el doctor 
Rediles ! ¡ Viva ! . . . 

Aun siguió hablando el comandante; luego otros 
"oradores" más. Pero Clodomiro ya no los oía. "Se 
acabó el pobrerío", murmuraba, "se acabó" .... 
"a cada paisano su tierra" . . . 

El candidato miraba todo aquello con ojos soño- 
lientos. Estaba cansado y aburrido; las manifesta- 
ciones en su honor eran siempre iguales. 

Los electores, desfilando, admiraban, prendido en 
su corbata, un retrato de Alem. 



La multitud se iba disgregando. Clodomiro, como 
alucinado, no lo notaba. A su lado pasó Fuentes, gri- 
tándole oigo que él no entendió. 

"A no dormirse, no sea que se nos pase la hora 
del riego ..." ¿ Qué riego . . . ¿ Adonde ? i Ah ! pero 
en cuanto le dieran su tierra. . . "pierda cuidao, no 
s'iba a dormir a la hora del riego" . . . 

Laguna, sin darse cuenta, recorrió varias cuadras 
entregado al paso de su caballo. En esto, el prolon- 



220 TIERRA ADENTRO 

gado aullido de la sirena de un periodiquito local 
rasgó el aire con ondulaciones bruscas de aguda 
violencia. La gente corrió hacia la calle principal, 
y allá también se fué Clodomiro. 

La luz cruda de los arcos voltaicos hería los ojos, 
arrojando un tinte uniforme sobre los rostros sudo- 
rosos y polvorientos. Junto a una mesa adosada a 
las puertas de la imprenta, la misma multitud de 
carreros, regadores, carniceros, jornaleros y des- 
ocupados. . . . lamentablemente vestida, se apeñusca- 
caba en un inconsciente vaivén de majada. 

Haciéndoles marco, subiéndose casi en la vereda, 
se alineaban los jinetes, firmes o tambaleándose en 
sus recados... Tras ellos "trompeteaban" ronca- 
mente los Ford y rodaban los coches de plaza, los 
que al detenerse en hilera, dejaban un claro para 
que desde la vereda del café los representantes de 
Ir alta banca y del comercio, entregados a la última 
libación vespertina, pudieran contemplar la reunión 
ton fingida indiferencia. 



"¡Viva la unión cívica radical!" ordenó con voz 
ronca y provocativa un jovencito, encaramándose 
a la mesa. Flaquísimo, el saco le colgaba de los hom- 
bros como de una percha a la cual se hubiera ator- 
nillado, en lugar del gancho, una cabecita cuyos ca- 
bellos alisados con el mayor esmero indicaban en el 
cuidado de ese detalle una ejemplar constancia. 



CLODOMIRO LAGUNA. UNIDAD ELECTORAL 221 

¡ Viva ! respondió el auditorio . . . 

Clodomiro había abierto la boca, pero la volvió 
a cerrar, para preguntar en seguida a un jinete ve- 
cino: 

— Che, Braulio, ¿son o no son los de Fuentes? 
Ansina como gritan parecen que algo son . . . 

— -Algo de Fuentes serán ... o habrán sío . . . co- 
mo ése que habla ; con Fuentes nomá anduvo la 
otra güelta ... oí che, oí . . . 

Clodomiro oyó frases truncas. 

"Ya le hemos de poner, ya, al doctor Rediles un 
collar de longanizas pa que mejor se lo coman los 
ner por delante, que en cuanto el gran muerto nos dé 
la voz de: ¡aura! no nos han de atajar sus para- 
das ! ¡ Y que sepan ... y que sepan . . . que cuando 
perros ! ¡ Y que sepa él y los que se nos quieran po- 
suene la hora, a todos estos traidores que nos han 
dejado de hambre.... les compraremos, les com- 
praremos.... les compraremos... Voy a decir una 
barbaridad, "señores"' ! . . . 

— ¡ Que la diga ! 

— i Les compraremos calzones ! . . . 

Una tempestad de carcajadas acogió esta curiosa 
salida; el silencio se hizo recién cuando subió a "la 
tribuna" un nuevo orador, principal número del 
torneo. . . 

Porteño de origen, ambuló durante años por las 
provincias hasta dar con la que le pareció propicia 
para vertiginosos ascensos. Teniendo a la vista los 



,,..,y,,;. 



222 TIERRA ADENTRO 

soberbios Andes, no ejercitó en ellos sus inconteni- 
bles ansias de "escalamiento de alturas". La libre in- 
mensidad le causaba vértigos. Para huir de ellos, se 
encerró en las polvorientas antesalas, y con un con- 
tinuo y hábil arrastre, llegó hasta una subsecretaría 
de ministerio. Desde alli amplió su horizonte: soñó 
con un palacete, con un auto de chapa oficial, con 
la venia de los agentes, con el humilde saludo de lo3 
condenados a eternas antesalas . . . con . . , ¡ Ah ! ¡ Y-; 
sabría arrancar a la "democracia" todos los halagos 
para su torpe vanidad ! 

Vestía "impecablemente" según la inapelable san- 
ción de las niñas, que admiraban en las retretas las 
hombreras y el fino talle de sus variados trajes. Lu- 
cía en la corbata la consabida perla, en los puño^ 
la efigie de Alem, y en el cintillo del reloj a Napo- 
león, a quien admiraba sin reservas, viendo en su au 
dacia un símbolo. Tan sólo una cosa no le perdo- 
naba : Waterloo . . . 

Procaz en el hablar, consideraba sus absurdos 
desplantes de lenguaje como un rasgo de hombría. 
Dirigiéndose al pueblo, siempre se sentía tribuno: 
"¡señores!" era su tratamiento, aunque en seguida 
el tuteo para todo el que no fuera de "su rango" 
era ley. Hablaba gozando de que no lo comprendie- 
ran. Clodomiro no lo entendía... lo miraba: deta 
liaba su cabeza de perfil de rata, admiraba el pías 
trón y el alfiler, se extasiaba ante el áureo relumbrón 
de los gemelos y la medalla junto a la cual "tinti- 



CLODOMIRO LAGUNA, UNIDAD ELECTORAL 223 

neaba" un vistoso dije en reemplazo del retrato 
de S. E. llevado otrora... seguía la linea del pan- 
talón, contemplaba los botines de capellada clara, y 
sobre todo se devanaba los sesos observando un bas- 
tón, que manejado por el orador como insignia de 
mariscal, en los momentos de reposo pendia negli- 
gente de su brazo, sujeto por una coqueta correíta. 
¿Qué sería aquello? 

Entretanto el orador, con patética voz, decía: 
— El gran muerto tenía profundas intuiciones 
de psicología popular y sabía captarse las simpa- 
tías ; cuando en el recodo de su camino encontraba 
a un paisano, tendía su diestra con ademán seguro 
y señalándolo, decía: "Amigo, ¿y usté, pa qué lao 
rumbea ?" . . . 

Aquí fué el acabóse ... el orador evocó el ade - 
man, y Clodomiro se sintió interpelado. Pero, sea que 
la "majestad ' del gesto no lo intimidó, sea que el 
bastón lo obsesionaba demasiado y largo tiempo 
hacía que se había formulado la pregunta, el he- 
cho es que 'ahí nomás" la expresó en medio del si- 
lencio general, con un breve chispazo de malicia en 
los ojos y voz firme, pero algo aguda: 

— Diga, niño, paqué lleva el mango el talero, si 
la lonja se le ha caído!... 

Fácil es contestar un ataque, difícil atajar el ri- 
dículo. . . 

El orador se inmutó. . . y la hilaridad cundió des- 
bordante, Clodomiro, asustado ante su inesperado 



224 TIERRA ADENTRO 

éxito, salióse de la fila; no bien lo hubo hecho, 
la pesada mano de Fuentes se abatió sobre su hom- 
bro: í 

— Te has portao, Clodomiro ; en cuanto llegue- 
nos al gobierno, te nombro agente ! y ahora, anda 
pal corralón y desensilla qu'el rosillo está sudao.. . 

Clodomiro no cabia en si de gozo. Poco duró su 
contento. Al enfrentar la confitería, el ricacho 
Páez, rodeado de un grupo de conservadores que 
aun reía de la gracia de Laguna, lo chistó; éste, 
acostumbrado a obedecer, desmontó y acercóse con 
e^ sombrero en la mano: 

— ¡ Mande, señor ! 

— ¡A jajá... gaucho lindo, en cuanto lleguemoi 
al gobierno te nombro sargento ! Toma pa los vicios 
y mañana venite al corralón, — le dijo Páez riendo y 
alargándole unos pesos. . . 



Clodomiro sintió un vahido... Quién sabe., se- 
ría de hambre, de sed, de cansancio; hacía "rato" 
que no comía ni tenía en las manos tanto dinero. 
Olvidado del caballo, cruzó la calle a tropezones y 
entró en el almacén. Se tiró contra el mostrador, 
le zumbaban los oídos: "agente... sargento... re- 
tazo de tierra... se acabó el pobrerío — se aca- 
bó..." 

Pidió vino. 



>. 



CLODOMIRO LAGUNA, UNIDAD ELECTORAL 225 



* * * 

El frío de la madrugada lo despertó. El duro piso 
de portland del calabozo común de la jefatura le 
acalambraba las espaldas. Los grillos, atenaceándole 
los tobillos, lo hacían sufrir. Alguien le había qui- 
tado las "usutas", estaba descalzo. No recordaba 
nada. Otro preso, desde la sombra, le susurró : "Te 
trajeron curao. . . venias bravo. . . te decías sargen- 
to... Fuentes te denunció... dice que le falta el 
caballo..." Clodomiro Laguna quiso incorporarse. 
No pudo. Por entre !os gruesos barrotes del traga- 
luz vio brillar, allá lejos, muy lejos... en el cielo, 
una pequeña estrella temblorosa. . . de golpe, como 
diluida en una lágrima, la estrella se borró. 



Slf' 



/ 



ÑA CIRIACA 



ñvE María! 
— ¡ Sin ... ¡ Juera, Tigre ! . . . Ñato, juera ! pa- 
sen nomás!... si son más mansitos... ¡Juera, Pi- 
cho ! . . . Lauritaa, anda. . . 

Por más que la voz de Ña Ciriaca llegaba en estos 
rr^omentos al máximo de su diapasón, las últimas 
palabras se perdieron en medio de la batahola que 
casi invariablemente acompañaba la llegada de vi- 
sitas. 

Los perros, ahuyentados a pedradas, retrocedie- 
lon gruñendo, y terminaron por huir aullando ante 
una segunda descarga más certera. En sus ladridos 
había una cómica indecisión entre el enojo y el te- 
mor, y en los aullidos de Picho — el cachorro — , 
alcanzado por un "huascazo", el más lamentable des- 
consuelo de la incomprensión: "Pero ¡por fin! so- 
mos o no somos perros guardianes?" 

Preguntas análogas, con "ligeras" variantes, de- 
bían hacerse también las inofensivas visitas : "¿ Hn 
defensa de qué terribles bandidos se cría tal abun- 



228 TIERRA ADENTRO 



dancia de sanguinarios mastines? ¿Qué tesoros fa- 
bulosos oculta doña Ciriaca en su "casa"? ¿Qué con 
juro habrá que murmurar para desarmar las iras de 
Lion, que, abalanzándose, sacude furioso su cade- 
na?". 

— "Choco! Chócooo!" (i) ¡quieto — ordenó Je- 
rónimo, el hijo de Xa Ciriaca, cruzando el patio con 
un arrastre de espuelas, perfectamente inútiles dado 
le manso de su cabalgadura, que soportaba resig- 
nada la interminable serie de chillidos y gruñidos d:; 
un lechón metido en una bolsa colgada a un lado d>' 
la montura. 

— ¡ Qué tanto con la música ésa ! — rezongó Jeró- 
ru'mo, después de haber saludado. — Diga, mama, 
¿no será mejor que lo. . . ? 

— ¡ Claro, pues, pa que después ande diciendo don 
Braulio que lo hemos degollao di junto! Muévase 
y güelba ligerito ! 

— Ta güeno ! . . . ' " 

El tono del "ta güeno"... el andar cadencioso, 
la imperturbable lentitud en el último ajuste de la 
cincha y, ya montado, la pausada salida por la 
tranquera, indicaban, más a las claras que cual- 
quier larguísima respuesta, que jerónimo^ empren- 
diendo viaje, malhumorado con el lechón vivo en 
la bolsa, se entregaba por entero en manos de la 
fatalidad : todo podría sucederle, desde resistir a 
la tentación de bajarse en la pjimera "cocinería"; 

(i) Perro. 



.'ÍA C TRIACA 229 

pero flaquear fatalmente ante el espectáculo de los 
siempre concurridos almacenes del pueblo y salir 
de alguno de ellos medio "curao", seguir viaje, en- 
tregar el lechón, volver y en otro almacén termi 
rar de embriagarse. . . hasta comenzar por "cu- 
rarse" y entregar el lechón asfixiado, cansado de 
tanto esperarlo en la bolsa... o no entregarlo... 
Todo podía sucederle, menos el regresar "ligerito". 
Por lo demás, de acontecer ese imposible, la pri- 
mera en extrañarse habría de ser la misma Ña 
Ciriaca. 

Jerónimo: bajo, delgado y de ojos siempre es- 
triados de vetas rojas, era "ansina nomá"... Su 
tiempo presente decía: "mañana". Su afirmación 
categórica, un lento, "quién sabe..." 

Analfabeto, desconfiaba de todo lo escrito, mi- 
rando la letra de molde con la prevención de la 
mosca ante la intrincada trama de una telaraña. 
Y cuando fatalmente sé veía en la obligación át 
habérselas con un "papelito", resignado, predispo- 
nía su ánimo a la espera de que aquello le acarrea- 
ra, todas las calamidades posibles. 

Las libretas, vales y "papeletas" eran su pesa- 
cdlla. 

Cuando la primer elección de voto secreto, re- 
solvió la situación ante las boletas del cuarto os- 
curo, entregando el sobre vacío, mientras su pri- 
mo el carrero Ríos la encontraba llenando el sobre 
ctín una boleta de cada "resma", según su propia 
expresión. • 



230 TIERRA ADENTRO 

En estos momentos tanto é}' como Ña Ciriaca 
estaban profundamente desconcertados frente a la 
situación política. Toda su vida habían sido fie- 
les partidarios de "cada" gobernador, ahora el go- 
bernador acababa de morir, y su partido se había 
bifurcado... Por de pronto Ña Ciriaca enviaba al 
caudillo del gobierno un lechón. 

— Al pobre finado Dios lo tenga en su gloria, 
pero no sea que don Braulio nos haga cortar el 
agua . . . 



— ¡ Pasen, pues ! al rayo del sol sian quedao ! 

Ña Ciriaca, la amable pero siempre descontenta 
Ña Ciriaca, se yergue bajo el alero de su casa. 
Alta y sumamente flaca, más alta y más flaca aun 
en su eterno embozo negro de reflejos verdosos, 
semeja un árbol seco, y sus brazos descarnados 
tienen rugosidades de corteza; las manos — gran 
des, con algo de garra por lo largo de los dedos y 
corvo de las afiladas uñas negras — se tienden 
protegiendo los cansados ojOs, que allá en el fon- 
co de órbitas muy hundidas dan pálidos destellos 
de lucecitas mortecinas. 

A pleno 'sol, su cerdoso cabello blanco brilla con 
luz dura, y la figura toda proyecta una larga som- 
bra de gestos angulosos, cortados a hachazos. 

— Las alforjas no se las ie concluido, ¿sabe? 
Hasta pa más luego no han d'iestar. Se m'enfermó 



Ñ A CTRTACA 231 

la Petrona... Ahí está e! telar criando tierra... 
A la Petrona li he dao té dentre cascara de chilca, 
d'esa que f^e tan amarga dicen qu'es dulce. . . 

Ña Ciriaca ríe: un ruidito ahogado, que los flá- 
cirios y gruesos labios, recubriendo mal las desden- 
tadas encías, prolongan en vibración. 

— Y pa la charlina, (2) ¡traigan más lanal-.que 
b aue tengo no mi alcanza. 

El tono es terminante. Por lo demás, había que 
esperar el contratiempo y someterse de antemano : 
Í5a Ciriaca sabe cuándo "dempieza" un tr-bajo, 
pero ni ella misma sabe cuándo lo entregará con- 
chudo : a no ser que sea "el tiempo e pagar la con- 
tribución", en cuyo caso se apura. 

Cuan^'o Ña Ciriaca toma un trabajo "e lana ¿ 
vicuña", como, por ejemplo, la charlina, pues nun 
ca la lana le a'.canzal... ¡Y con ¡a lana que pide 
ya po^'ría la ch'^rlina volverse poncho!... 

Como según Ña Ciriaca es terminantemente pro- 
hibí 'o tejer con lana de vicuña y de guanaco, en- 
tonces, pues, hay que tratar de tener la mayo'" 
cantidad de lana prohibida, que es 'a más cara. . . 

— ¿Quieren poncho e vicuña? ¡traigan !ana ! lo 
que soy yo no tengo... y no estoy pa pagar mu- 
tas! 

Y para significar bien a las claras que "no est'i 
pa multas", Jerónimo regala un flamante ponchitj 
de vicuña a Pancho Reyna, el comisario. 



(2) Poncho muy chico, bufanda. 



'^fí^^& 



232 TIERRA ADENTRO 



Famiüarizados con las visitas, los perros inva 
den el alero, olfatean, y con un largo bostezo se 
echan a la sombra. Tras e'!os, e incitados por su 
confianza, <^e todos los rincones de la casa van aso- 
mando cabecitas desgreñadas y ojos muy negros 
que, a la menor señal de amigable saludo, desapa- 
lecen como por encanto, para mostrarse de nue- 
vo a los pocos minutos adelantando algo más de 
su persona; un compás de espera, y toda la chl- 
quilinada está junto a los perros; entonces las 
grandes moscas zumbadoras retoman en la modo- 
rra de una larga tarde su interrumpida tarea de 
recorrer por igual las basuras, los perros y a la 
gente. 

El sol, filtran ''o a través del tupido parral, tra- 
za en e! suelo dibujos caprichosos. 

Un "choique" (pichón de avestruz) calmosa- 
rrente cruza la escena, dando de vez en cuando un 
rápi^'o picotazo en el aire; una tirilla roja rodei 
su cuello. 

— Pa que no Techen mal d'iojo — explica Ña Ci. 
riaca. 

En la cocina, a través del humo del fogón, se 
divisan figuras de mujeres que, sentadas en cucli- 
llas, toman mate. El telar hoy no trabaja. Recos- 
tado en el quicio de la puerta, Juan de Dios — 



^ 



ÑA CIRIACA 233 

otro hijo de ña Ciriaca — lentamente soba un 
lazo. . . 

* * * 

— El año viene ma!o — sentencia Ña Ciriaca, 
devanando una madeja. 

Se estaría tentado de preguntarle cuándo para 
ella el año no viene malo, pero para qué. . . El len- 
to devaneo sigue, y con ello el rezongo. . . 

Ña Ciriaca — la eternamente quejosa — es due- 
ña de un campito, de una finquita y de un telar. 
Torio a la antigua. 

En el telar trabajan, cuando trabajan, en inter- 
minable serie de la más intrincada genealogía : hijas, 
sobrinas, primas, nietas y entenadas de Ña Ciriaca. 

Reina allí una división del trabajo, no tanto por 
la sucesión de las distintas operaciones, sino a 
fuerza de cumplidos : Encarnación "descarmena" 
la lana, porque "naide descarmena mejor que la En- 
carnación" ; la María Josefa hace la "soguilla" v 
forma el "copo" : "¡ Ay, cómo es de ligera María 
Josefa pa la soguilla!" 

Laurita hila el copo : "¡ Pa hilar el copo no hay 
como la Laurita!" 

Ña Ciriaca en persona "arma" el telar — en un 
marco de vigas sujetas por fuertes tientos — , y 
ella y la Petrona tejen. 

Pero... cuando Encarnación anda con su dolor 
*'a la paletilla", nadie "descarmena", y si no hay 



234 TIERRA ADENTRO 

lana de reserva, el trabajo para ; otro tanto acon- 
tece si la María Josefa anda con sus dolores da 
iTjuelas... y como cada una de ellas tiene invaria- 
blemente su trabajo y su dolor. . . 

Trabajando, jamás cantan, cambian una qui 
ctra palabra, y es todo ; y cuando Jerónimo viene 
de paso con la tropa de carros en la cual es pun- 
tero, y los carreros hacen rueda junto al fogón, el 
silencio del telar es aún mayor, pero los ojos bri- 
llan. Sólo cuando la noche cae y suena la guitarra 
en la oscuridad se deslizan sombras y el rumor d'í 
los sauces acompaíia el rumor de los voces. 

Y los días y el tiempo correrían quedo como el 
monótono rumor del agua de la acequia, si el gesto 
de las borracheras no lo rompieran con su nota bru- 
tal, si en época de la vendimia no estallara algún 
odio guarda''o, si otro entenadito más, llegado 
así. . . un buen día, no turbara la paz con sus gritos, 
luchando los primeros largos meses entre seguir vi- 
vien'^o o transformarse en angelito. En ese cas^;. 
el velorio de la criatura — llevada a lo del mé üco y 
a cristianar las más de las veces moribunda, y traí- 
da en sulky o a caballo ya muerta, con la cabecit-^ 
sangoloteándose — es una diversión macabra donde 
la más crasa ignorancia, reinando como dueña y se- 
ñora, funde, entre un trago de vino y un rezo em- 
brollado, la burda superstición con los ritos de uní 
incomprensible religión fantásticamente interpreta- 
dos. 



ífA CIRIACA 235 

En el altar de la casa de Ña Ciriaca, la virgen de 
los Milagros sonríe candorosamente entre: figuri- 
tas de paquetes de cigarrillos que decoran las pare- 
des de su nicho, un brillante cromo arrancado de 
una revista, que Jerónimo, en uno de sus rarísimos 
viajes en tren, encontrara olvidada en un asiento, y 
una mata de fique bendeciía para Pascua, y cuyas 
hojitas quemadas en día de tormenta desvían el rayo 
y conjuran el temblor. ¡El temblor es el terror de 
doña Ciriaca, y por eso ella, y todos los suyos duer- 
men siempre afuera, bajo el alero, junto con los 
perros. 

Si el telar de Ña Ciriaca produce poco, no le da 
mucho más la finquita. 

Las viñas "de cabeza", claro está, dan poca 
uva ... 

Los duraznos sin podar: poca fruta... 

Los enormes perales: idos en leña... 

La patrialcal higuera, patriarcalmente no da más 
higos que los indispensables para el consumo de la 
casa. 

En la huerta, el agua de la acequia riega equita- 
tivamente las escasas verduras y los yuyos, que aho 
gan los almacigos. Sin gran aflicción de Ña Ciriaca, 
quien encuentra que la verdura "ensucea el caldo". 

Les gusta el zapallo, pero, . . el zapallo dulce se 
"enceló" con el "guacho", y se "golvió amargo" 
según explica Laurita, También apetecen los cho- 
clos, pero la excesiva agua de la acequia — que, por 
lo demás, sería fácil desviar — ha hecho 'ir en vicio" 



236 TIERRA ADENTRO 

el maíz, y éste tiene mucha hoja, pero dará poco 
grano. 

Vaca no hay, pero sí una majadita de cabras que 
dan más olor que leche. 

Las gallinas cumplen con su deber poniendo hue- 
vos y sacando pollos, pero ... las ratas se los co- 
men. 

En e! chiquero, un cerdo flaco filosofa sobre ia 
relativa verdad del dicho: "Chancho limpio, nunca 
engorda", considerando que seria mucho más exac- 
to con el siguiente "pequeño" agregado : "y, sin co- 
mida, tampoco". 

Lo único soberbio en la finca de Ña Ciriaca son 
los sauces. Son magníficos. Crecen, hunden sus 
raíces, beben el agua, desmelenan su copa al sol y 
a': viento, e inundando con una o.a de sombra y ver- 
dor el polvoriento camino, lo hacen más grato. 



— El lecheraje anda "f.acazo" — prosigue Ña Ci- 
riaca en la enumeración de los males, pasando, des- 
pués del telar y de la finquita, revista a su campito. 

— "El terneraje anda escaso, y eso que de la pri- 
mera parición le he yevao el mejor ternerito al cura. 

• ? 

c • • ' • 

— Sí po, la primicia . . . pa que la venda pala Vir- 
gen. 

. ■> 

— ¿ .... 

— Pero no ve. . . lo primerito pa la Virgen, an- 



ÑA CTRIACA 237 

sina me cuida Thacienda y me la libra de tuitas las 
pestes! 

— La virgen le cuida la hacienda . . . bueno ... y 
eso que dicen que por aquí hay aftosa. 

— ¿Atosa? i Ya lo creo!, si me lo dijo m'hijo que 

— ¿ . . . ? teñimos atosa. . . 

— ¿Y cómo no la himos de tener? ¡Anima bendi- 
ta ! Si este picaro cura no vendió el ternerito pa 
limosnas a la virgen. ¿No sabe? Pues el otro domin- 
go nomá me jui al pueblo a oir misa y ¿no me lo 
veo, en el corralito del cura, al ternero ese que s'es- 
taba golviendo toro?! 

— i Diga, señor cura, qué hace que no vende ese 
animalito de la virgen, no ve cómo s'está poniendo ! 

— Es qu'está tan lindazo. Ña Ciriaca, diga, ¿por 
([ué no le trae otro a la virgen? Me contestó el muy 
perdido ... y yo ahi nomás le retruqué : Usté será 
ladrón di hacienda celestial ¿sabe? pero lo que soy 
yo. . . la primicia es lo primero, y yo he cumplido, 
y hasta el año que viene no hay otra parición, y no 
hay primicia ! Y ahí la tiene a la pobrecita Virgen 
sin su ternero, y claro . . . quién sabe nomá, si no 
anda medio resentida,. . . y la atosa. . . 

— ¿ Por qué no hace vacunar la hacienda ? 

— ¿Embacunar yo? ¡Ni a mis hijos!!. . . 

(Un largo silencio). 

— ¿Cuántos hijos tiene, Ña Ciriaca? 

— Tuve once, me quedan cuatro. 

— Y ¿de qué murieron? 

— -i De viruelas pó ! 



n. 



286 TIERRA ADENTRO 

— ^¿Y qué? ¡Di algo nos morimos tuitos! Hasta 
yo... que m'e de morir de vieja... 

Otro largo silencio. En esto un lento silabeo 
rios hace volver la cabeza: al pie de uno de los más 
hermosos sauces, Pedro, el último nieto de í^a Ci- 
riaca, deletrea. . . 

— Este, el año pasao casi se nos va de un pasmo 
que le dio... — explica Ña Ciriaca señalando al chi- 
co — . Hice decir tres misas y llamé al médico. No 
sé si lo curó la virgen o el dotor. . . pero la cosa es 
qu'el dotor pidió que en pago se mandara al chico 
a la escuela, ¡ cosa e pueblero ! no sé pa qué ! Y ése 
sí está embacunao . . . 



El sol declinaba, delineando con fulgurantes bro- 
chazos de. luz los picachos de los Andes, y arrastra- 
ba por laderas y hondonadas un cambiante manto — 
desde el azul turquesa al violeta intenso — de som- 
brío terciopelo. 

El hilo de plata de la acequia, perdiéndose entre 
la arboleda, tomaba reflejos rosados, y el pie de 
los vigorosos troncos de los sauces se iluminaba con 
la roja luz del poniente. 

La casa y el alero proyectaban una larguísima 
sombra negra, y la figura de Ña Ciriaca, encorvada 
en su silla, se iba borrando en el crepúsculo. 

Pedro leía, envuelto en el incendio del ocaso, que, 









ÑA CIRIACA 239 

como una promesa, anunciaba para después de la 
noche la luz de un nuevo día. 

Las verdes guías del sauce, en suave ondulación, 
acariciaban la cabeza renegrida, y cruzando y vol- 
viendo por sobre las páginas abiertas, parecían cu- '# 
ríosas — también ellas — en deletrear en manos de^ 
nuevo retoño de una vieja estirpe : el primer libro. 



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índice 



•5S*" 



Píg. 

Cuento Cordobés 5 

Corrida de sortija 15 

Cuadros campestres 25 

La sequía 41 

Pietro 53 

Vísperas electorales 67 

Pedro Urdimales 83 

Pedro Urdimales en el cielo 97 

Despertar ; 120 

Vida rústica 138 

Alegría de la chacra 161 

Junto al monte 171 

En tierras de riego 175 

Clodomiro Laguna y el comisario 191 

Clodomiro Laguna unidad electoral 206 

Ña Ciriaca 227